¿Por qué consultar a la ciudadanía sobre determinadas iniciativas de ley, programas de gobierno o proyectos de obra pública?. La respuesta no tiene que ver una supuesta orientación ideológica o el estilo de gobernar de una persona o un partido político. Si nos tomamos en serio la noción de que para gobernar en democracia se requiere la participación activa e informada de la población, entonces la simulación de espacios de consulta tampoco es admisible. Mucho menos la manipulación de estas instancias para legitimar artificialmente una idea o decisión ya tomada.
Gobernar en democracia exige otros códigos que fortalezcan el vínculo que las personas tienen con los asuntos que le afectan en comunidad. Elegir a representantes es una forma de vincularse con la comunidad. Pero participar colectivamente en dinámicas en donde se presentan problemas, se exploran soluciones y se deciden alternativas que en última instancia son ejecutadas por los funcionarios públicos, es un asunto distinto.
Puedo entender que la didáctica de la democracia aún tiene alcances limitados en los representantes populares que se benefician de la autocracia o de la simulación. Por eso resulta fundamental entender que en realidad la democracia se construye desde abajo, desde lo local. Por eso resulta indudable que los avances más significativos en favor del fortalecimiento de la democracia provienen de las luchas sociales, de las iniciativas de la sociedad civil, de la libre discusión de ideas y no de las concesiones del poder público.
Esta democracia presenta un imperativo que llega para quedarse: Si una ley o política es buena, debe tener la capacidad de sostenerse frente al público. Es Immanuel Kant o Jürgen Habermas cuando señala que las leyes y las políticas deben ser probadas a través de un debate público racional, ya que no se cuenta con otra alternativa para averiguar si las políticas tienen la capacidad de ser públicas.
A esta democracia se le llama deliberativa; desde esa perspectiva puede afirmarse que el centro de la legitimidad democrática no proviene del voto de una mayoría que acudió a votar, ni de los niveles de popularidad de un gobernante, ni mucho menos de la artificialización de instancias de consulta participativa. El verdadero centro de legitimidad proviene del derecho, la habilidad y la oportunidad de aquellos afectados por una decisión colectiva a participar en una deliberación genuina sobre el contenido de tal decisión. De esta manera, mientras más auténtica, inclusiva y consecuente sea la deliberación política, más democrático será el sistema político; de la misma manera, un sistema político será poco democrático en la medida en que minimiza las oportunidades a los individuos para que reflejen libremente sus preferencias políticas. Esto no significa que la aproximación electoral de la democracia sea incorrecta, sino que pasa por alto un aspecto clave de la misma democracia, que es la deliberación.
Si queremos medir qué tan democrático es un sistema político, conviene prestar atención a la cantidad de estructuras que un sistema político posee para tener deliberación auténtica, inclusiva y consecuente. El profesor John Dryzek ha definido a estas categorías como Autenticidad. La deliberación debe inducir a la reflexión, conectar reclamos a principios más generales y mostrar reciprocidad; Inclusividad. En donde hay un rango de intereses y discursos presentes en una configuración política y; Consecuencia. En donde proceso deliberativo debe tener un impacto en las decisiones colectivas o en los resultados sociales.
El giro deliberativo de nuestra democracia no vendrá de la clase política. Si de reforma se trata, en ellos noto una preocupación primordial por la disputa de las reglas y los arbitrajes que regulan la contienda electoral. Aquí una idea: más que institutos electorales, necesitamos institutos de la democracia.
Twitter. @marcoivanvargas