Paraje surrealista

El subconsciente como línea narrativa y discursiva del arte

Adolfo

Surrealismo es algo que va más allá que una palabra de temporada. Es, además de una corriente o estilo artístico, la evidencia de que somos “alguien más” cuando nos dejamos ir de ojos abiertos por los laberintos de la imaginación.

El arte ha sido la cuna de vocablos nuevos o de adaptaciones de sustantivos o adjetivos que retomados en diferentes momentos, han sido útiles para describir una pieza de arte, sea ésta una melodía o un monolito de piedra.

Y si Kant, el afamado filósofo, -no del todo comprendido y no del todo asimilable- dedicó una gran cantidad de páginas para transmitir el significado de Lo Bello y Lo Sublime, Leonora Carrington dedicó su vida a manifestar en la escultura, la pintura y la literatura, su estado onírico. Eso que hoy llamamos con naturalidad “surrealismo” pero que en otro tiempo rompió esquemas, se viralizó al estilo y con las herramientas de un siglo XX, aquel reciente espacio temporal de las rupturas y cuna de los ismos que tanto acariciamos o repelemos. 

No fue Leonora la única que destacaría en este ismo que se ha vuelto mexicano por adopción y exotismo. Serían también Marx Ernst, René Magritte, Salvador Dalí, Joan Miró o André Masson artistas que confluyeron en un movimiento artístico e intelectual surgido en Francia en 1924. Ellos y otros muchos, coincidieron en hacer del automatismo, lo alucinatorio, las yuxtaposiciones y la fluidez del inconsciente sobre el consciente, los elementos característicos predominantes en sus obras.

Imposible dejar de mencionar al padre de esta nueva y libre forma de ser artista, André Breton. En su Primer Manifiesto Surrealista, Breton afirma que es “el automatismo psíquico puro, el medio por el cual se intenta expresar el funcionamiento real del pensamiento”. Un dictado sin intervención de la razón o la lógica, sin preocupación moral o estética. En pocas palabras ¡por fin! podía manifestarse el inconsciente en un lenguaje incompresible pero admirado, en una fusión de colores y formas desacordes a la estética de la época.

Hoy, el surrealismo toca las fronteras de la normalidad en donde lo absurdo, lo impensable, lo inimaginable se hacen patentes no tan solo en el arte o sus remedos, sino en el comportamiento, las relaciones, las moda y porqué no hasta en la política.

Algunos militantes del dadaísmo evolucionaron hacia este nuevo ismo que parecía liberar la mente inconsciente de las ataduras de lo clásico. Sus representantes innovaron con los materiales e introdujeron por ejemplo, arenas en sus lienzos como Masson o bien innovaron en las formas como Joan Miró. El famoso Dalí produjo a su vez, lo que llamó “fotografías de sus sueños pintadas a mano” logrando el carácter de desconcertante en todo lo que producía plásticamente.

Fue tan impactantemente agradable y tan bien acogido este nuevo estilo artístico, que la moda y el cine cayeron en su vórtice. En ese espacio nació el cine de Buñuel o la fotografía surrealista de Man Ray. De acuerdo al Diario La Vanguardia: “El impacto en la moda se dejó notar a partir de 1930. En esos años causaron sensación las creaciones de la diseñadora de moda francesa Elsa Schiaparelli quien colaboración con Salvador Dalí, creó diseños tan sorprendentes como el Vestido esqueleto (1938) y el Vestido langosta (1937), que llegó a lucir la duquesa de Windsor”. 

(ver:https://fashionhistory.fitnyc.edu/1938-schiaparelli-skeleton/)

El mismo diario narra la influencia del surrealismo en la fotografía con autores como Man Ray, conocido por sus imágenes como “Glass Tears” o “Ingre’s Violin”, y quien pasó media vida en París produciendo para su momento y para la posteridad, que llega hasta los días de nuestro impredecible siglo XXI.

Hoy, hablar de surrealismo sigue vigente, aunque el París de 1924 parezca demasiado lejano. Surrealismo es abrazar la vida con la soltura de los sueños, la libertad ingenua de un niño, el color de cacatúas y texturas como las de lagartos o mariposas. Nos dice más una imagen de Giorgio de Chirico, que la descripción gramatical de una pieza clásica, pues la mente actual ya ve más allá de lo visible y se atreve a crear y visitar espacios y formas exentas de realidad, pues somos parte de la expansión universal.

Hoy ante la desgracia de una guerra impensable y absurda entre seres pensantes, me remite al estado animal de hombre, al cerebro reptileano que prevalece en esos líderes que deciden la muerte de personas inocentes, porque finalmente todos los somos.

Ojalá volvamos al mundo de Leonora, al de De Chirico o al de Marc Chagall, el pintor que nos enseñó a volar. Quizá desde las nubes comprendamos la grandeza de lo que somos, del planeta que habitamos y del universo del que somos parte. Retomemos el surrealismo para superar las limitaciones de la mente no tan solo en la defensa de la expresión artística, sino de la humanidad

¡Digamos no a la guerra: no a la muerte o la destrucción de especies y seres humanos!