Partidazo. Vista desde fuera

Ha llegado el día. Es una jornada trascendental para México y también para Inglaterra; asimismo, para el resto del mundo, el partido de la Copa del Mundo entre ambas selecciones se presenta como un duelo sumamente atractivo. La prensa mexicana se hace eco de la gran expectación que rodea el encuentro, pero ¿cuál es la perspectiva desde el extranjero?

Bueno, en primer lugar, ha habido una obsesión con la altitud. Como si fuera una sorpresa; como si México hubiera trasladado repentinamente su estadio más emblemático e histórico del Estadio Azteca desde Acapulco hasta Ciudad de México para buscar una ventaja injusta. Este enfrentamiento era también una eventualidad totalmente previsible, pero parece haber tomado por sorpresa a la Asociación de Fútbol de Inglaterra. Además, la altitud solo supone un problema si se entrena al nivel del mar; si uno entrena en altura, el rendimiento mejora estes donde estes, tanto a nivel del mar como a miles de metros de altitud. Parece que Inglaterra ni siquiera contempló la posibilidad de buscar una base de entrenamiento de alto rendimiento en lugares como Colorado, Arizona o las diversas ubicaciones en altura disponibles en México.

También se habla mucho de la hostil bienvenida que los aficionados mexicanos brindaron a la selección de Ecuador, y que al parecer también dispensaron a la de Inglaterra. Aquí debo mostrarme más crítico con el contexto local, pues México no necesita recurrir a artimañas baratas para ganar. Si México aspira a dar un gran paso adelante en este Mundial —y en su legado futbolístico—, debería ser la calidad de su juego la que hable por sí sola. No debería haber lugar para matices ni explicaciones sobre sucesos ajenos al terreno de juego. Esto perjudica más a México que a las posibilidades de Inglaterra. Y, como hemos comentado en repetidas ocasiones en este espacio, el mundo entero observa; la imagen que México proyecta al exterior importa —muchísimo—no solo para este torneo, sino también para la percepción general del país a largo plazo. La Copa del Mundo es una oportunidad inmejorable para moldear la narrativa global sobre cómo se percibe a una nación y a su gente; que unos aficionados hagan sonar bocinas frente al hotel de un equipo para impedir que sus jugadores descansen no es precisamente el tipo de recuerdo que honra al país, a su riqueza ni al alma de su pueblo.

Me complace señalar que también existe un enorme reconocimiento hacia el fútbol que México ha desplegado hasta ahora —especialmente en los dos últimos partidos—, en los que se ha percibido que, por primera vez en quizá 40 años, la selección ha jugado sin miedo y con una identidad clara y orgullosa. Sin duda, la juventud desinhibida y el toque prodigioso de Gilberto Mora son factores clave en esto, al igual que la velocidad, la habilidad y la determinación de Julián Quiñones. Pero en el centro de todo ello se encuentra la figura increíble, noble y de espíritu verdaderamente indomable de Raúl Alonso Jiménez Rodríguez; una figura que es tanto un símbolo como una persona real. Su historia es extraordinaria y habla por sí sola. Se habla mucho de estos tres protagonistas en el extranjero —en los medios internacionales—, y con toda razón.

Pero tal vez el gran protagonista de todo esto sea el propio Estadio Azteca, el único estadio del mundo que ha albergado dos finales de la Copa del Mundo y que, con este partido, recuerda implícitamente al mundo que debería haber sido sede de una tercera final en este torneo. ¿Existen otros estadios tan emblemáticos y singulares? ¿El Maracaná de Brasil? ¿Wembley? ¿El San Siro? Quizás. Pero no hay lista en el mundo que no incluya al Estadio Azteca entre sus cinco estadios más icónicos. Ninguna. En todas partes se habla de él con asombro y admiración. Su trayectoria está repleta de historia, y está lejos de haber terminado. Sin duda, el partido de hoy sumará un nuevo episodio a esa larga lista de recuerdos imborrables que asociamos con él, no solo en México, sino en todo el planeta; porque lo que ocurra esta noche no será solo un recuerdo mexicano, sino un memoria que le pertenecerá a la historia mundial.