De vez en cuando la humanidad se pone estúpida y cree que matar el conocimiento es la respuesta para escribir el futuro. Hay entonces un espíritu destructor avivado por la llama de la ignorancia, que como todos sabemos, es mucho más inflamable que la gasolina.
Recuerdo que estando yo quizá en el primer año de preparatoria, escuché con azoro en las noticias cómo la Biblioteca Nacional y Universitaria de Bosnia-Herzegobina había sido blanco de un ataque directo perpetrado por el ejército de Slobodan Milosevic para destruir Bosnia. A muchos parecía inaudito que estando el edificio fuera de los objetivos comunes de una guerra, se hubiesen ensañado justo con el que albergaba gran parte de la memoria del país. Al paso del tiempo se supo que el ejército utilizó proyectiles incendiarios diseñados para provocar fuego con velocidad, mucho más habiendo material combustible cerca. Se comprobó también que el objetivo único del ataque del ejército bosnio era la biblioteca, dado que ésta albergaba documentación que atestiguaba las raíces e importancia de la población musulmana en la zona. El ataque buscaba entonces borrar los orígenes de pobladores que ahora resultaban molestos, haciéndolos ver como foráneos desarraigados de un territorio que ahora reclamaban para ellos. Se calculó que en el lugar habitaban alrededor de ciento cincuenta mil libros raros y quinientos códices medievales; además, contaba con una extensísima colección de documentos publicados en Bosnia, o sobre Bosnia, que realzaba la calidad multiétnica y multicultural de la zona.
Cuando el ataque inició los bibliotecarios organizaron una cadena humana y trataron de salvar lo más que pudieran mientras los bomberos y demás servicios de emergencia llegaban. Sin embargo, éstos tenía instrucciones de obstaculizar cualquier intento de ayuda. A esto, se sumó el hecho de que combates anteriores hicieron que la presión del agua bajara considerablemente, por lo que lo poco que llegaba, era insuficiente para apagar el fuego. Mientras tanto, el personal de la biblioteca sacó lo más que pudo, pero en su intento, un francotirador mató a Aida Buturovic, lingüista de profesión y trabajadora del mantenimiento de la red de bibliotecas.
El lugar tardó tres días en quemarse por completo. Las altas temperaturas hicieron que las columnas de mármol explotaran, haciendo que se colapsara el techo. Las pérdidas fueron irreparables. Se supo que el ataque a la Biblioteca Nacional fue parte de una estrategia donde se lograron destruir archivos y otros recintos de conocimiento donde se perdió un estimado de cuatrocientos ochenta mil metros lineales de archivos y manuscritos y alrededor de dos millones de libros impresos.
Sin embargo, de una manera u otra, el conocimiento se conserva aún a pesar de nosotros. En los años setenta, en Dawson City, dentro del Yukón canadiense, un grupo de albañiles desmontaba una arena de hockey. Al escarbar, notaron que comenzaban a aparecer latas que contenían rollos de cintas que parecían de cine. Inmediatamente pararon los trabajos y dieron aviso a un historiador local. Juntos se dieron a la tarea de reservar lo que iban encontrando. Posteriormente las cintas se sometieron a trabajos de restauración y se encontró con que aquello era una gran colección de películas de la época del cine mudo, muchas de ellas se creían perdidas para siempre. Resultó que Dawson City era el último punto de distribución de cintas y resultaba caro devolverlas después de haber sido proyectadas. Así, las cintas se fueron acumulando y en cierto punto alguien decidió enterrarlas junto con escombro para rellenar una alberca que después se convertiría en pista de hockey. El permafrost ayudó a conservar el material hasta que desmantelaron la pista.
Destruir el conocimiento no es nuevo, pero tampoco es la resistencia comprometida a favor del pasado de todos aquellos que entienden que sin los cimientos del pasado, no hay futuro.