A más de ser excelente poeta Pita Amor era bellísima mujer. He recordado la ocasión en que le mostró a Miguel Alemán el retrato al desnudo que le hizo Diego Rivera. Comentó el veracruzano: “Está muy bien, pero le falta algo”. “¿Qué le falta?” -preguntó ella, sorprendida. Respondió Alemán: “El pintor no le puso a usted el vello púbico”. “Señor Presidente -se molestó Pita-. Diego no pintó mi cuerpo: pintó mi alma”. Y dijo Alemán: “Pos qué alma tan lampiña”. Yo tengo rostro liso como nalga de princesa. Envidio con insana envidia a la gente de bigote: Pedro Armendáriz, Jorge Negrete, Frida Kahlo. Mi falta de vegetación en la cara se debe posiblemente a la herencia tlaxcalteca. Esa parvedad pilosa me ponía en apuros al hacer un trato en el Potrero, pues ahí se usaba que los contratantes se arrancaran un pelo del bigote para significar que por ser hombres no faltarían a la palabra dada. Machista ciertamente era ese gesto, pero tiene explicación: el vocablo “bigote” proviene del alemán temprano bei Gott, por Dios. También es machista la expresión “rajarse”, pues a quien se desdice o acobarda se le compara a una mujer. Un cierto comerciante proclamaba enérgico: “Soy hombre de una sola palabra”. Y añadía: “Rájome”. En el Bar Ahúnda un tipo encaró a otro. Le dijo, retador: “Sé que tiene usted una indebida relación carnal con Velerina Cólchez. Yo soy el esposo ofendido”. Se puso en pie el otro. Medía 2 metros de estatura, pesaba quizá 200 kilos y tenía puños como bigornia de herrador. “Bueno -enmendó terreno el tipo-. No tan ofendido”. He mencionado el caso del faceto individuo que conducía su auto de lujo, un convertible deportivo de alto pedorraje, según se dice en expresión vulgar. Lo rebasó un hombre en su cochecito compacto de modelo atrasado, color indefinido por el paso del tiempo y llantas más delgadas que una buena intención. (La frase “estar en la lona”, dicho sea entre paréntesis, no se refiere a la del ring, sino a la de las llanta desgastadas). El del convertible le dirigió al del carrito cinco pitadas, recordatorio maternal, y le hizo seña de que se orillara a la orilla. Lo hizo el otro. Bajó el prepotente individuo de su lujoso auto, y descendió de su carrito el otro. Mejor dicho, se desdobló para salir. Era un hombrón de estatura gigantea; un hércules de musculatura torosa y brazos semejantes a aspas de molino. Lo vio el del convertible y le preguntó, humilde: “¿Se vale rajarse?”. Pues bien: con empleo de esa misógina expresión diré que Trump se rajó después de amenazar a los países europeos con imponerles aranceles si no lo apoyaban en su desatentada pretensión de apoderarse de Groenlandia. No supo el amarillento jayán con quién se metía. La Europa es vieja y sabia. A las baladronadas del inmoral magnate esos países respondieron con firmeza y dignidad, tanto que Trump debió patrasearse, como en Tabasco dicen, o sea rajarse. El maistro Abraham, cuchillero saltillense, les ponía una inscripción a los machetes que fabricaba en su taller: “Ni me saques sin razón ni me guardes sin honor”. Ojala en el caso de México las amenazas del prepotente yanqui queden en lo mismo que en Europa: en nada. “Vengo a expresarle mi agradecimiento, don Algón -le dijo el empleado al dueño de la empresa-. Por causa del miserable sueldo que usted me paga mi esposa me dejó”. En su lecho de hospital, vendado de pies a cabeza igual que momia egipcia, un tipo le contó al amigo que lo visitaba: “Me golpeó un compadre porque estuve de acuerdo con él. Me comentó: ‘Mi mujer es muy buena en la cama’, y yo le dije: ‘Estoy de acuerdo con usted, compadre’”. FIN.