Pemex ¿tiene remedio? Los números ya no permiten maquillajes, la empresa petrolera mexicana atraviesa una crisis financiera que no se resuelve con otra inyección de recursos públicos ni con discursos de soberanía. El primer trimestre del presente año registró una pérdida de alrededor de 46 mil millones de pesos, su pasivo laboral alcanzó 1.49 billones de pesos y su deuda con proveedores llegó a 28 mil 130 millones de dólares al cierre de septiembre 2025, incremento de 37% en un año.
El verdadero problema de Pemex es estructural, es una empresa que ha perdido capacidad competitiva en un mundo petrolero que ha evolucionado radicalmente, produce menos que en pasados años, enfrenta campos maduros, sus instalaciones en gran proporción son obsoletas, arrastra enormes pasivos y requiere inversiones que sus propias finanzas definitivamente no permiten. Una petrolera puede sobrevivir un mal trimestre, pero difícilmente lo puede hacer a años de rezago tecnológico, falta de inversión y decisiones equivocadas. La infraestructura es otro de sus grandes problemas: refinerías, plataformas, ductos y plantas requieren mantenimiento y modernización permanentes. Los accidentes y las interrupciones operativas han dejado de ser hechos aislados, convirtiéndose en recurrente preocupación.
Mientras Pemex enfrenta estas limitaciones, la industria internacional avanza en otra dirección: nuevas tecnologías, producción no convencional, inteligencia artificial aplicada a la exploración, automatización, perforación horizontal, recuperación mejorada y enormes inversiones en infraestructura. La revolución del fracking cambió el mercado mundial de la energía y convirtió a Estados Unidos en potencia energética. México, en cambio, ha mantenido durante demasiado tiempo una discusión ideológica sobre qué se puede hacer y qué no con sus propios recursos.
El resultado es una paradoja, México posee petróleo y una posición geográfica privilegiada, pero importa grandes cantidades de gas de Estados Unidos; tiene refinerías, pero durante años ha necesitado importar combustibles; tiene reservas y recursos potenciales, pero Pemex carece del capital suficiente para desarrollar todo lo que el país necesita. Y la coyuntura internacional hace todavía más evidente la diferencia, la crisis provocada por la guerra con Irán disparó la volatilidad y los precios energéticos, beneficiando a las grandes compañías petroleras. En el segundo trimestre 2026, ExxonMobil obtuvo alrededor de 14.5 mil millones de dólares de utilidad y Chevron 12 mil millones. Shell, BP, Total Energies y otras compañías también han aprovechado la volatilidad del mercado energético. Pemex, en cambio, sigue concentrado en resolver sus problemas internos, ¿dónde estará Pemex dentro de diez años manteniendo su actual inercia?
Durante años se ha presentado la participación privada como una amenaza a la soberanía, lo que es una falsa disyuntiva. México debe conservar la propiedad de sus recursos decidiendo cómo explotarlos, pero por qué poner todo el capital, asumir todos los riesgos y absorber todas las pérdidas. ¿Por qué no permitir que empresas privadas inviertan su propio dinero en exploración, producción, tecnología e infraestructura, bajo reglas claras y con una participación que beneficie al Estado? México puede ganar sin renunciar a la propiedad de sus recursos. Pemex requiere dejar de ser un símbolo que se protege y volver a ser una empresa funcional con una administración profesional, inversión, tecnología, disciplina financiera y visión de largo plazo. Continuar echando dinero bueno al malo, simplemente prolongará la agonía.
(Analista político)