En esta temporada de informes hay formatos que no se aprueban: se heredan. El de las comparecencias del Quinto Informe de Gobierno en San Luis Potosí es uno de ellos. La Junta de Coordinación Política resolvió que, del 19 al 21 de octubre, diez dependencias -y solo diez-pasarán por el Congreso con el mismo esquema del año pasado: quince minutos de posicionamiento, una ronda de preguntas y respuestas, y nada más. Sin réplica. Sin contrarréplica. Cuando se le preguntó al secretario de la JUCOPO, Héctor Serrano, si se agregaría alguna, respondió con una brevedad que ya quisieran los funcionarios: “No”.
Empecemos por lo que sí hay, por justicia. Hay comparecencias, que no es poca cosa en un país donde rendir cuentas suele ser deporte de exhibición. Hay calendario, hay comisiones y, según la propia JUCOPO, cualquier legislador con dudas puede participar. Y hay un órgano plural cuyas decisiones, se nos asegura, se toman por consenso. Ahí está lo interesante: si el formato salió por consenso, la factura no es solo de la mayoría. Es de todos los que lo firmaron o lo toleraron.
Porque hace dos semanas el discurso era otro. Desde la Directiva se hablaba de un formato “más dinámico” que permitiera la interacción. Desde las bancadas, de un esquema que sirviera para formular preguntas relevantes sobre los resultados. Lo aprobado es lo de 2025, cuando el panista Rubén Guajardo advirtió que el ejercicio no debía convertirse en una pasarela ni en una sesión de aplausos. Un año después, la advertencia sigue vigente.
El detalle no es técnico, es político. La réplica es el único mecanismo con que una pregunta deja de ser trámite. Sin ella, el funcionario responde lo que quiere a lo que se le ocurre, y el diputado, con su turno agotado, se queda como quien pidió una cosa en el restaurante y le sirvieron otra. El “diálogo” adquiere la estructura de un buzón: se deposita la pregunta y se espera sentado.
Vamos a hacer cuentas. Diez comparecencias de quince minutos son dos horas y media de exposición antes de que alguien pregunte algo, repartidas en tres días, cuando la glosa en otro momento llegó a imaginarse entre el 15 y el 30 de octubre. Seguridad, tema que la propia oposición dijo prioritario, queda para el último día, cuando el calendario ya está dando las últimas. Es la rendición de cuentas en su versión light.
Habrá quien diga que se exagera, que los diputados preguntarán, los secretarios responderán y eso es rendir cuentas. Algo de razón hay: peor sería no comparecer. Pero la vara no debería ser “peor es nada”. A un año de que concluya la administración, con la sucesión de 2027 asomándose, es cuando el escrutinio más vale. En este mismo espacio adverí hace unas semanas que ya no hay tiempo de corregir con promesas lo que no se corrigió con hechos.
Los congresos no existen para escuchar monólogos, sino para cuestionar informes. Un legislativo que renuncia a la repregunta no es un contrapeso: es un público. Vamos a ponernos serios: ¿cuál es la importancia política que desde la JUCOPO se le está dando a la comparecencia? Quisiera pensar que no se parte del temor al cuestionamiento o, peor aún, a la justificación de que hay cosas más importantes qué hacer en ese tiempo. A su lado, el sistema republicano de contrapesos parece utopía pura y dura. Como si la ciudadanía no mereciera algo mejor.
En este espacio editorial suelo citar a Robert McNamara, secretario de Defensa de John Fitzgerald Kennedy y Lyndon Johnson en Estados Unidos. Contó en una entrevista de archivo incluida en el documental “The Fog of War” (Errol Morris, 2003) que pasaba entre cien y ciento veinte horas al año compareciendo ante el Congreso, y que cada hora le exigía de tres a cuatro de preparación. No se trata de contar la historia, sino su método: quien sabe que va a rendir cuentas se prepara como si importara. Por lo que se anticipa, a un secretario potosino, con quince minutos de guion y ninguna repregunta, el incentivo para prepararse así es otro.
La caminera
Con la proyección de un presupuesto federal de 10.5 billones de pesos para 2027, un déficit de 3.4 por ciento del PIB y la promesa de no crear nuevos impuestos, el federalismo mexicano vuelve a demostrar su singular talento para celebrar la “descentralización” mientras concentra el dinero, las decisiones y los anuncios en la Ciudad de México. No olvide que 2027 es año electoral y eso suele poner raros los destinos del gasto público. A ver con qué salen.
x. @marcoivanvargas