Hace tiempo conocí a una mujer que vivió toda su vida en el rumbo de Tequis. Era una figura reconocida por todos los vecinos del rumbo porque paseaba diariamente entre su casa y el jardín. Entraba a los locales comerciales de la zona y saludaba a medio mundo. Le gustaba platicar. Sin embargo, lo que pocas personas notaban, y si lo notaron no lo mencionaban, es que a esta mujer, a quien llamaremos Cuca, entraba diariamente a Tangassi y se ponía a leer en el pizarrón de la entrada, el nombre de los muertos del día. Dicen que agarró la costumbre cuando comenzó a quedarse sola porque casi todos sus hijos habían hecho ya vidas independientes y ella enviudó.
A veces, encontraba el nombre de algún conocido, y entonces, con conocimiento de causa, entraba a la sala de velación, saludaba a los familiares del difunto y se ponía a rezar con fervor. Incluso, se permitía llorar por ellos o por la ausencia que les dejaban. Pero muchas otras veces, sin tener idea de quién era el difunto, entraba a la sala, presentaba sus respetos al muerto, oraba y se soltaba a llorar. Tenía sentido. En lugar de dedicar plegarias al infinito, había un alma por ahí haciendo de destinatario. Llorar, sin embargo, tenía un sentido más profundo.
La vida muchas veces da motivos para llorar: tragedias sin sentido, golpes emocionales inesperados, rupturas con las que no hay pegamento que sirva. Cuando esto ocurre, llorar no solamente es justificado, sino hasta alabado: “-Llora, llora, que así te desahogas-“, “-Anda, descárgate, llora, que no es bueno contenerse-“. Sin embargo, la vida no siempre reparte igual y a veces, decide enviarnos piedritas que llenan el cántaro hasta reventarlo. Ahí, llorar se vuelve un acto de debilidad ante la vida, más ahora que la palabra “resiliencia” está tan de moda. Llorar porque la cuenta del gas se disparó, los hijos se portaron como el diablo, hay una mala temporada en el trabajo y para colmo el carro se descompuso, forma una cadena de boberías en donde, como se tiene que ser resiliente, no se justifica el llano.
Yo supongo que a Cuca se le llenaba frecuentemente el jarro de piedritas, nomás que en su época, la resiliencia no estaba de moda, pero sí sentirse idiota llorando sola en la sala de su casa. Y llorar en público por pequeñeces, nos expone siempre al alma caritativa que en afán de consolar, informa que nuestros dolores son nada, comparados con la hambruna en África o el genocidio de Ruanda. En estricto sentido, tiene razón. Pero tampoco quita la verdad del muy real dolor de una astilla profundamente clavada en la mano.
Así, es de suponerse que llorar en medio de la sala de velación de Tangassi, tenía mucho más sentido que llorar a solas sentada a la mesa de comedor de la casa propia, con el riesgo de ser interrumpida por un alma consoladora.
Hace unos días fui consciente de que a últimas fechas, mientras leo los diarios, me detengo en las notas que hablan de la muerte. Estuve al pendiente del caso de Norberto Ronquillo, leo la columna de Héctor de Mauleón, que generalmente involucran a alguna muerte indignante. Estoy muy al tanto de los accidentes de tráfico y de la pérdida de alguien anunciada en Facebook. Nunca lo había hecho. Es una manía nueva que no tiene que ver con la morbosidad. Pensé más bien en Cuca y sus visitas al fin de la vida. Ella iba a Tangassi, yo me paseo por las notas de la muerte.
No estoy muy segura del porqué de mi nueva manía. Tal vez estoy cayendo en el estereotipo de las personas que sufren crisis de la mediana edad y que enfrentan por primera vez de manera seria, la propia mortalidad. Tengo cuarenta y tres años y la juventud se quedó atrás. Ahora, tengo problemas de adulta. Me están saliendo canas y comienzo a notar una ligera papada que antes no existía. Sospechosamente la gente a mi alrededor está empeñada en ser más joven que yo. Lo veo en la Universidad, en los restaurantes, paseando en la calle. Ahora, veo venir sus problemas y pienso “ya pasé por eso.” Siento alivio y nostalgia. Curiosamente, me piden consejo, imparto sabiduría, como si yo supiera lo que estoy haciendo. Y si sé. Cuando esto pasa, me pongo en mi pose de chamán mágico o vieja de la aldea poseedora de misterios inescrutables y sabiduría ancestral. Me va bien el papel. Me río de aquello que en cierto momento me pareció fatal e irremediable y aun con esto, me paseo todos los días por los periódicos buscando notas de la muerte.
Quizá tenga que ver con la muerte de aquello que ya pasó y no va a volver o tal vez sea que no tengo a la vuelta de la esquina ningún Tangassi para llorar a moco tendido por las pequeñas piedras de la vida. Quien fuera Cuca y sus paseos por Tequis.