Pequeño universo

Uno nunca sabe en qué momento entrará al microcosmos de alguien más. El domingo, aprovechando que los padawanes se encontraban en diversas actividades, Marcos y yo decidimos salir temprano e irnos a desayunar. Hacía ya mucho que no íbamos al mercado Hidalgo, así que nos enfilamos hacia el centro en busca de un buen desayuno garnachero. Entramos al lugar, que estaba todavía sin el barullo cotidiano porque no habían dado ni las nueve; subimos al área de comedores y nos topamos ahí, en pleno pasillo, con una misa dominical. En medio de la galería, altar, padre, cánticos y toda la cosa. Como primero es comer que ser cristiano, ahí con la pena atravesamos el pasillo de aquél improvisado templo y nos metimos al primer comedor que encontramos. ¡Yo no sé por qué no vamos más seguido! Comimos como Dios lo dispuso y ya con sopes y chilaquiles de por medio, comenzamos a dar una vuelta para volver a encontrarnos con los colores que sólo los mercados de todo el mundo tienen. 

Yo me puse a tomar fotos de las cocinas, y cuando estaba ya por acabar, me acerqué a uno de los comedores, donde estaba una mujer al fondo, frente a la estufa, y otra amasando sobre una de las mesas acomodadas en el pasillo. Cuando tomé la foto, la chica que estaba amasando me dijo: “-¿Es para la columna del martes? Porque tú eres Yolanda Camacho, ¿no?-“ Me saqué un montón de onda, pero por cinco segundos, me sentí como Meryl Streep en sus inicios (ahorita ya ha de estar harta) siendo reconocida en el aeropuerto de alguna exótica ciudad, mientras trataba de viajar de incógnito, nomás que en versión pasillo de mercado. La verdad, nunca me había pasado y me dio mucha risa. Atiné a decir: “-¡Mira Marcos, alguien me conoce!-“ Luego, me chivié. 

La mujer que me reconoció se identificó como Luisa L., amiga de mi twin, Talia. ¡Claro!, alguna vez intercambiamos unos cuantos comentarios en Facebook, pero no nos conocíamos en persona. 

Después de la sorpresa inicial, la plática nos llevó a su vida en el mercado: la familia de Luisa es originaria de la Ciudad de México y en 1994, la crisis los arrastró a San Luis. Ahí, su mamá, con más tesón que dinero, se endeudó para comprar el local en donde todavía atienden. Así, aquella máxima familiar que se decía en casa de Luisa,“esto no es cocina económica”, se volvió exactamente lo contrario. Ese comedor le permitió a la familia sacar adelante a todos los hijos, que se volvieron profesionistas. Luisa misma es comunicóloga y trabaja para World Vision México, una organización de la sociedad civil que se dedica a fomentar el desarrollo de proyectos que combatan de manera específica la pobreza. En San Luis tienen sus oficinas principales en Ciudad Valles, y auxilian al desarrollo autónomo de proyectos que van desde la producción y comercialización de café en Xilitla, hasta la construcción de bordos para la guarda de agua. Con una metodología establecida, pero lo suficientemente flexible para adecuarse a las necesidades de la población beneficiada, la presencia de World Vision puede durar meses o años, hasta que los proyectos caminen solos. Así, el trabajo de Luisa es acercar a la gente para que auxilia a la asociación y que los proyectos puedan financiarse a través de una red de amigos que patrocinen las diferentes causas. 

Sin embargo, Luisa siempre regresa al mercado donde creció, ya sea por el mero gusto, o para echar una mano, como este fin de semana, en el que su mamá se lastimó una pierna y fue a ayudar a su hermana, quien está a cargo del negocio.

El mercado Hidalgo es un pequeño universo donde todos se conocen, y detrás de cada puesto, está la historia de una familia. Los de la cremería, por ejemplo, ya llevan cuatro generaciones que siguen tan blancas como la leche. La abuela del chavo de la frutería era locataria incluso antes de 1944, que se reconstruyó el edificio. El terreno que ocupa el mercado siempre se utilizó como centro de comercio, pero fue hasta mediados de los cuarenta (en el sexenio de Gonzalo N. Santos) que la construcción se realizó. Desde ese entonces, la abuela del chico de las frutas que está frente a la pollería, se dedicaba a ofrecer productos frescos. La mujer murió hace algunos años, pero el negocio sigue siendo atendido por sus descendientes. 

“-Aquí los niños no se pierden. - “, nos dijo Luisa. Y claro que no, porque ya bien saben qué niño es de quién y entre todos se encargan de echarles un ojo y mandarlos de vuelta a con sus papás. Lo mismo se cuidan cuando ocurre alguna desgracia, como hace unos días, en donde murió una locataria y la familia no tenía para pagar el entierro. Entre todos hicieron coperacha para aliviar cuando menos un poco la situación. Pero también todos festejan juntos cada aniversario de vida del lugar que les da trabajo y celebran en mayo regalando algunos de sus productos a los convidados a ver un año más de vida del Hidalgo.

El lugar ha visto crecer a niños que se convierten en personas de bien, acostumbradas a la disciplina del trabajo, al día a día de vivir la máxima “el que tiene tienda, que la atienda.” Nos contó cómo algunos de esos niños se han vuelto profesionistas exitosos, emprendedores fructíferos, administradores de trasnacionales. “-Pero todos vuelven al mercado. Aquí los ves, atendiendo los puestos los fines de semana. -“. Jamás tan cierto aquello que de que “Todos volvemos al lugar en donde fuimos felices.”

Porque el mercado es un pequeño cosmos adentro de una ciudad que a veces nos hace sentirnos perdidos, aislados y entonces, necesitamos rescatarnos, encontrarnos, darnos sentido, volver a donde crecimos para ver qué somos, en qué nos hemos convertido, checar que no nos hemos disuelto. Volver, como Luisa, a amasar el futuro.