Perdidos

El primero de mayo de este año partieron en avioneta desde el pueblo de Araracuara, en pleno centro de la amazonia colombiana, la familia compuesta por la madre,  Magdalena, y sus cuatro hijos: Lesly, de trece años, Soleiny, de  nueve, Tien, de cuatro y la bebé Cristín, de once meses. El vuelo las llevaría a una ciudad relativamente cercana a encontrarse con el padre, Manuel y de ahí partirían a Bogotá a iniciar una nueva vida. Sin embargo, en el trayecto una falla mecánica hizo que el avión se desplomara. Se perdió contacto con la aeronave y las autoridades presumieron la muerte de todos los pasajeros. Además de la familia, en la avioneta viajaba un amigo que les ayudaría con la mudanza y el piloto.

Diecisiete días después del accidente, miembros de una tribu indígena local encontraron los restos del avión y dieron aviso a las autoridades. En el interior estaban los cadáveres de los tres adultos, pero no había rastro de los niños. Una manzana mordisqueada, un biberón vacío y otros objetos hacían suponer que los chicos habían sobrevivido. Así, el ejército colombiano y la comunidad inició la búsqueda de los menores. Los indígenas estaban convencidos que niños y niñas de la ciudad no tendrían oportunidad alguna en sobrevivir. La selva de Guariavé es un terreno peligroso, con recursos suficientes para sobrevivir, por supuesto, pero ocultos para los ojos ajenos. Sin embargo, estos niños eran nativos de la zona y su corta vida la habían pasado en entorno selvático. Así, las esperanzas se cifraron en la hermana mayor, Lesly,  para que liderara a los chiquitos a sobrevivir.

Unos días después hubo una falsa alarma, donde por una confusión pensaron que los hermanos habían aparecido. La búsqueda continuó y el público dejó de mostrar interés hasta que el día nueve de junio: cuarenta días después del accidente, los hermanos aparecieron vivos y en condiciones relativamente buenas. Estaban, eso sí, desnutridos, pero sin heridas mayores. Al darse cuenta de la muerte de los adultos, Lesly efectivamente tomó la responsabilidad de llevar a sus hermanas y hermano hasta donde pudiera y mantenerlos vivos, confiando que alguien les encontrara. Pusieron en juego todos sus conocimientos sobre la selva y se alimentaron de lo que encontraros, que fueron plantas, hongos e incluso un kit de ayuda que el ejército había arrojado a la zona. Sobrevivieron. 

Ahora bien, además de ser una historia extraordinaria, la supervivencia de los hermanos ha llevado a reflexionar no solamente sobre una espiritualidad difícil de entender para las comunidades que habitan fuera de la zona, pero que desde la racionalidad permite acercarnos a los vínculos que se establecen con el entorno natural donde nos asentamos y comprender cómo el medio ambiente nos acoge si sabemos cuidarlo. Sin embargo, se abre una reflexión para todos los adultos alrededor de chicos y chicas en un entorno urbano y de medios electrónicos al alcance de la mano.

Hace pocos días, vagabundeando por el centro, choqué contra una niña de unos 11 años. No me vio, a pesar de venir de frente en una calle de banqueta angosta, como muchas que hay en la zona. La chavita venía embelesada en la pantalla de su celular. Cuando nos topamos la niña volteó a su alrededor y se dio cuenta de que su mamá y su papá ya no estaban. Yo me di cuenta de que dos adultos estaban a la vuelta de la esquina, así como checando a ver a qué hora se daba cuenta la chica de que había caminado sin ellos. Yo, por solidaridad del clan, me quedé callada. La niña volteó para todos lados y no vio a sus papás. No supo que hacer, se quedó parada, ya con cara de susto. En eso el papá se adelantó “-Te dije que pusieras atención, que dejaras el celular, ni cuenta te diste que ya no estábamos –“ Esa niña no hubiera sobrevivido ni en el amazonas, ni en los arcos Ipiña. Y me temo que no es la única. Varias veces me ha tocado darles aventón a menores de edad que no saben sus direcciones completas u otros que se las saben, pero que no tienen ni idea de cómo llegar. No atinan a dar referencias de lugares cercano o señas específicas para llegar a sus propias casas o a dar direcciones para ir de un punto a otro, como de sus escuelas hacia canchas deportivas donde acuden dos o tres veces por semana. Muchos de ellos no se saben los teléfonos de adultos que puedan auxiliarlos y estoy segura de que si los soltamos en el centro, no tendrán idea de cómo salir de ahí. 

Tal vez sea que cada vez estamos todos más pegados a las pantallas, viviendo entre pixeles y menos pendientes de las calles, los edificios y los coches; o tal vez sea que estamos sobreprotegiendo a los y las pequeñas sin obligarles a que estén atentos a los traslados, sin caminar por los rumbos que les deben de ser usuales, sin ayudarlos a que memoricen sus direcciones. Tal vez la culpa sea nuestra.

Lo de Lesly y sus hermanos, a pesar de un final relativamente feliz, es también una llamada de atención: puede ser que estemos criando a una generación perdida.