5:30 am lunes 30 de mayo:hora de levantarse. Nos esperaba un día más largo de lo que hubiéramos podido imaginar.
Llegada al aeropuerto,: registro de maletas y espera en la sala de abordar. Salida y llegada a la.Cd de Mx conforme a lo previsto.
Vuelo sin contratiempo en un Embraer 190; diminuto y apretado como lo es todo últimamente. Compartimentos de equipaje rezucidisimos pero un buen servicio de tripulación, quienes mecánicamente atienden a nosotros los pasajeros enlatados.
Aeropuerto Benito Juárez: primer acto de la locura y el caos que vendría al escuchar, cuál central camionera de cualquier ciudad, el altavoz con anuncios indistintos y repetitivos de salidas a tiempo, demoradas o canceladas. Nuestro vuelo, hasta ese momento, entraba en la primera categoría.
Escuchamos el anuncio de embarque, nos enfilamos, nos alineamos y bajamos unos detrás de otros dispuestos y felices pues Agatha el huracán, al parecer no nos detendría.
Cinco no, diez minutos dispuestos con obediencia latina en rampas, enfilados hacia el avión cuando anuncian no la demora sino la cancelación por causas meteorológicas. Entramos en modo incredulidad y minutos después de negación.
Nos mantendríamos así por unos minutos para enseguida empezar a pensar qué hacer. Resultado: diez horas en la terminal 2 que bien podría ser un escenario de no un aeropuerto de Primer Mundo.
Diez horas, haciendo filas en “(des) Atención al cliente”, llamadas a las superlinea cuyos operadores “intuyen” la queja y el estado de ánimo y dejan al quejoso colgado después de minutos interminables de grabaciones y menús que resolverían “cualquier contratiempo.
Nada de eso ocurre así como lo quiere mostrar su publicidad con escenarios de cielos maravillosos y pasajeros disfrutando de la cordialidad de su tripulación, sin las amenazas ajenas a su repertorio de respuestas insulsas y poco coherentes.
Diez horas, insisto, de cansancio, hambre, fastidio, calor, si todo eso pero lo peor, la inutilidad del personal del aeropuerto y la aerolínea. Pantallas sin actualizar, información con “otros datos” cómo está de moda. Todo reflejo de sistema aeroportuario, rebasado y obsoleto.
Las llamadas finalmente darían mejor resultado, logrando las cancelaciones de conexiones y viajes de regreso para intercambiar por un destino más o menos lejano a Agatha, que nos ofreciera algo similar a los que buscábamos al querer ir a Oaxaca
Por fin, después de dos promesas de salidas a Mérida, logramos abordar hasta el final de las decenas de pasajeros, el Boeing que nos dejaría en esta esquina del país casi a las 11 pm
Capitán Riquelme, el piloto en jefe, al micrófono, optimista y conciliador explicaba las razones de la demora sin coincidir con lo dicho en mostrador.
Falta de slots, personal insuficiente, reducidas jornadas de horas vuelo serían los motivos de está segunda demora casi cancelación. Su discurso en las bocinas lo mostraban condescendiente y amable, jovial y optimista. Eso sin dejar de resaltar que gracias a “nueatra paciencia” y “su buena voluntad” habían permitido que llegáramos a un destino fuera de itinerario.
Con un llantazo al aterrizar que sacudió al más dormido en ese vuelo y la benevolencia de este piloto samaritano, Aeroméxico pudo quitarse un poco de la espina que nos clavó con su “maltrato aeropuertuario”. Y Mérida nos dejó muy atrás esa experiencia desastroza que es viajar por Aeroméxico y tener la mala suerte de hacer escala en la Ciudad Capital.
La gente en Mérida nos ayudó a borrar ese gesto molesto que llevábamos, porque si algo tiene Mérida es gente amable, orgullosa de su ciudad y dispuesta a abrirte el mundo que ellos conocen.
Moraleja: eviten en lo posible si no Aeroméxico, si la CD. De Mx y más si viajan el día de su cumpleaños.
¡Suerte si llegan al Felipe Ángeles!