Cambié de aparato telefónico. El mío no dejaba de fallar y me estaba causando más problemas de los que debía de solucionar. En el nuevo procuré vaciar todo lo importante: datos del block de notas, algunas fotografías que debía tener disponibles, el directorio telefónico. Quise creer que todo aquello que me fuera a ser de utilidad, estaría ahora en el nuevo teléfono y que sería la oportunidad perfecta para limpiar datos obsoletos. Lo cierto es que han pasado más de tres meses y sigo prendiendo eventualmente mi antiguo aparato, rescatando datos que no creía importantes hasta que los necesité.
Hace poco leí un artículo en el New York Times. La columnista escribía como tras la muerte repentina de su madre, ella y sus hermanas, había tratado de tener acceso a su teléfono móvil sin conseguirlo. Ahí estaban contraseñas de banco, aplicaciones financieras en donde se vería qué servicios estaban contratados para tener que cancelar, correos electrónicos de personas con las que su madre estaba unida a través de mensajes y a las que no habían podido avisar sobre su muerte. Estaban también varias cuentas de banco cuyos saldos no estaban claros y recordatorios sobre la ropa que había dejado en la tintorería. Su madre escribía todo en el móvil, para tener a mano las pequeñas ordinariedades de la vida.
Recuerdo el caso del papá de un amigo que también falleció abruptamente. El perfil de Facebook del padre comenzó a llenarse de condolencias, recuerdos, preguntas sobre el triduo de misas. Lo que para algunos pudiese ser fuente de consuelo, para la familia del que se fue, se convirtió en tortura, una fuente de dolor. El padre, celoso en todo lo que había sido en su vida, nunca había dado a nadie la contraseña de su perfil y no había manera de clausurarlo. Después de un montón de gestiones, que incluyeron llamadas telefónicas a las oficinas de Facebook, la cuenta fue cancelada. Muchos no entendían cómo la familia había decidido clausurar por siempre esa fuente de recuerdos. Sin embargo, el dolor se filtra de diferentes maneras y a cada quién le corroe distinto. Para ellos, los que se quedaron, ver las publicaciones del padre y, sobre todo, de otros que le seguían escribiendo como si estuviese vivo, les hacía pensar que nunca iban a poder superar la ausencia. Fue demasiado. Aquello tenía que irse. Todo parecido a quienes después de la muerte de alguien, deciden mudarse de casa o incluso de ciudad.
Conocí a alguien que guardó el teléfono de su hermano mucho tiempo después de su muerte, únicamente para escuchar la voz del contestador automático diciendo “Por el momento no puedo responderte, deja tu mensaje después del tono y luego me comunico contigo”. Así, el que se quedó de este lado, recordaba que según su fe, la muerte es temporal y únicamente es cuestión de tiempo volver a encontrarse en otro plano. Escuchar que el ausente estaba indispuesto por el momento, le abría la opción a creer que realmente, en algún momento, podrían volver a comunicarse y estar juntos. Ha de ser reconfortante tener la creencia de que realmente existe otro mundo, otro cielo o plano o como le quieran llamar.
Yo misma he buscado consuelo en las pantallas de dispositivos electrónicos y de vez en cuando, releo correos de algunos que ya no están. El intercambio de esa correspondencia virtual, me provee de diferentes perspectivas que, al paso de los años, encuentro refrescante y siempre aleccionador. Me hablan de cambio y recuerdan que aquí ni las situaciones, ni las personas somos eternas.
Una de las cosas que más disfruté haciendo la tesis, fue indagar en los archivos los pasos del hombre que fue el protagonista de mi investigación. Disfruté mucho hojear, previo uso de guantes, los documentos del Archivo Histórico del Estado, del Centro de Documentación Histórica de la UASLP, del Archivo de la Secretaría de Relaciones Exteriores, pero, sobre todo, del Archivo General de la Nación, donde las paredes sudan historia. Ahí, cada memorándum, cada carta, cada reporte, se convertían en el pedazo de rompecabezas faltante de una gran imagen que, en parte, quedó develada en la tesis. Al estar sentada en esos lugares, era inevitable cuestionarme cómo harán sus trabajos los historiadores del futuro y a quién tendrán que recurrir cuando busquen armar las piezas de alguien más. Creo que los archivos siempre estarán ahí, pero que gran parte del testimonio de los que somos ahora, se perderá inevitablemente, entre el chip de un celular descompuesto, o el sistema operativo obsoleto de una computadora. ¡Quién sabe cómo le van a hacer para reconstruirnos!
El recuerdo se está diluyendo pixel a pixel.