Policías y ladrones

Hace unos días vi a un grupo de niños en el patio de una primaria jugando a policías y ladrones. Ambos bandos se confundían entre el griterío del lugar, atiborrado de chamacos sudorosos que no veían la hora de que pasaran por ellos. Sin embargo, el equipo de ladrones se distinguía por correr y de pronto, desaparecer entre las jardineras, quedarse quietecitos entre un montón de mochilas y buscar refugio bajo las escaleras. Los policías se quedaban quietos por unos momentos, tratando de localizar movimientos inusuales y luego, corrían en parejas para atrapar a algún ladrón despistado, a quien agarraban con las manos en la espalda y fingían apresar con imaginarias esposas para luego trasladarlo dentro de la jardinera que fungía de prisión. Los otros ladrones entonces trataban de llegar a la cárcel para someter al guardia y liberar a su compañero.

Me llamó la atención un chico que militaba en el bando de los ladrones, bueno para correr el condenado y hábil para esconderse. Al cabo de un rato de verlo jugar, me di cuenta que ahora perseguía a los que se supone eran sus compañeros de equipo y hasta ayudaba a capturar ladrones. “-¡Oye!-“ le dije “-¿Qué no eras tú ladrón?-“ el chavito, bien simpático, me contestó “-Es que somos muchos, y ni puse atención cuando nos repartimos, yo nomás estoy jugando en lo que vienen por mi-“ ¡A todo dar!

Sentí un poco de envidia por la ligereza de aquél chico, sobre todo cuando un día antes acababa de atestiguar una airada discusión entre dos personas que apoyan a bandos opuestos en las ya cada vez más inminentes elecciones. A mi me causa admiración cualquier persona que se sienta lo suficientemente identificada con la ideología y las prácticas de cualquier partido político y tengan la convicción tan firme como para irse a registrar como militante. De igual manera me da muchísima curiosidad cuando una persona se erige en una especie de caballero de las cruzadas y defiende cual santo grial a un candidato o candidata basados exclusivamente en los perfiles públicos que los propios contendientes proporcionan.

En estas elecciones, las pasiones han estado desbordadas en todos los bandos y pareciera que las denostaciones son el único camino para defender a un candidato. Creo que se ha sobrepasado ya no únicamente el límite de lo racional, sino de la cordura. Hay quien defiende a su candidato, como si defendiera a San Martín de Porres. Y francamente, a juzgar por sus trayectorias, dudo mucho que cualquiera de ellos merezca ocupar el espacio central del altar mayor de la Catedral Metropolitana; y tampoco creo que ninguno de ellos (me refiero en este punto a los candidatos presidenciales) sea la mismísima encarnación de Satanás.

Muy estudiado está ya la humanísima necesidad de contar con personajes que se erijan como la sumatoria del bien y contraponerlos con quien se asuma como lo diametralmente opuesto. Hegel decía que una figura adquiere certeza de sí misma únicamente cuando se enfrenta a su opuesto. Entonces, se siente la necesidad de “apropiarse” del contrario para ser reconocido plenamente por los terceros y tal cosa ocurre solamente mediante una batalla épica donde haya un ganador y un perdedor. La literatura en general está plagada de ejemplos, pero la manera más sencilla de detectarlo está quizá en los comics. No podemos entender a Superman sin Lex Luthor o a Batman sin el Guasón. Como lector, uno se pregunta por que no de una maldita vez uno mata al otro y listo, pero la verdad es que ambos se necesitan para existir y reafirmar su personaje.

Recientemente Consulta Mitofsky se interesó por saber a qué personajes de la Historia los mexicanos encasillábamos como héroes o villanos. En el primer bando, el de “los buenos” aparecieron en primer lugar Benito Juárez, seguido por Miguel Hidalgo y Emiliano Zapata. Por el otro lado, el de “los malos” estaban Antonio López de Santa Ana, Victoriano Huerta y Hernán Cortés. Curiosamente, hubo dos personajes que aparecieron en ambas listas, Porfirio Díaz y Francisco Villa. De hecho, Díaz aparece en el segundo lugar de los villanos, atrás de Santa Ana, pero también en el quinto de los héroes y Villa como el tercer lugar de los Héroes y quinto de los villanos.

No podríamos pensar que la cosa es tan simple como para acotar a una persona como exclusivamente buena o totalmente mala, si somos honestos con la complejidad humana. Nadie es por sí mismo la personificación de la bondad. Quizá porque nos hemos alejado (creo yo que con razón) de esa visión simplista, es por lo que recientemente los personajes complejos han tomado relevancia y se han apropiado de las pantallas. Ahí tienen desde Gru, de Mi Villano Favorito, pasando por Frank y Claire de House of Cards, o los ladrones de La Casa de Papel.

Tal vez sería mucho más fácil para nosotros si la cosa fuera blanca o negra y hubiera buenos y malos claramente distinguibles. Pero lo cierto es que por momentos todos somos ese niño que corre en el patio de alguna primaria haciéndola a veces de policía y otras de ladrón porque no entendió bien de qué lado jugaba. Ojalá que de perdida nos divirtiéramos, aunque a juzgar por las caras de algunos, dudo que así sea; porque tienen el rostro de fastidio de quien espera horas en las escaleras sólo para descubrir que a sus papás se les olvidó pasar por ellos.