Política salvaje

La violencia política se está enseñoreando en el actual proceso electoral mexicano a ciencia y paciencia de las “autoridades”. El discurso del odio, que ve como enemigo a quien sería meramente un adversario o competidor en buena lid, va ganando terreno y las descalificaciones que rayan en el juego sucio se hacen presentes de manera cotidiana, incluido el amplio espectro de las redes sociales que posibilitan hasta las famosas “noticias falsas”. Pero, no termina allí el asunto, el problema se agrava cuando se denuncian agresiones verbales directas e intimidaciones que pueden ser el preludio del daño físico. En buena medida, esto es consecuencia de la muy pobre cultura cívica que, lamentablemente, se ha menospreciado por una clase política que sólo busca hacerse del poder y mantenerlo al costo que sea, A falta de una mínima formación teórica para el ejercicio de valores democráticos, lo que persiste, en no pocos actores políticos, es el primitivismo que auspicia la intolerancia. Es el político salvaje que, en el espejo, no se descubre para negar su desviada vocación de servicio sino para reafirmar su convicción de la fuerza.

Dicho sea lo anterior, se debe advertir que el término “salvaje” ha tenido, históricamente, una carga negativa prohijada por la cultura occidental que busca tener siempre un espejo que le permita mirar al “otro” como alguien inferior, aborrecible o culpable de todos los males, así sea que se trate de su propia proyección, de su más íntima degradación. Pero admitamos, para efectos de mejor entendimiento del tema que nos ocupa, que el ejercicio de la política que hoy vivimos en nuestro país es “salvaje”, poco “civilizada”, apartada de las reglas que los propios contendientes se han comprometido a respetar, pero que no pueden evitar violentar porque, de otra manera, consideran que no podrán ser “competitivos” en la liza electoral. Y allí tienen que, en estos días, se vale tirar lodo a más no poder, llegando a extremos vergonzosos que muestran la miseria moral de no pocos actores políticos, y que podría aceptarse como parte del juego que todos juegan, sino fuera porque, también, hay niveles en los que ya no cabe tanta descomposición y las consecuencias son de nula reparación.

En este contexto, el ofensivo señalamiento del candidato presidencial priísta contra Nestora Salgado es no sólo bajuno sino hasta demencial porque se trata de un recurso que no tiene que ver con propósito alguno de buscar justicia -así sea dando palos de ciego-, sino porque da cuenta de lo que puede ser capaz un sujeto que navega con bandera de “racionalidad” -así sea tecnocrática-. Soportar la camisa de fuerza que le impone el PRI a Meade no ha de ser cosa fácil, pero el señor pidió que lo hicieran suyo y allí están las consecuencias: recurriendo a la infamia jurídica y moral como medio para justificar un fin electorero, toda vez que hasta se da el lujo de “precisar” que su bronca es con AMLO. Y decimos que es demencial esa postura, porque ni siquiera era dable atisbar que así Meade podría sumar algo a sus alicaídas preferencias; por el contrario, una vez confirmado que se trata de una manipulación burda del caso y que se han excedido reabriendo causas penales como si fueran estampitas de colección, el malestar ciudadano crece porque muestra, en todo su esplendor, la política salvaje del priísmo más arcaico.

Pero mientras que unos le atizan al fuego de la confrontación, agrediendo de palabra y acción a los adversarios como medida desesperada de contención; también los hay que, por omisión, están contribuyendo a enrarecer el clima político-electoral, con el consecuente riesgo de que se ensanche la violencia y se sigan con-sumando hechos lamentables de inútil reparación, como la pérdida de vidas que ya se han presentado en el curso del actual proceso comicial. El presidente Peña Nieto ha señalado, apenas y tímidamente, su preocupación, más como un recurso mediático de lavarse las manos que por genuina responsabilidad histórica que le compete como “jefe de la nación”, dejando que la impunidad siga marcando el paso de las instituciones y actuando en pro de una causa partidista que ya no parece tener más alternativa que apostarle a la descomposición, para en el río revuelto pescar algo de lo mucho que ya se perdió. De otra manera, no se entiende que Meade haya sido incapaz de dar un paso al frente para deslindarse del pesado fardo que representa el desempeño del actual presidente.

En suma, como bien sugiere el ingenioso “Pingo”, hay un riesgo cierto de que los distintos actores políticos compitan para ver “quién lleva más sangre a su molino”, habida cuenta del vacío de autoridad que se ha generado por doquier y que pareciera muy a propósito para favorecer la imposición de la fuerza por encima de la razón para actuar en consecuencia: con libertad plena para decidir como mejor parezca.