Política y redención

Estamos en una semana propicia para la reflexión, entre otras cuestiones, sobre las posibilidades de la redención humana, esa difícil condición de volver a uno mismo y de recuperar la confianza en el otro, en el prójimo, en los demás. Pero, también, sobre la redención en política, toda vez que ha sido uno de los medios más recurridos para ofrecer el cambio social, aún y cuando pueda irse la vida en el intento y, a pesar de ello, permanecer como imprescindible el esfuerzo. Así han sido las cosas desde tiempos milenarios (aquí se ha comentado el caso emblemático de Pablo de Tarso) y voces que pugnan por lograrlo estarán presentes cada cuando.

Redimir, políticamente hablando, implica liberar a una sociedad oprimida de tantos males acumulados. La democracia electoral, como un medio para avanzar un paso, se ha venido decantando en procesos cada vez más competidos y, al propio tiempo, en general, aceptados en sus resultados. Sin embargo, la democracia como un fin más alto, más como un estado de la sociedad que como una forma de gobierno -diría, Alexis de Tocqueville-, sigue siendo un reto amplio; en buena medida, siguiendo lo que señala nuestra Constitución Política Mexicana “como un sistema de vida basado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”.

Un ejemplo de lo que se plantea es el caso de Francisco I. Madero, sin duda, nuestro “apóstol de la democracia”, portador de una fe inquebrantable en una bondad del ser humano que le llevó, incluso, a un sacrificio infame por parte de quienes se negaban a dejar intactos sus privilegios. Pugnar por la redención de la vida pública mexicana le generó a don Panchito no pocos desencuentros con otros caudillos revolucionarios que, aunque más desconfiados de sus adversarios, igualmente aspiraban, en general, a lograr el mayor bienestar para la mayoría del pueblo mexicano. La fe maderista, así fuera auspiciada por cuestiones metafísicas, es una muestra de que la relación entre democracia y redención es posible.

Así las cosas, cuando se habla de la necesidad de seguir renovando la vida pública mexicana, así como de regenerar a fondo las instituciones nacionales, no resulta exagerado coincidir en tales postulados. En el caso de nuestro país, se vive hoy una transformación de régimen que avanza con no pocos sobresaltos, habida cuenta de las resistencias que ofrecen diversos intereses sectarios. Ciertamente, teníamos acumulados tantos años de expoliación, abuso, corrupción y demás males políticos y sociales, que no es fácil que puedan ser desterrados de la noche a la mañana, como si se tratase de tirar a la basura cualquier bolsa de cacahuates. Sin embargo, sin duda se ha avanzado, implantando un estilo de gobernar que se pretende -y ha resultado- distinto al que antes padecimos como sociedad. Tal vez, de pronto se pueda presentar una cierta dosis de inevitable redención social, pero encaminada a que se traduzca en alcanzar ese estadio democrático referido con anterioridad, porque como advirtiera Jesucristo Gómez, personaje central de una célebre novela, que vale la pena releer por estos días de guardar, “El evangelio de Lucas Gavilán”, de Vicente Leñero, “nadie es dueño de los caminos para andar, ni del hambre de los demás”.