“El sexo entre un hombre y una mujer puede ser una experiencia maravillosa”. Eso declaró un extraño tipo. Y añadió en seguida: “Claro, si te tocan el hombre y la mujer adecuados”... En aquel tiempo -todos los tiempos acaban por ser “aquel tiempo”- Enrico Caruso y John McCormack eran considerados los dos más grandes tenores de su época. Lejos de haber rivalidad entre ellos los unía una buena amistad y una mutua admiración. Un día se encontraron y se abrazaron con afecto. Caruso le preguntó a McCormack: “¿Cómo está el mejor tenor del mundo?”. “¡Enrico! -replicó el irlandés-. ¿Qué ya te hiciste barítono?”. Muchas veces he fungido -así se dice- como maestro de ceremonias -así se dice-. En cierta ocasión me tocó presentar a quien entonces, según muchos, era el mejor tenor del panorama operístico internacional: Giuseppe Di Stefano. Entre bambalinas notó mi nerviosismo: era una tremenda responsabilidad hacer la presentación del gran artista. Me preguntó en perfecto español: “¿Estás nervioso?”. Contesté: “Sí”. Me dijo: “Yo también”. Al terminar el recital fuimos a cenar. La cena, claro, estuvo aderezada con sabrosos y robustos caldos, no de pollo. A esa hora el restorán había cerrado ya, y quedamos solos el gran tenor y el pequeño grupo que lo acompañábamos. Salida quién sabe de dónde apareció una guitarra. Me quedé estupefacto cuando después de algunas canciones Di Stefano me preguntó de pronto: “¿Sabes ‘A la orilla de un palmar’?”. Contesté “Sí”. Ya se ve que la ocasión me había limitado severamente la expresión. Propuso: “Vamos a cantarla. Haz tú la primera voz”. La cantamos. Al terminar le dije: “Hiciste una segunda de primera, y yo hice una primera de tercera. Pero Dios ama a los que cantan bien, y nos perdona a los que cantamos mal”. Di Stefano contestó riendo: “Lo hiciste muy bien”. Mis cuatro lectores me disculparán si uso esa recordación como pretexto para decir que en general estamos gobernados por políticos de cuarta. Una buena parte, muy mala, de quienes forman la cúpula morenista muestra una falta absoluta de cultura general y de formación cívica. De ahí que el régimen de la 4T ande trastabillando en medio de escándalos no de todo orden, sino de todo desorden, si me es permitido este otro desmañado juego de palabras. Herencia maldita le dejó López Obrador a Claudia Sheinbaum. El cacique morenista puso en ejercicio su aberrante política de abrazos, no balazos -ahora sabemos por qué-, y tuvo muestras de comedido respeto, y aun de afecto, para gente relacionada con el narcotráfico. Esa actitud complaciente, consecuente y obsecuente engalló a los criminales, y propició que se fortalecieran hasta el punto de apoderarse de regiones enteras del territorio nacional. Los efectos están a la vista. Si este país fuera de leyes, y hubiera en él un poder judicial autónomo, los ciudadanos conscientes pedirían que se hiciera una investigación a fondo de los haberes de AMLO y de su círculo cercano. ¡Cuántas cosas secretas se encontrarían! Desgraciadamente vivimos en un México donde la corrupción y la impunidad van de la mano. Por eso el autócrata le levantó el brazo a Rocha Moya. Y lo que ha seguido... Erectino, joven varón en flor de edad, fue al campo en su cochecito compacto con su novia Dulcibella. Ambos iban poseídos por urentes ansias amorosas. Llegados a un paraje solitario ella salió del pequeño vehículo y tendió una manta en el césped. Erectino tardaba en salir. Le dijo Dulcibella: “Si no sales del coche se me van a quitar las ganas”. Respondió él, apurado: “Y si a mí no se me quitan las ganas no podré salir del coche”. (No le entendí)... FIN.