Nadie puede estar en contra de que se aumente el salario mínimo, pero el problema, cual tautología, es que eso no resuelve el problema, y menos si se reduce a una suerte de subasta política, donde algunos partidos como PAN, PRD y PRI parecieran preguntar: ¿quién da más? Curiosa competencia para tratar de recuperar algo de la confianza perdida en el pasado proceso electoral, proponiendo que se aumente, “de emergencia”, el salario mínimo a 100, 176 y 300 pesos diarios, respectivamente. Evidentemente, se trata de resolver más un conflicto político (el de la credibilidad de cada partido promotor de lo que ahora considera su “deber” de contribuir a disminuir la desigualdad económica) que un problema social. Puede ser que, si se aprueba cualquiera de esos incrementos planteados, se pueda medio paliar la crisis política de algunos partidos que, antes, ni siquiera movieron un dedo en favor de fortalecer el poder adquisitivo del mini-salario, pero no se resolverá el problema social que significa arrastrar una lógica salarial que garantiza, por definición, la ganancia del capital.
El mejor ejemplo de esa “hipocresía de la prisa” (Rossana Rossanda, dixit) con la que ahora se conducen esos partidos, en el tema del ciertamente vapuleado salario mínimo, lo tenemos en aquélla propuesta que hiciera el PAN cuando se planteaba la necesidad de una amplia consulta social sobre la privatización petrolera. Para desviar la atención del asunto energético, PAN y PRI pidieron que, primero, se hiciera una “consulta de la consulta”; luego, percatados del absurdo en el que se habían embarcado, propusieron sus respectivas consultas, dizque para equilibrar las cosas y, así, tenemos que el PRI pedía consultar sobre la disminución de las diputaciones plurinominales y el PAN sobre incrementar el salario mínimo. Al final del día se salieron con la suya, metiendo ruido en el tema petrolero y dando “elementos” para que la tremenda SupremaCorte de Justicia de Nación se lavara las manos y desechara todas las eventuales consultas.
Logrado el objetivo de sacar adelante la reforma energética, se olvidaron del tema del famélico salario mínimo y, como suele suceder cada fin de año, se limitaron los representantes de esos partidos a permitir que se siguiera autorizando, por parte de una onerosa comisión de burócratas (Conasami), un mísero incremento que, generalmente no alcanza siquiera para comprar un chicle y masticar el coraje. Obviamente, nadie está en contra de que el salario mínimo recupere un poder adquisitivo que hoy está harto menguado; pero hacerlo de manera simple, argumentando que si en la zona fronteriza norte se aumentaron unos pesos, porqué no habría que hacerlo en el resto del país. Eso es tanto como regresar a una visión meramente sectorial de las finanzas públicas, como cuando se asumía que con solamente pasar una entidad federativa de una zona geográfica salarial a otra (A, B, C), ya se podría festinar que se había logrado un gran avance salarial.
Ya antes lo hemos señalado en este espacio. El problema es más complejo y tiene que ver con las implicaciones del modelo de acumulación de capital que tenemos y que no es otro que el denominado “neoliberal”. Bajo esta orientación económica que venimos padeciendo desde hace poco más de treinta años es que, en efecto, se ha depreciado el salario mínimo en hasta en más de un setenta por ciento de su poder de compra. Pero se trata de una condición inherente a ese sistema y, por tanto, no sólo es el salario sino las condiciones generales de reproducción, lucro, valorización y ganancia del capital, por una parte, y por otra de precarización laboral, explotación y desposesión de los medios de producción y subsistencia. Si únicamente se atiende a incrementar el salario mínimo como vistosa medida de emergencia, sin considerar maneras de ir equilibrando la relación capital-trabajo en general, parecerá más una medida de corte populista.
Aquí volvemos a citar un pasaje de “El Capital”, de Carlos Marx, en el que se plantea claramente esa cuestión: “pero, todos los métodos de producción de plusvalía son, al mismo tiempo, métodos de acumulación y todos los progresos de la acumulación se convierten, a su vez, en medio de desarrollo de aquéllos métodos (…) de donde se sigue que, a medida que se acumula el capital, tiene necesariamente que empeorar la situación del obrero, cualquiera que sea su retribución (…) lo que en un polo es acumulación de riqueza es, en el polo contrario, es decir, en la clase que crea su propio producto como capital, acumulación de miseria, de tormentos de trabajo, de esclavitud, de despotismo y de ignorancia y degradación moral” (Tomo I, Ed. FCE, México, 1980, p. 547).
Cualquiera que sea la remuneración, pues. De allí que bienvenido el incremento al mínimo salarial si, en verdad, es sustancial, esto es, que no conlleve impactos adicionales que puedan mermar un poder adquisitivo que no sólo tiene que ver con la compra de una canasta básica de alimentos, sino también para el acceso y disfrute de otros bienes necesarios para el mejor desarrollo de las personas y sus familias.