A propósito de los días que corren, es de llamar la atención el fantasma de la vergonzosa “concerta-cesión” -en la elección presidencial de 1988- que sigue rondando, cual ominoso sentimiento de culpa, a ciertas élites partidistas que se niegan a reconocer que “algo turbio” se presentó en aquel proceso comicial, histórico por la magnitud de la crisis de legitimidad gubernamental en que derivó, así como por el grado de violencia institucional alcanzado por un sistema que, emulando a Saturno, terminaría devorando a sus hijos. La famosa “concerta-cesión”, llegó a sugerir Luis H. Álvarez, a la sazón dirigente moral del Partido Acción Nacional (PAN), había sido un “invento” de la oposición de izquierda, dizque para desacreditar el ascenso de un nuevo tipo de arreglo político que, empero, posteriormente cobraría carta de naturalización como “prianismo”… de ocasión.
Pero la ocasión se volvió costumbre y la costumbre ley… de Herodes, y allí tienen que la cacareada transición, que resultaría de todo ese amasiato político, serviría para apuntalar el modelo neoliberal de acumulación de capital que tanto saqueo del patrimonio nacional y degradación de la vida social propició. Más de 30 años después, el tema vuelve y todo esto viene a cuento por la reciente comparecencia de Manuel Bartlett en la Cámara de Diputados federal, donde legisladores del PAN insistieron en señalarlo como artífice de la caída del sistema en ese 1988, a lo que el actual director general de CFE, respondió que el contexto de ese hecho fue “un amasiato entre Carlos Salinas de Gortari y el PAN” (en “La Jornada”, 27 de octubre de 2021). Lacónica respuesta que, después, sería alimentada de renovado “sospechosismo” por connotados miembros y ex-militantes del panismo.
Así, Jesús González Schmal -que renunciaría al PAN para formar el “Foro Democrático Doctrinario”, precisamente por el desacuerdo con tales prácticas de la entonces dirigencia panista, así como Ernesto Ruffo (ex-gobernador de Baja California), por ejemplo, recuerdan que en esos días “había un trajín, con idas y vueltas de Luis H. Álvarez a Los Pinos, llevado por Diego Fernández de Cevallos, para entrevistarse con Salinas” (Ibid.), asegurando que “algo turbio” se fraguó en aquéllos encuentros secretos que, luego, se sabría que, ciertamente, sucedieron. En suma, la era de la “concerta-cesión política” se afianzó en el país, aunque se trató de minimizar, asumiéndola como “con cierta concesión”, negando la naturaleza de un sistema político en descomposición que tenía que recurrir a un tipo de alianza ideológica “contra natura”, pero viable entre las élites dirigentes del priísmo y el panismo que, al perder el poder presidencial en 2018, ya no tendrían mayor empacho en presentarse, abiertamente, como coalición electoral en 2021 para tratar de recuperar, de lo perdido, lo que apareciera.
Curiosamente, ahora habría que plantearse la necesidad de que esos partidos vuelvan a sus orígenes en tanto que instituciones partidistas con fuerza e identidad propias, para evitar el riesgo cierto de que su des-dibujamiento sea aprovechado por intereses de extrema derecha como los que representa el “señor X” (Claudio X. González), que amenaza rebasarlos por la “ídem” y plantarse como equilibrio al actual gobierno federal, pero a partir de una cruzada de supuesta oposición que, más bien, tiene que ver con la pérdida rabiosa de privilegios de carácter económico. En fin, mientras ciertos actores relevantes de aquélla época sigan en el candelero político-electorero, las verdades de lo acontecido seguirán causando polémica, sobre todo porque sus dichos pueden ser tenidos como el “porvenir de un recuerdo” o como el “recuerdo de un porvenir”, según sea, y ya se sabe que… “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”.