Un postulado es una suerte de idea-fuerza que impulsa una acción, pero no de cualquier acción, sino de aquélla orientada por principios y que por su mero ejercicio ya implica el cumplimiento de un deber para consigo mismo y los demás, con independencia del resultado que se pueda alcanzar. Y, cuando se habla de principios, se trata de referir el bienestar de todos en una sociedad, sobre todo de los más débiles y vulnerables. Una orientación más ética que moral.
Lo anterior viene a cuento, luego de que los pasados días 15 y 16 de septiembre, el Presidente Andrés Manuel López Obrador señalara, primero, con motivo de la celebración del Grito de Independencia, la necesidad de desterrar el clasismo; luego, al día siguiente, planteando una Comisión de Paz, de alto nivel internacional, para mediar en el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania. Planteamientos que deben ser entendidos como postulados, si se quiere, hasta utópicos, pero necesarios para avanzar en procesos civilizatorios que a todos nos tendrían que interesar como humanidad.
Difícil es desterrar el clasismo en un sistema económico que, por definición, descansa en la asimetría de ingresos de la población. También, complicado es mantener la paz en un entorno geopolítico mundial de intereses, de todo tipo, en juego. Pero se tiene que postular la posibilidad de su superación para, parafraseando la típica expresión, dar dos pasos adelante y, si se quiere, acaso uno atrás. El postulado kantiano de “la paz perpetua”, por ejemplo, es prácticamente imposible de cumplimentar, pero es de indudable compromiso intentar.
Lo mismo se podría decir acerca del clasismo. Se trata de ir más allá de una condición objetiva que tiene que ver con la estructuración social propia de un modo de producción económica dominante que conocemos como capitalismo, y que se expresa en la centralidad de dos clases históricamente confrontadas: la del capitalista, propietario de los medios de producción y de subsistencia, por una parte, y por la otra la del trabajador, poseedor de su mera corporalidad o fuerza de trabajo. Alrededor de esas dos expresiones centrales una serie de estratificaciones conforme al ingreso que se recibe en distintos niveles. De acuerdo al nivel alcanzado, no pocas veces suele darse un comportamiento con la pretensión de discriminar a quienes están en otro nivel menor de ingresos, llegándose al extremo de descalificarlos como personas. Pero también se han planteado postulados que niegan la realidad prevaleciente y delinean la alternativa en un estadio superior, buscando no sólo la igualdad como condición objetiva sino una transformación subjetiva capaz de concebir un “hombre nuevo”, que no se asuma como más que los demás, sino al servicio de los demás.
En suma, lo que se pretende destacar es que no hay que confundir las cosas y, en estos días en que no pocos se desgarran las vestiduras cuando se plantea alguna idea-fuerza, se pierda de vista que eso cuenta, en primera instancia, para superar los problemas en una sociedad heterogénea, imaginando soluciones por difíciles o utópicas que parezcan, pero que orientan la acción diversa en la dirección correcta. En fin, como sugiere la sabiduría por excelencia, el que tenga oídos que escuche y el que no, pues no.