La pandemia del coronavirus ya nos alcanzó pero todavía no con su mayor ferocidad, que algunos estiman para dentro de pocos días y otros para dentro de pocas semanas. Este grave problema tanto en su alcance nacional como estatal plantea numerosas preguntas, pero hay una en especial que debería ser respondida cuanto antes: llegado el “pico” de los contagios, ¿los sistemas nacional y estatal de salud tienen capacidad suficiente para dar atención adecuada a los enfermos?
Otra cuestión crucial: el tipo, momento y alcance de las medidas preventivas ha ocupado el centro de la discusión pública, pero se han ido encarrilando más que nada con las iniciativas de la sociedad y entes privados (empresas, centros educativos, organizaciones civiles, etc.). Así, mientras la Secretaría de Educación Pública decretó el día de mañana como último de clases en los distintos niveles, en buena parte de la República se suspendieron desde el lunes pasado por considerarlo más sensato. Algo parecido ha venido sucediendo con los eventos masivos, pues mientras el Gobierno federal no había decretado nada al respecto, por su cuenta lo han hecho múltiples organismos deportivos, empresariales e incluso gubernamentales de estados y municipios.
La crisis va a llegar, de eso no hay duda. La oportunidad, pertinencia y eficacia de la prevención nos las indicarán claramente los hechos y las cifras (contagiados leves y graves, atendidos, curados y fallecidos). Por ahora lo que inquieta a la población es la falta de información sobre la verdadera capacidad de respuesta del total de nuestra infraestructura de salud, física y humana, ante el tsunami que viene.
Cuando hablamos del total de nuestra infraestructura de salud, nos referimos a todas las instituciones públicas y privadas (centros de salud, unidades móviles, sanatorios, clínicas, hospitales, etc.) y a todo el personal (médicos, enfermeras, laboratoristas, conductores de ambulancias, técnicos y demás) que llegado el caso tendrían que conjuntar esfuerzos para hacer frente a la pandemia.
Los datos más recientes que nos pueden servir de referencia para estimar qué tan capacitados estamos para hacer frente a la contingencia, serían los que ofreció a los integrantes de la Junta de Coordinación Política del Senado de la República el subsecretario Hugo López-Gatell la tarde del pasado martes, en reunión cerrada.
Según la crónica difundida ayer por el columnista Salvador García Soto en El Universal, los números más relevantes proporcionados por López-Gatell, sustentados en estimaciones propias y revisión de lo ocurrido en otros países, son los siguientes: el virus infectará al 70 por ciento de los mexicanos (unos 90 millones de personas). Según las proyecciones basadas en lo ocurrido en China, se estima que únicamente 250 mil desarrollarán la enfermedad causada por el COVID-19, de los cuales unos 175 mil buscarán atención médica. De ese universo, 140 mil solo requerirán tratamiento ambulatorio, sin hospitalización. Los 35 mil restantes sí necesitaran ser hospitalizados. De éstos, se calcula que 10 mil 528 serán los casos más graves que deberán ser ingresados a terapia intensiva.
Si asumimos que tanto en extensión territorial como en población San Luis Potosí representa algo menos del 3 por ciento nacional, haciendo la correspondiente traspolación de cifras obtendríamos que el COVID-19 infectará a unos 2 millones de potosinos, de los cuales únicamente 7 mil desarrollarán la enfermedad. De estos, poco menos de 5 mil buscarán atención médica; 4 mil solamente requerirán tratamiento ambulatorio, sin hospitalización, en tanto que los mil restantes sí deberán ser internados en algún hospital. En el extremo de la cadena, unos 300 potosinos verán su vida en grave riesgo y deberán ser ingresados en unidades de terapia intensiva.
En la medida que lo local es lo que más directamente nos afecta, las preguntas obligadas que (me parece) no han tenido respuestas concretas a la fecha, serían ¿El conjunto de nuestros recursos de salud (físicos y humanos, públicos y privados) alcanzan para atender en un período de tiempo muy corto a unos 5 mil potosinos enfermos? ¿Tenemos en la entidad camas de hospital suficientes para recibir a unos mil pacientes, prácticamente de manera simultánea? Llegado el caso ¿existen en San Luis Potosí las suficientes unidades de cuidados intensivos para atender debidamente a unos 300 pacientes graves?
Según lo informan los que saben de esto, uno de los elementos más importantes en el tratamiento de los casos graves del COVID-19 son los llamados “respiradores artificiales”, “auxiliares de respiración” o algo parecido. En consecuencia, tiene sentido preguntar si en nuestro estado existen suficientes aparatos de esa clase para la demanda prevista? Y si los hay, si están adecuadamente distribuidos en donde se necesitarán.
Si las respuestas son afirmativas, nada mejor que ofrecerlas detalladamente a la opinión pública, para su tranquilidad y mesura. Si son negativas, quizá se esté haciendo algo para paliar las deficiencias y eso también convendría informárselo a la ciudadanía.
ESPEJOS EN QUE
MIRARNOS
La preocupación sobre la capacidad instalada del sistema nacional de salud no es gratuita. Italia es un país de 60 millones de habitantes, la mitad de México, con una infraestructura de salud muy superior en cobertura y calidad. Desde hace días enfrenta una situación verdaderamente dramática. Ante la saturación de las unidades de terapia intensiva, sobre todo en el norte del país donde se concentra el mayor número de infectados, en algunos centros hospitalarios de esa zona han comenzado, como en tiempos de guerra, a decidir a quién atienden y a quién no. Están decidiendo en contra de los mayores de 80 años.
El pasado día 9, el periódico más importante de Italia Il Corriere de la Sera, publicó a ocho columnas “Como en toda guerra, tenemos que escoger a quién tratar y a quién no”. El dato fue citado el martes 17 por Héctor Aguilar Camín en su columna de Milenio. Y agregó:
“Los hospitales del norte de Italia estaban saturados. Se había producido la primera escasez grave que la pandemia produce: no miles de muertos sino un porcentaje de infectados que saturan muy rápido los hospitales, pues todos son enfermos que requieren cuidados intensivos. En la historia italiana de la pandemia la saturación hospitalaria no ha sido uno de los problemas a resolver, sino el problema”.
Luego escribió: “La anestesióloga de un hospital de Bérgamo, corazón del epicentro italiano por su fluida relación industrial con Wuhan, dijo a Il Corriere que las unidades de atención intensiva estaban saturadas y los doctores debían tomar decisiones sobre a quién atender y a quién no. Decidían esto según la edad, la salud previa y la esperanza de vida de los pacientes: ‘Como en tiempos de guerra’. La sociedad de anestesiólogos del país se vio obligada a emitir unas guías sobre cómo proceder, dados los problemas éticos que planteaba la nueva situación.
“Su criterio fue muy duro: la norma establecida de atender por orden a los enfermos que iban llegando no era adecuada aquí para salvar el mayor número de vidas. Hacía falta también el criterio de quién podría sobrevivir al tratamiento y quién no”.
Apenas ayer miércoles, la versión electrónica del diario español ABC profundizaba con mayor dramatismo en este tema. Luego de dar cuenta de que en la ciudad de Bérgamo, de 120 mil habitantes, los 80 puestos del área de cuidados intensivos en su hospital están siempre ocupados, cuando se libera alguno los médicos tienen que elegir a quién salvan y a quién no.
Pero el problema no se detiene ahí. Ante la saturación en todos los servicios, pacientes de otras enfermedades también graves, están dejando de ser atendidos con la celeridad requerida. Uno de los médicos del nosocomio ejemplificó que en estos días pacientes con infartos al miocardio han tenido que esperar hasta una hora al teléfono para recibir atención por esa vía de algún médico, y después decidir si es inevitable llevarlo al hospital.
Otro dato importante: al no haber sido debidamente capacitados para prevenir los contagios de pacientes del coronavirus, muchos de los operadores y paramédicos de las ambulancias se han infectado y quedado fuera de circulación, afectando el servicio y provocando un circulo vicioso. El ABC da cuenta de que en hospitales del norte de Italia se han grabado videos impresionantes de enfermos en los pasillos “y en todos los huecos”.
COMPRIMIDOS
En nuestra columna de la semana pasada preguntamos si la conversión de nuestro apreciado Hospital Central en una institución de Alta Especialidad significaría algún perjuicio para los pacientes, en su mayoría de escasos recursos económicos, que reciben ahí atenciones de niveles básicos, La respuesta, que recibimos de dos instancias autorizadas del sector salud es que no, no habrá ningún daño.
La explicación es que desde hace años el Hospital Central ofrece a los potosinos fundamentalmente servicios programados de segundo nivel en las áreas de medicina interna, pediatría, maternidad, geriatría y cirugía (partos, apendicitis, hernias, vesículas, etc.), y en urgencias atiende de todo. Lo seguirá haciendo igual, ampliando y fortaleciendo su atención en el tercer nivel (trasplantes, neurocirugía, cirugía cardiaca, etc.).
La suspensión de clases en la UASLP durante un mes, como prevención contra el coronavirus, le cayó de perlas al rector Manuel Fermín Villar Rubio, a quien no solo se le está yendo de las manos su propia sucesión sino que a la institución misma se le estaba saliendo de cauce el proceso. Se mezcló peligrosamente con reclamos feministas ante casos de acoso y maltrato de género, pero más que eso se hicieron presentes expresiones de juego rudo, de esas que siempre se sabe cómo empiezan pero nunca cómo van a terminar.
Juan Francisco Aguilar, presidente del Comité Estatal del Partido Acción Nacional, se comunicó con nosotros hace una semana para decirnos enfáticamente que él no le ha pedido ni plazas ni contratos al ayuntamiento que encabeza Xavier Nava Palacios. Ya aclararemos en detalle este tema. Por lo pronto, déjenme insistir en algo: si siguen con sus pleitos, las dos partes van a salir perdiendo.
Ojalá nos hicieran el favor de ponerse de acuerdo el presidente López Obrador y su secretario de Marina. En la misma fecha el primero nos viene a decir que, comparativamente con su entorno geográfico, San Luis es una isla de tranquilidad donde se ha contenido la violencia, y el segundo presenta una gráfica (que no era para publicarse pero de alguna manera se les filtró) donde queda claro que estamos infestados por media docena de cárteles, a cual más de violentos, que además se la traen jurada y se están dando con todo. ¿Entonces?
Hasta el próximo jueves.