Resultan curiosas las formas en que se conduce nuestro gobernador en lo cotidiano, frente a la ciudadanía, actores políticos locales y medios de comunicación. Con la primera y cuando de ella emerge la crítica, ha llegado a adjetivarla como jodida; a los segundos, cuando no los menosprecia u ofende, los hace como se le pega la gana, responsabilizándolos de todos los males habidos y por haber en el estado o cada uno de sus municipios, y con los representantes de los medios de comunicación ya en algunas ocasiones ha tenido respuesta agresivas y desplantes con aquellos que le cargan la mano en los cuestionamientos.
En sus redes sociales se difunden arrogantes disparates propios del ignorante y mitómano que gobierna a capricho; lo mismo menciona obras que en su imaginario serán las mayores de las que se tenga conocimiento que ocurrencias aventuradas que no tienen ningún otro fin que buscar aplausos; por lo demás ya se sabe, al margen de sus moditos de cacique de pueblo, de ordinario es boquiflojo y contestatario; lebrón dirían las abuelas.
Lo anterior nos da la idea de que Ricardo Gallardo Cardona es un personaje bastante echado para adelante de esos a los que cualquier chicle les sabe a menta y que todo lo pueden, capaz de ponerse a las patadas con el mismo Sansón. Pero al parecer en últimas fechas ha dejado en claro que no es así y que sólo le gusta aparentar al grado de ni siquiera dar la cara.
Hagamos algo de memoria. A fines de la Semana Santa desaparecieron en algún punto de la carretera 57 dentro del estado de San Luis Potosí un grupo de viajeros que, provenientes de Guanajuato, se trasladaban hacia el norte, presumiblemente con el objetivo de cruzar la frontera. La denuncia de la desaparición encendió las alertas nacionales y mostró a San Luis Potosí como epicentro del problema que, tras el rescate de los desaparecidos, acabó resuelto en apariencia.
De manera paralela, al grado que podríamos decir que se trasladaban con aquel grupo, desaparecieron el gobernador y su secretario general de Gobierno, mientras que el fiscal general del estado y el secretario de Seguridad Pública demostraron, entre los dislates y la total falta de coordinación, que de los dos no se hace uno; es decir, no sirven para nada. Luego, ahí como no queriendo, aprovecharon el escandalito barato que se generó en torno a la Procesión del Silencio, para apostar por el olvido. Lo lograron.
Una nueva desaparición de viajeros (todos migrantes irregulares) en el norte del estado, ocurrió y se dio a conocer a mediados de semana. De nueva cuenta las fuentes oficiales del estado buscaron matizar los hechos, llegando a señalar que fue en otras latitudes, fronteras afuera, donde ocurrieron los hechos.
Parcialmente rescatados y a mejor resguardo, la verdad acabó llegando de palacio nacional; por ella se supo que el secuestro ocurrió en territorio potosino, que las fuerzas de seguridad del estado no participaron en el rescate implementado por la Secretaría de la Defensa Nacional, aunque tampoco se dijo si en todos los operativos que le antecedieron. Cositas muy distintas a las que aquí se nos dijo.
Sobre los hechos delictivos, sobre el rescate, y sobre los dichos del general Cresencio Sandoval (secretario de la Defensa Nacional) nada dice Ricardo Gallardo; por el contrario, de nueva cuenta se dedica a difundir distractores desde su redes sociales, mientras se esconde como avestruz en espera que el panorama se asosiegue. Y no es que a uno le guste andar viendo cómo la gente se pelea, pero conociendo cómo actúa el gobernador con todo aquel que considera lo opaca, lo menos que uno esperaba es que dijera que el secretario es un milico ventajoso, que abusivamente le fue a contar mentiras al presidente de la República y que como éste ya está viejito y seguramente le tiene miedo, no tuvo más remedio que creerle, en menoscabo del esfuerzo estatal que nadie quiere reconocer. Incluso, pudo haber dicho que de haber funcionado ya sus patrullitas de súper lujo en la vigilancia en carreteras federales esto no hubiera ocurrido, pero que no se lo autorizaron porque sabían que su división esmeralda de la guardia civil los iba a opacar.
Lo de siempre, ni dice ni dirá nada porque simplemente no tiene cara para hacerlo; de ocurrir, se expone a que lo evidencien (dijera Socorrito Blanc) como mentirosillo y le echen en cara su incapacidad, no digamos ya, para mantener la seguridad en el estado que gobierna, ni siquiera para nombrar a colaboradores medianamente capaces, sino para establecer un simple protocolo en materia de desapariciones en carreteras estatales federales y estatales, que por lo visto continuarán. En esto o en lo que venga, nada es cosa ya de la herencia maldita, son las irresponsabilidades de la presencia maldita.