Presidencia anarquista

En mil novecientos veintidós se publicó la obra de Fernando Pessoa llamada “El Banquero Anarquista”. El relato se desarrolla como un diálogo entre el narrador y un banquero que, para sorpresa de su interlocutor, se identifica como un anarquista. A lo largo de la conversación, el banquero explica cómo, a pesar de dedicarse al mundo financiero, considera que sus acciones lo convierten en un anarquista más auténtico que quienes militan en organizaciones tradicionales. En esencia, el banquero expone cómo su riqueza le ha permitido liberarse de las ficciones sociales que, según él, esclavizan a la humanidad.

La tesis central del banquero es que las ficciones sociales, como el Estado, la religión y el dinero, son las verdaderas cadenas que atan al ser humano. Sin embargo, su método para liberarse de estas cadenas es tan extraño como polémico: abrazarlas hasta dominarlas. Según él, la única manera de ser realmente libre es controlar el poder de estas ficciones, y el medio más eficaz para hacerlo es desde dentro del sistema. 

La política mexicana ha sido, históricamente, un campo fértil para la creación y perpetuación de ficciones sociales. Desde el mito del nacionalismo revolucionario hasta el discurso reciente de la “transformación”, las narrativas políticas han servido para justificar sistemas que, en la práctica, terminan reproduciendo las desigualdades que dicen combatir. México es un país donde los discursos de cambio a menudo refuerzan las mismas dinámicas de poder que prometen erradicar.

En este sentido, el concepto de “ficción social” que Pessoa aborda en su obra se traduce en México en instituciones, políticas públicas y promesas que rara vez tocan las raíces profundas de los problemas que dicen resolver. Pensemos, por ejemplo, en programas sociales diseñados como herramientas para combatir la pobreza que, en la práctica, consolidan relaciones de dependencia clientelar.

En su narrativa oficial, el actual gobierno mexicano se posiciona como el destructor de las viejas estructuras corruptas y el arquitecto de un nuevo modelo de justicia social. Sin embargo, al igual que el banquero anarquista, parece operar con una contradicción fundamental: para combatir las ficciones sociales del pasado, refuerza otras ficciones igualmente poderosas, como el centralismo presidencialista, el control del discurso y el uso estratégico de los programas sociales como mecanismos de poder.

Un punto central en “El Banquero Anarquista” es la creación involuntaria de nuevas tiranías. En la política mexicana, esta advertencia resuena con fuerza. Las soluciones simplistas y las narrativas absolutas que prometen un cambio rápido no solo son ineficaces, sino que también pueden conducir a nuevas formas de dominación. Por ejemplo, la militarización de la seguridad pública, promovida como una respuesta definitiva al crimen organizado, ha generado un aparato militar cada vez más involucrado en la vida civil, con riesgos profundos para los derechos humanos y la democracia.

Asimismo, el discurso de polarización que define al “pueblo bueno” frente a sus enemigos crea divisiones sociales que, lejos de construir un México más justo, refuerzan el autoritarismo y desincentivan el diálogo plural. En palabras del banquero anarquista, estas son tiranías nuevas, nacidas del idealismo malentendido y de la imposibilidad de alcanzar el cambio real sin recurrir a las herramientas del sistema que se busca destruir.

En nuestro país la libertad sigue siendo una aspiración, no una realidad. La desigualdad económica, la violencia sistémica y la fragilidad del estado de derecho son recordatorios constantes de que el cambio verdadero requiere más que retórica y programas sociales.

¿Qué tan diferentes son las acciones de aquellos que buscan cambiar el sistema de las de quienes lo perpetúan? ¿Se puede escapar de las ficciones sociales o solo aspirar a manejarlas con mayor conciencia?

En México, como siempre la paradoja y la contradicción.

@jchessal