¿Presidente o prócer?

Hay dos cosas que me llaman la atención profundamente de nuestro recién estrenado presidente: la primera de ellas, es la tenacidad. Uno podrá acusar a Andrés Manuel López Obrador de lo que sea, menos de no ser constante. El tipo no se cansó durante todos estos años y, ahora que finalmente ha logrado aquello por lo que tantos lustros trabajó, difícilmente le entrará el agotamiento. Debemos que reconocer que hay en AMLO una constancia que raya en la necedad. Supongo que ahora que es presidente, necesitará esa constancia, porque, seamos honestos, este país no es fácil.

Sin embargo, más que su incuestionable tenacidad, hace mucho no veíamos a nadie con una clara intención de figurar en los anales de la Historia mexicana. López Obrador sabe que ya ocupa un lugar en la Historia del país. Primero, por ese afán de casi dos décadas donde encabezó una oposición que ocupó calles y banquetas para defender lo que él consideró injusto. Fue ya cabeza de la ciudad más compleja de la república, voz disidente por lo menos tres sexenios y ahora titular del Poder Ejecutivo. El lugar en los libros de Historia, ya lo ganó. Sin embargo, creo que López Obrador no se conforma con ello. No quiere ser un presidente más en la lista, sino que quiere ser uno extraordinario.

No es casual que prácticamente en cada discurso el nuevo mandatario traiga a cuento a tres figuras específicas: Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas. Para él, éstos tres presidentes marcaron tres respectivas transformaciones en la vida nacional. Dentro del debate histórico no necesariamente fue así, aunque podemos reconocer en la intención del presidente López Obrador, marcada por su discurso, que en su empeño será liderar una nueva evolución que ha llamado cuarta transformación.

Sin entrar a detalles sobre si estamos o no de acuerdo con la precisión histórica de tal afirmación, sin duda podemos afirmar que el recién estrenado poder ejecutivo, no pretende sacar un buen sexenio, sino marcar un parteaguas histórico. La visión, entonces, hace toda la diferencia. Los próximos seis años no se van a tratar de tener un buen gobierno, sino de sacudir lo que haya y establecer un nuevo régimen que de no solamente otra cara al país, sino otras entrañas.

Hasta ahora, me resulta muy interesante el paralelismo, contando desde que se eligió a López Obrador como presidente electo, que pretende guardar con el sexenio cardenista, aunque los antecedentes de ambos son distintos.

Cuando Cárdenas inició su período, cargaba ya con una amplia experiencia donde se contaba haber sido Secretario de Guerra y Marina, Secretario de Gobernación, presidente del Partido Nacional Revolucionario y gobernador de Michoacán. Salvo en lo último, López Obrador no tuvo cargos similares. Cárdenas llegó a ser candidato arropado por Plutarco Elías Calles, quien a decir de Pascual Ortíz Rubio, quería al michoacano como un hijo. Enrique Krauze incluso afirma que Calles no eligió a Cárdenas, sino que más bien le heredó.

Sus cualidades previo a ser señalado como candidato, fueron ampliamente discutidas. Hay incluso un memorándum enviado el 30 de mayo de 1933 a Calles, en donde el entonces presidente Abelardo L. Rodríguez escribió que Cárdenas era prácticamente un dechado de virtudes, salvo por dos graves defectos: “dejarse adular por personas interesadas y segundo que es afecto a dar oídos a chismes”.

La campaña cardenista fue un verdadero peregrinaje que llevó a Cárdenas a los lugares más recónditos del país. Jamás se había visto un recorrido tan a profundidad, mucho menos considerando que no había mucha necesitad: a diferencia de López Obrador, Cárdenas no tuvo contendientes. Sin embargo, el actual presidente sí se volcó en hacer de cada rincón, un lugar de campaña. Siguió la senda de Cárdenas.

Cárdenas se volcó en clase campesina y la obrera como punto toral de su mandato. Insistía en un discurso unificador que decía textualmente: “No se trata aquí del pseudocooperativismo burgués, sino de un cooperativismo genuino que acabará con la explotación del hombre por el hombre, y la esclavitud del maquinismo sustituyendo la idea de la explotación de la tierra y de la fábrica, por el campesino y el obrero” y agregaba “Al pueblo de México ya no lo sugestionan las frases huecas: libertad de conciencia, libertad económica. El capitalismo voraz sólo acude donde encuentra campos propicios para la explotación humana.”

En este sentido, López Obrador ha señalado insistentemente que los pobres serán el corazón de su mandato y en un discurso muy en la tónica cardenista, afirmó en su toma de protesta que: “No se trata de un asunto retórico, estos postulados se sustentan en la convicción de que la crisis en México se originó no sólo por el fracaso de la política económica liberal, sino por el predominio en este período de la más inmunda corrupción.” Palabras más, palabras menos, la intención es tremendamente similar, situándola en el contexto de lo que hemos escuchado del presidente en funciones los últimos meses.

De igual forma, al inicio del período cardenista se realizaron varias acciones significativas: de entrada, se instaló un hilo telegráfico para que de manera directa el pueblo enviara sus quejas al Poder Ejecutivo y como segunda acción, Cárdenas abrió las puertas de Palacio Nacional para que cualquier persona entrara. Hay que recordar que, hasta su predecesor, Palacio Nacional era la residencia de los presidentes de México. En su lugar, Cárdenas se mudó a Los Pinos. El argumento fue que Palacio era un lugar ostentoso y alejado del pueblo y que éste tenía que retomarlo. Por eso, el edificio se conservó únicamente para oficinas y sus puertas fueron abiertas, estableciendo que las riquezas del lugar, incluyendo sus magníficos murales, debían ser visitados por el pueblo como su legítimo dueño.

López Obrador, en su primer día, ordenó que se abriera a quienes que quisieran entrar a conocer la que fue casa de los presidentes desde Cárdenas hasta Peña Nieto, Los Pinos, con argumentos más o menos similares a los que en su época usó Cárdenas: que el lugar era símbolo de la ostentación presidencial y un espacio alejado del pueblo. Con la diferencia de que en los Pinos no hay murales de Diego Rivera. Por cierto, el sábado se reportó que hubo quien se robó las nochebuenas que adornaban la ex casa presidencial. Cuando Cárdenas abrió Palacio, hubo también reportes de robos menores. No es raro que un presidente inspirado en Cárdenas comience su mandato con un gesto igual al de su figura insigne.

Aunado a esto, en el diario de Cárdenas se constata lo siguiente escrito el 8 de febrero de 1936: “Hoy expedí la ley de Indulto para todos los procesados políticos, civiles y militares, cuyo número pasa de 10 mil personas, que han tomado parte en rebeliones o motines en administraciones pasadas. El espíritu de esta ley es liquidar las divisiones entre los mexicanos y a la vez dar mayor confianza al país, que facilite el desarrollo de nuevas fuentes de trabajo.”

Por su parte, en ese sentido, López Obrador afirmó que: “Propongo al pueblo de México que pongamos un punto final y empecemos de nuevo; en pocas palabras, que no haya persecución del pasado y que las autoridades desahoguen en absoluta libertad los asuntos pendientes”, para agregar después que “En esta nueva etapa la vamos a iniciar sin perseguir a nadie, porque no apostamos al circo y a la simulación. Queremos regenerar de verdad la vida pública de México. Además, siendo honestos, si abrimos expedientes dejaríamos de limitarnos a buscar chivos expiatorios y tendríamos que empezar con los de mero arriba. No habría juzgados ni cárceles suficientes, pero lo más delicado es que meteríamos al país a una dinámica de fractura, conflicto y confrontación.” Al igual que Cárdenas, se trata de privilegiar la reconciliación, aunque el costo sea la impunidad en forma de indulto. En época del presidente michoacano hubo ley de por medio, en esta, si habrá o no la cosa sale sobrando: el presidente ha hablado y no habrá persecuciones.

Curiosamente, Cárdenas en campaña escribió: “Iniciaré el desarrollo del sureste llevando el ferrocarril que unirá el Istmo con Campeche y aprovechando la energía eléctrica de los ríos”. En este particular, este sexenio también apuesta por un tren en la región sur del país que conecte Quintana Roo, Yucatán, Campeche y Chiapas, con una intención similar, donde además, se genere una zona de atracción turística.

Al paso del tiempo podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que Lázaro Cárdenas es de los pocos presidentes que ha logrado conservar una imagen favorable entre los mexicanos. Sin embargo, es parte de la formación que tenemos: por años, nos han enseñado la historia como un cuento de héroes de bronce, impolutos y perfectos y villanos de azúcar. Lo cierto es que hasta Cárdenas tuvo sus cosas.

De entrada, la piedra angular del Cardenismo, el ejido, no fue en su momento, el dechado de virtudes que con el paso del tiempo se pregonó. Hay que recordar que muchas fracciones agrarias de la Revolución buscaban tener control sobre su propia tierra y para tal cosa, la pequeña propiedad agraria era la solución. El ejido, con un sentido comunitario y la imposibilidad de tomar decisiones independientes del compañero ejidatario y la prohibición de vender, no cayó nada bien entre ciertos grupos. Ahí tenemos el caso de Saturnino Cedillo, que después de haber sido parte del gabinete cardenista, se enfrentó frontalmente al presidente hasta que terminó asesinado en la revuelta que organizó con sus agraristas. Ejemplos claros se vieron también en Yucatán, donde el líder henequenero, Rogelio Chalé en conjunto con el gobernador López Cárdenas, se opusieron a la repartición de tierras como la planteaba Cárdenas y se lo manifestaron. Éste comenzó a creer que ambos yucatecos habían pactado con latifundistas, cosa que no era verdad y realizaron la división como el presidente quiso. El gobernador yucateco al poco tiempo tuvo que renunciar. A decir de Krauze: “La única explicación de la actitud de Cárdenas es la impaciencia: le urgía entregar toda la tierra y pronto. Las minucias de la voluntad local, lo tenían sin cuidado.”

Al paso del tiempo, no muchos años después de haber realizado la repartición, se comprobó que el experimento fue un fracaso que no logró elevar la calidad de vida de los yucatecos. Marte R. Gómez, que fue ministro de Agricultura 5 años después del cardenismo, señaló que el reparto generó: “negocios sucios, corrompiendo incluso a los socios ejidatarios, delegados y jefes designados por campesinos.” Cosa similar pasó en otras partes del país, como en la región lagunera, en donde el mismísimo Daniel Cossío Villegas advirtió el efecto negativo de la repartición de tierras cardenista. El entonces presidente desechó la opinión del connotado economista y siguió adelante.

Sin embargo, el motivo de Cárdenas no era malintencionado, al contrario. De corazón creía que hacía bien al país. Al dejar de ser presidente, el mismo michoacano aceptó que pudo haber hecho las cosas distintas en muchos aspectos. Sin embargo, a decir de varios historiadores especializados en el cardenismo, éste creía que un pueblo, cualquier pueblo, necesita de un padre que le diga y haga lo que en verdad conviene. Así, un acto de convicción por parte del presidente, aunque sea erróneo, justificaba cualquier cosa. Él, además de presidente, era el “Tata” de la nación.

Lázaro Cárdenas es mucho más que la expropiación petrolera entendida como un acto valientemente patriótico. Ahí está, por ejemplo, todo con lo que tuvo que lidiar Ávila Camacho, su sucesor, que recibió un país polarizado, dividido y en donde nadie quería invertir. Con extranjeros que se alejaban de México, capitales nacionales que se fugaban, cristianos que se sintieron perseguidos, minorías que de todas formas no se sintieron tomadas en cuenta y por otro lado, una legión para las cuales tata Lázaro jamás sería igualado por un presidente que no llegaba ni a los talones del carisma del michoacano.

Los primeros actos del presidente López Obrador muestran acciones muy similares al Cardenismo. Muestran también a un hombre que ciertamente conoce la historia, y espero que con el tiempo muestren a un hombre que puede aprender de los errores de uno de sus íconos. Deseo que la hybris de los dioses se aleje del nuevo presidente y que su amor por la Historia lo haga cumplir su deseo: ser un presidente extraordinario, para el bien de México.