El “procerato” (en el título que encabeza esta columna aparece la palabra “procerazgo” que es la que emplea Augusto Roa Bastos en su magnífica novela “Yo, el Supremo”, término de mi preferencia personal y que por tanto será el que emplearé en esta entrega), según el Diccionario de la Lengua Española significa la dignidad de prócer, es decir, la calidad de un individuo como alguien elevado, de alta calidad o nivel.
En México el gran problema de nuestra democracia es que se basa en el procerazgo, en la presencia permanente de personajes supuestamente emblemáticos que se convierten en caudillos, guías y pastores del pueblo que les delegad y abdica de su esfuerzo ciudadano para solo ser obedientes y temerosos seguidores.
El procerazgo limita el espíritu crítico de las personas pues se basa en los dogmas que se inspiran en la calidad del personaje que tiene la deferencia de convertirse en guía de bronce y arquetipo de perfección, dejando de lado la libre reflexión de una ciudadanía que consiente tácitamente en limitar su propia acción política.
Esta cultura de la sumisión política ante los próceres se remonta a la época colonial, donde una élite de terratenientes y aristócratas detentaba el poder político y económico. El procerazgo se fortaleció durante el periodo postrevolucionario, con la consolidación de un sistema político de partido único y una élite dominante, lo que al día de hoy no ha cambiado sino solo de color.
Notas características del procerazgo son la acumulación de poder, tanto político como económico, controlando recursos y tomando decisiones unilaterales y de conveniencia particular pero que afectan a todos; también el clientelismo, donde los líderes políticos brindan beneficios y favores a cambio de apoyo electoral, perpetuando así su dominio; finalmente hay que agregar la opacidad, evadiendo los próceres la rendición de cuentas y el escrutinio público.
El procerazgo genera en la ciudadanía desencanto y apatía política pues la presencia dominante de los próceres puede desalentar la participación ciudadana, generando un sentimiento de desconfianza en las instituciones democráticas, además de obstaculizar la representación de grupos minoritarios y voces disidentes, perpetuando así la exclusión política de quienes son disonantes con el líder.
Esta situación representa un desafío significativo para la democracia mexicana, ya que socava los principios de igualdad, participación y representación. Para avanzar hacia una política más inclusiva y democrática, es imperativo confrontar y cuestionar el poder concentrado en las manos de los acólitos del procerazgo.
El papel de la sociedad civil y los medios de comunicación independientes son cruciales para que en este año en que nos acercamos al punto de inflexión más importante de nuestra historia reciente, la elección presidencial y de renovación del hoy sometido Poder Legislativo, se logre vencer el procerazgo que ejerce López con el fin de rescatar a México del desastre en el que se han empeñado los transformistas.
Ayer cientos de miles de ciudadanos salimos a marchar en diversas ciudades del país. Por supuesto que hoy, mientras esta columna circula, la guerra de cifras de uno y otro lado deberá estar en su punto más candente.
Seguramente Martí Batres, prócer de las matemáticas de los transformistas, ya salió a decir que a su parecer en el Zócalo de la Ciudad de México si acaso habría doscientas personas; quizá ya López algo dijo de que la marcha no importa porque son adversarios neoliberales.
Una marcha no es un ejercicio demoscópico, no es un problema estadístico, no es una cuestión de cifras; una marcha como la que se vivió ayer es una voz de miles de gargantas que se levantan en contra de una dictadura de un prócer que se siente, se cree y se asume como el único que puede tener razón.
Minimizar es un síntoma de que el procerazgo es ciego a la marcha del bosque de Birnam que avanza hacia el castillo. ¡Vaya que le costó a Macbeth entenderlo!
@jchessal