“Le pedí a 30 líderes empresariales del mundo que vinieran conmigo. Cada uno de ellos respondió que sí. No quise al segundo ni al tercero de cada empresa; quería únicamente a los mejores. Y hoy están aquí para mostrarte respeto a ti y a China. Están ansiosos por comerciar y hacer negocios. Y, de nuestra parte, será totalmente recíproco”.
Esas fueron las palabras del presidente Donald Trump dirigidas al mandatario chino Xi Jinping durante una reunión celebrada en Pekín.
A principios de siglo, la estrategia de las empresas tecnológicas estadounidenses parecía clara: producir en China era más barato y permitía obtener mayores márgenes de ganancia. Sin embargo, en ese proceso, muchos gigantes tecnológicos norteamericanos comenzaron a transferir progresivamente sus ventajas tecnológicas al país asiático. Mientras Estados Unidos utilizaba a China como plataforma de manufactura de bajo costo, China aprovechaba esa relación para fortalecer su propio desarrollo industrial y tecnológico.
Hoy, los resultados son evidentes. China ha logrado posicionarse como líder en múltiples sectores estratégicos, produciendo teléfonos inteligentes, vehículos eléctricos y una amplia gama de tecnologías avanzadas. El país asiático ha desarrollado capacidades industriales, tecnológicas y humanas con las que difícilmente cualquier otra nación puede competir en la actualidad. En este sentido, el Instituto Australiano de Política Estratégica (ASPI), en su análisis sobre tecnologías críticas, señala que China lidera 57 de las 64 tecnologías estratégicas evaluadas. Entre ellas se encuentran la inteligencia artificial (IA), la computación cuántica, las baterías eléctricas, la tecnología hipersónica y la fabricación de semiconductores.
Tras los acontecimientos actuales, todo parece indicar que la gran batalla de los próximos años será precisamente la IA. Además de herramientas como los chatbots o los generadores de imágenes, la inteligencia artificial representa una tecnología estratégica capaz de transformar industrias completas, desde la manufactura y la medicina hasta la defensa, la logística y la educación. Quien lidere su desarrollo no solo tendrá ventajas económicas, sino también influencia científica, militar y geopolítica. En este contexto, la competencia entre Estados Unidos y China ya no se centra únicamente en producir más barato o fabricar más dispositivos, sino en quién será capaz de desarrollar los algoritmos, la infraestructura computacional y el talento humano que definirán el futuro tecnológico del mundo.
Más allá del protocolo diplomático, las palabras de Donald Trump reflejan algo que hace apenas unas décadas parecía improbable: el reconocimiento de China como la gran potencia tecnológica, económica e industrial capaz de generar respeto incluso hasta para quien no hace mucho era la gran potencia mundial.
Dr. Jonathan Sánchez: es ingeniero mecánico egresado de la Facultad de Ingeniería de la UNAM y Doctor en ingeniería mecánica por la Universidad de Manchester en el Reino Unido. Profesor en el Tecnológico de Monterrey campus San Luis Potosí en la Escuela de Ingeniería y Ciencias