Siguiendo en la línea de reflexionar en torno a la reforma judicial que impulsan López y sus seguidores, una vez que ya abordamos (Pulso, 17/junio/2024) la mala idea que es la elección popular de juzgadores en el Poder Judicial de la Federación, hoy me referiré a otra vertiente de este despropósito presidencial.
El treinta y uno de diciembre de dos mil dieciocho, recién llegado López a la presidencia, publiqué una columna titulada “Tiempos de canallas”, de la que transcribo algunos extractos:
“Es el caso del señor López, que ha dejado ver su preferencia por la palabra “canalla”, que usa con singular alegría. Este término tiene como acepción, al decir del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, gente baja, ruin, persona despreciable y de malos procederes.
[…]
Decir que son tiempos de canallas, significa que hay muchos y que, de alguna manera, controlan lo que sucede en la sociedad; así, resulta ser que los partidarios de López, fundamentalmente Diputados y Senadores, además de su gabinete, tienen el control de lo que ocurre en México. Bástenos ver cómo, desde septiembre en el Congreso y hace apenas un mes en la Presidencia, han atacado frontalmente al único Poder que les puede significar una barrera a sus abusos y dislates; han golpeado al federalismo con una reforma a la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, para controlar a los Estados; han disminuido los derechos de miles de trabajadores de la federación, llegando, incluso, al despido inmisericorde y arbitrario, como el caso de cientos de personas del Servicio de Administración Tributaria (SAT), pese a tener derechos que la autoridad desprecia.
Sí, López tiene razón, son tiempos de canallas, de sus canallas.
La extraordinaria escritora española Julia Navarro tiene una novela llamada ‘Historia de un Canalla”, que al inicio, en boca de su personaje principal, dice “Soy un canalla y no me arrepiento de serlo. He mentido, engañado y manipulado a mi antojo sin que me importaran las consecuencias. He destruido sueños y reputaciones, he traicionado a los que me han sido leales, he provocado dolor a aquellos que quisieron ayudarme. He jugado con las esperanzas de quienes pensaron que podrían cambiar lo que soy. Sé lo que hice y siempre supe lo que debí hacer. Esta es la historia de un canalla. La mía…’. Sobran palabras.”
Algo de lo que poco se ha hablado con relación a la reforma judicial que busca la cuarta transformación es lo relativo al ataque a los derechos de cientos de personas que han hecho de su trabajo en el Poder Judicial su proyecto de vida, con base al diseño constitucional que viene desde mil novecientos diecisiete (y antes, aún), que hoy pretende sepultarse.
El artículo Primero Transitorio de la reforma señala que entrará en vigor al día siguiente de su publicación en el Diario Oficial de la Federación, lo que ocurrirá una vez que se haya completado el proceso legislativo en el que la sumisión de diputados, senadores y legislaturas locales es altamente previsible. Una vez ocurrido lo anterior y en un plazo no mayor a un año (artículo Segundo Transitorio) concluirán su encargo jueces magistrados y ministros.
Poco les importa a los rabiosos promotores reformistas el ataque en contra del Estado de Derecho que haya jueces y magistrados que, por sus méritos, hayan sido declarados inamovibles conforme la Constitución vigente; poco les importa que, a fin de pagar cuotas políticas derivadas de la elección, los juzgadores que lleguen como resultado de la elección pretenderán acomodar a sus equipos, poniendo como pieza de cambio los puestos de trabajo del personal del Poder Judicial de la federación. después de todo, ya lo intentaron con el tema de sus fideicomisos, a los que intentaron, sin suerte, hincarles el diente.
Poco les importa truncar proyectos de vida. Lo cierto es que, parafraseando una conocida expresión: “son pocos y los conocemos demasiado”. Son canallas y los canallas hacen canalladas.
@jchessal