Hay quienes creen mágicamente que el tema de la narcopolítica y su relación con las investigaciones norteamericanas se puede resolver como el tema del general Cienfuegos. Su detención fue inusitada (y aparentemente repentina). El primer gobierno de Trump, a petición del presidente López Obrador, decidió liberarlo y remitir su investigación al gobierno mexicano. No podemos saber qué clases de pruebas o ausencia de pruebas existieron en ese expediente. Todo se manejó bajo el sigilo de la investigación. Entonces, la relación entre Trump y López Obrador era muy buena. ¿Por qué no serlo, cuando el gobierno mexicano prácticamente actuó como una agencia subordinada en materia de migración?
Me temo que este es un caso distinto. En primer lugar, el discurso de Trump es mucho más imperialista en este gobierno que en el anterior. Prácticamente ha aducido que, por razones de seguridad nacional, el continente americano es de interés exclusivo de los Estados Unidos, y ninguna otra potencia puede pretender influir en dicho territorio sin pagar un costo en su relación política con los vecinos del norte.
En segundo lugar, el grado de deterioro institucional de entonces a ahora se ha acelerado de manera notoria. El Poder Judicial ha perdido toda percepción de independencia. Un activo fundamental en materia de fuerzas de seguridad, como es la Secretaría de Marina, hoy se encuentra gravísimamente devaluada frente a los escándalos del huachicol y las muertes sospechosas de algunos de sus mandos.
En tercer lugar, las agencias americanas de seguridad han publicitado la celebración de acuerdos de colaboración con testigos líderes de diversas organizaciones criminales y ahora, inclusive, con militares de carrera prestigiada que prefieren la protección de la ley bajo las instituciones norteamericanas antes que seguir cobijándose en un acuerdo de impunidad con la clase política mexicana.
Alguien le tiene que decir a la señora presidenta que los cúmulos de prueba que se van consolidando en EU son de una contundencia mayor con respecto a otros precedentes que en su momento fueron utilizados en contra de García Luna. Las pruebas no están faltando, tan es así que varios acusados prefieren colaborar antes que resistir.
Hoy sostengo que el deterioro institucional toca las puertas de Palacio y que observo un riesgo real de implosión en la clase política mexicana. Como siempre, la tragedia en estos casos es que paguen justos por pecadores. Muchos que dejaron la clandestinidad política para transformar las instituciones a través de la acción política hoy se encuentran arrinconados entre su conciencia y una disciplina autoritaria a la que combatieron por décadas.
Paradójicamente, veo a la presidenta Sheinbaum en este grupo. Su historia de luchadora social hoy se ve asediada por las exigencias de protección de corsarios y corruptos que nunca han vivido el servicio público como deber, sino tan sólo como oportunidad. Su autoridad moral es como una vela que se va apagando mientras se gasta o cuando le soplan. El discurso de las pruebas, en estas circunstancias, es como ácido que disuelve y corroe cuando se usa. Hay que tomar las precauciones del caso. Las pruebas existen y serán exhibidas cuando a Trump le convenga.
(Abogado)