Pura ausencia

En uno de esos tiempos muertos que resultan más vivos que cualquiera, dos hombres, sentados en las filas de un banco, esperando entre la multitud de cuentahabientes se ponían al día. Ambos debían de estar por llegar a la quinta década e infiero que llevaban tiempo sin verse. Quizá habían sido compañeros de la Universidad, o tal vez colegas de algún trabajo en común al cual abandonaron hace tiempo. Yo, sentada como ellos, viendo pasar el tiempo, escuchaba cómo ambos se ponían al día sobre conocidos en común y amigos lejanos. “-¿Y tu papá? ¿Cómo está?-“ “-Lo extraño-“. El hombre que preguntó se apenó muchísimo. “-Hombre, discúlpame, no sabía-“ “-No, no, no. Me expresé mal. Está vivo, pero muy enfermo-“. El hombre que respondió, un tipo de lentes y tez clara, habló casi tan apenado como el que había preguntado. Luego, le explicó que el padre, que acababa de rebasar los ochenta años, llevaba un par de años con la memoria extraviada. “-Comenzó con pequeños olvidos. Pensamos que tenía que ver con la muerte de mi mamá. No sabía dónde dejaba las llaves, si había cerrado la casa al salir, si había sacado a pasear al perro. Pero luego, comenzó a nortearse. Si iba a casa de mi hermana, hablaba por teléfono para saber si iba bien, o de plano no llegaba a las comidas familiares. Sus rumbos de pronto se le hicieron desconocidos. La señora que le ayudaba al aseo nos comenzó a llamar: no se cambiaba de ropa, dejaba la comida intacta. Hablé con él. Todo estaba relacionado con no tener a mi mamá, según decía. Eso quisimos creer mi hermana y yo. Pero no creas, si nos pusimos más atentos. Comenzó a tener pequeños choques manejando: descuidos como no calcularle al portón a la salida, esquinas donde no libraba dar la vuelta. Cosas así. Nos preocupamos. Pero ya sabes, el papá es el papá. Se enojaba si tocábamos el tema. Luego, vinieron otras cosas, pero para no hacerte el cuento largo, casi se carga a una señora cruzando Amado Nervo. Ahí si ya le dijimos que tenía que dejar de manejar. No lo tomó bien, claro. Mi hijo y un amigo nos hicieron favor algunos días en la tarde, para llevarlo a hacer sus cosas. Todo fue muy rápido. Un día la señora del aseo nos llamó para decirnos que insistía en irse al banco a trabajar. Ahí si ya, fuimos al neurólogo. La edad, había hecho lo suyo.-“ En ese punto, me recordé a mi abuelo en sus últimos meses de vida. Mi abuelo, el que montaba a caballo y floreaba la reata, el que nos hacía de desayunar lo que se nos pegara la gana después de una pijamada infantil en su casa, con mi hermana. El que sus últimos meses ya no pudo moverse. El hijo se dio cuenta de que lo veía. Creo que sintió mi empatía. “-¿Le suena la historia?-“ “-Si, discúlpeme. No pude evitar escucharlo-“ “-No se preocupe.-“ El interlocutor estaba también conmovido: “-Justamente recordaba a tu papá con su traje, impecable, caminando por Fundadores rumbo al banco-“ “-Si, ya sabes, tan ágil, tan apreciado. Físicamente está muy bien ¿eh? De hecho, en los últimos análisis, salió mejor que yo. Tiene un nivel de colesterol envidiable-“ Y soltó una risa irónica. Continuó: “-Ahora ya tiene compañía las 24 horas. Frecuentemente confunde día con noche, así que anda con el horario destanteado. Llama a mi mamá, se quiere ir a la oficina, nos busca a nosotros en la casa, confunde a los nietos conmigo. El otro día dijo que esa no era su casa, se les andaba saliendo. Lo peor es que está fuerte, camina girito-girirto. Ve muy bien todavía. Trata de leer pero se distrae, se le olvida. Tiene la televisión constantemente prendida. Quién sabe, como que el ruido lo calma. Es como si fuera el cuerpo de mi papá, pero hubiera un extraño adentro. O mas bien, como si no hubiera nadie, pura ausencia.-“ Se detuvo. Tragó saliva. El compañero de silla y yo teníamos los ojos llorosos. Por un momento nos invadió la ausencia de los que todavía están.