Desde la fosa de los pensamientos surgen ideas color selva y cielo, a falta de una realidad en “tecnicolor”.
Esas ideas se reproducen y llenan la pantalla de la imaginación con todos los tonos de verdes y azules del Amazonas y Los Apeninos.
Surge de las teclas bicolor que persiguen nuestro tiempo y nuestros movimientos oculares en una sola dirección y deja las cervicales selladas en un bloque compacto que solo la emergencia puede liberar.
Hay un patio naranja de barro que espera que nos desocupemos y podamos sentarnos a sentir el olor de una tarde de jazmines.
El escrito de hoy solo trata de las palabras y las sensaciones que éstas producen. No es una historia ni un párrafo de una novela que quisiera poder escribir. Tampoco es poesía, pero son las que me llevan quizá al jardín familiar, al patio de recreo, pero también al presente plus cuán perfecto que nunca logré conjugar correctamente quizá porque no existe más que en el pasado o porque -éste- nunca ha existido más que para repetir en letanías de memoria que se borraron mientras pasábamos el tiempo existiendo.
Regresando a la selva de las palabras y la lluvia de la temporada extemporánea que las salpica habrá que sacar el paraguas y las gabardinas que nos cubran para seguir paseando por ese cielo que todavía vemos aunque el color que parece lucir no es más que una ilusión de luz y ondas de mayor o menor intensidad reflejándose en nuestra esfera astral.
Lo siguiente, es la luna que está por llenarse y mostrarse bella para su baile sobre la tierra en un ciclo que parece se repetirá eternamente.