Que alguien haga algo

“Que alguien haga algo”. La frase aparece cuando falta el agua, cuando desaparece un árbol, cuando una obra amenaza al vecindario o cuando el dinero público termina convertido en propaganda. La pronunciamos con indignación, convencidos de haber cumplido una obligación cívica. Pero tiene una peculiaridad: ese “alguien” casi nunca somos nosotros.

Un meme plantea a Diógenes qué es peor, la ignorancia o la indiferencia. La respuesta imaginada es demoledora: “Ni lo sé ni me importa”. El chiste funciona porque describe una actitud reconocible: la disposición a permanecer ajenos mientras el problema parezca suficientemente lejos de nuestra puerta.

Hasta que llega.

La indiferencia ambiental tiene esa trampa. El árbol derribado estaba en otra colonia; el cerro intervenido quedaba lejos; el agua contaminada corría por otro rumbo. Después vienen el calor, la escasez o la inundación, y descubrimos que la naturaleza nunca respetó las fronteras con las que organizamos nuestro desinterés. Podemos cerrar la puerta de la casa; no podemos aislarla del territorio que la sostiene.

También resulta tentador esperar a un salvador. Al gobernante que ahora sí resolverá todo, al funcionario sensible, al empresario generoso, al abogado que interponga la demanda o al activista que ponga el cuerpo. Depositamos en un tercero la tarea de corregir aquello que nos afecta y, si fracasa, todavía nos reservamos el derecho de reprocharle que no hizo suficiente.

Esa espera puede convertirse en una forma de renuncia. Cuando acostumbramos al poder a recibir aplausos por cumplir sus obligaciones, terminamos confundiendo los servicios públicos con favores y los derechos con concesiones personales. Entonces el gobernante aparece como benefactor y la ciudadanía queda reducida a una fila de solicitantes agradecidos.

Conviene decirlo con claridad: las autoridades tienen responsabilidades que ninguna apatía ciudadana cancela. Un gobierno debe cumplir incluso frente a una sociedad desorganizada. La corrupción pertenece a quien la practica; el abuso, a quien lo comete. Exigir participación no debe servir para trasladar esas culpas a quienes padecen sus consecuencias.

Precisamente por eso necesitamos vigilancia ciudadana: para que el incumplimiento tenga preguntas, documentos y resistencia enfrente.

Tampoco toda ausencia significa indiferencia. Hay personas que trabajan jornadas agotadoras, cuidan familiares o temen perder el empleo. Hay comunidades para las que denunciar implica exponerse a amenazas. Sería profundamente injusto exigirles heroísmo desde la comodidad de un escritorio. La participación necesita condiciones, protección y acompañamiento.

Pero quienes contamos con tiempo, herramientas o cierta posibilidad de hacernos escuchar tenemos una responsabilidad difícil de eludir. ¿Qué hacemos con esas ventajas? ¿Las ponemos al servicio de algo compartido o solamente las utilizamos para proteger nuestra pequeña comodidad?

En la defensa ambiental resulta especialmente contradictorio celebrar a quienes defienden un parque y dejarlos solos cuando necesitan reunir información, sostener una denuncia o explicar por qué importa conservarlo. Queremos disfrutar del resultado, aunque preferimos que otro absorba el desgaste. Así, una causa que beneficia a muchos acaba sostenida por la paciencia de unos cuantos.

Participar puede empezar de manera modesta: leer antes de compartir, preguntar por una autorización, documentar un daño sin ponerse en riesgo, acudir a una reunión vecinal, acompañar a quien denuncia. También supone escuchar razones, corregir errores y mantener el interés cuando desaparece la novedad. La indignación sirve de impulso; hace falta constancia para convertirla en resultados.

Las redes pueden ayudar a convocar, informar y romper silencios. Sin embargo, un enojo que termina al deslizar la pantalla deja intacto aquello que lo provocó. El siguiente escándalo sustituye al anterior y quienes debían responder aprenden a esperar a que nos distraigamos.

San Luis Potosí necesita ciudadanos capaces de preguntar qué se autoriza, cuánto cuesta, a quién beneficia y qué destruye. Personas dispuestas a reconocer una decisión acertada y a cuestionar una equivocada, aunque ambas provengan del mismo gobierno. Esa independencia exige más carácter que la adhesión incondicional a un color.

Al gobernante que presume escuchar al pueblo le conviene un pueblo de pocas palabras: “gracias”, “sí” y “lo que usted diga”. El problema empieza cuando aprende otras: “muestre el contrato”, “publique el permiso” y “explique el gasto”. Qué ingrata puede resultar la ciudadanía cuando confunde la invitación a aplaudir con el derecho a preguntar.

Delírium trémens.— En Cambio de Ruta agradecemos a los amigos, ciudadanos, profesionistas y servidores públicos que, sin buscar reflectores ni recompensa, nos comparten información y documentos para construir una verdadera agenda verde y mejorar la calidad de vida de los potosinos. Esa generosidad convierte la preocupación en acción. En La Pachamama y el humano, Zaffaroni recupera de Aldo Leopold una convicción que compartimos: nuestra relación con el suelo, las plantas y los animales entraña una responsabilidad ética; su derecho a seguir existiendo merece respeto. A quienes contribuyen a esa defensa, gracias. El verde se acredita cuidando la vida; para pintarse de ese color basta una imprenta.

@luisglozano