En un momento donde pareciera que estamos al borde de un cambio a todas luces trascendental en el país y en el que queda trabajar por la tolerancia y apostar por la cordura, hay desde lejos, señales de esperanza.
Debo apuntar que creo firmemente que la preparación académica y la experiencia profesional deben ser los puntos decisivos que determinen si una persona es capaz o no para realizar cualquier trabajo. Sostengo también que hay circunstancias casi imposibles de controlar que inclinan la balanza únicamente por haber tenido la suerte –buena o mala-de nacer en tal lugar, siendo de tal sexo o perteneciendo a tal grupo social.
Se, por tanto, que escribo desde un espacio de privilegio. Nací y me formé en una familia de clase media. Me eduqué los primeros años en colegios particulares, viví en el extranjero, hablo dos idiomas, tengo un alto grado de estudios. Soy, en resumen, parte de una minoría; sobre todo tomando en consideración que soy mujer, condición que al igual que otras circunstancias, no formaron parte de las decisiones que he tomado, que, correctas o no, han sido mi completa responsabilidad.
Al igual que usted, lectora, lector querido, no elegí nacer mujer, ni escogí a mi familia, ni opté (al menos durante los primeros años) por el tipo de educación iba a recibir. De lo que sí soy responsable, y eso gracias a una buena educación familiar y escolar, es de haber aprovechado al máximo esos espacios de privilegio. No hubiera, por ejemplo, logrado estudiar fuera del país si no hubiera sido una buena estudiante, cosa que me permitió acceder a becas.
Ahora bien, el hecho de haber vivido en esos espacios, que soy plenamente consciente que disfruta únicamente una minoría, me posiciona en un área de mayor responsabilidad. Así lo he decidido. Debe haber entonces un trabajo que busque poner a la par a todos aquellos que, también por circunstancias ajenas e incontrolables, no pudieron acceder a lugares que propician la mejora en las condiciones de vida.
Aun así, a pesar de las ventajas que una mujer como yo tiene frente a, digamos, una mujer indígena de la zona huasteca, cuya primaria estaba a kilómetros de su propia comunidad; resulta un tanto cuanto riesgoso achacar de manera automática, características ligadas con la bondad o maldad como requisito sine qua non de pertenencia a un grupo.
Pongamos un ejemplo: digamos que, si presenciamos al hijo de una adinerada familia que se la pasa en juergas acompañado de guaruras, destrozado en borracheras los carrazos de lujo que le regaló su papá y además tratando prepotentemente al resto del mundo; estaremos frente a la gran tentación de generalizar la imagen del júnior –bueno para nada-administrador de herencias- que muy posiblemente pierda el dinero forjado durante tres generaciones en tres días. Sin embargo, al fortalecer esta imagen y consecuentemente al estereotipo de rico inútil, dejaremos fuera a los muchos casos en que los herederos que sí administran empresas y no herencias, y que no solo conservan, sino que incrementan sus fortunas. Vaya, que las generalizaciones me parecen peligrosas en cualquiera de sus connotaciones.
Creo, sí, que hay temas que necesitan ser visibilizados para que puedan crearse condiciones de equidad y oportunidades parejas porque hay realidades que sobrepasan a cualquier estereotipo.
Es entonces que hay movimientos que se muestran no únicamente como el resultado de un proceso valorativo, sino como una señal que hace a la vez de mensaje.
Así, el hecho de que el nuevo presidente español, Pedro Sánchez, haya nombrado a once mujeres en un gabinete de 18 integrantes, es, en definitiva, un mensaje para el mundo. Uno esperanzador. El movimiento ha causado asombro, pero hay que ver por qué, ¿por qué es la primera vez que existe una mayoría femenina en los altos mandos de un país, o porque se trata de mujeres preparadas para gobernar? Me atrevo a decir que son ambas cosas. No solamente se trata de mujeres con experiencia académica y laboral adecuada, sino que parecen estar señalando que después de tantos años, se comienzan a ocupar espacios no porque se quiera únicamente cubrir una cuota, sino porque hay mujeres preparadas y capaces para desempeñar los cargos.
Ya me he manifestado públicamente en contra de los espacios notorios, incluso estratégicos que en ciertos momentos fueron ocupados por mujeres con menos preparación de la mínima indispensable pero que, por cuestiones de popularidad, fama o teniendo como única gracia ser pariente de alguien, han accedido, digamos, a una candidatura y posteriormente a una curul. Es el caso de atletas y actrices cuyos espacios legislativos se deben a haber salido en una novela, dos películas o haber ganado una medalla.
No se malentienda, creo que esas mujeres merecen todo el respeto y el reconocimiento. De entrada, son mucho más capaces que yo en sus respectivas disciplinas, lo cual genera toda mi admiración. Sin embargo, ha quedado evidenciado que poco o nada saben del puesto para el cual fueron electas. En otras palabras, no es sinónimo ser mujer y ser competente en cualquier cosa. Al contrario, flacos favores han hecho dando más argumentos a quienes se muestran, sin razón, en contra de los espacios ocupados por mujeres y bien que han ayudado a abollar el trabajo de muchas mujeres que llevan décadas buscando prepararse y lograr ser respetadas por sí mismas.
Sin embargo, estoy también en contra de que se ponga a hombres incompetentes e incluso impresentables en cualquier puesto público –sobran ejemplos- y justificar sus nombramientos bajo argumentos –flacos también- del estilo de “Es que no hay mujeres preparadas en la materia” que evidencia una profunda ignorancia, porque ya hay mujeres en todos los ramos del conocimiento, “es que las mujeres le sacan a este trabajo” que perpetúa una imagen de debilidad que no nos corresponde, “es que es más fácil trabajar con hombres” que evidencia que el problema lo tienen ellos, no nosotras; o bien invocando condiciones personales: “es que es casada”, “es que tiene hijos”, “es que es pasional”, “es que es lesbiana.” Todos ellos, inadmisibles en un ámbito laboral.
Hemos llegado quizá tarde, pero ya estamos en el día y en el lugar donde hay mujeres preparadas en un mundo que aún, y especial mente en ciertos espacios, sigue siendo mayoritariamente masculino; pero donde señales como la española hacen un llamado positivo para visualizar esa capacidad que a veces no se encuentra porque no se quiere buscar.
Como espero que haya quedado claro, no creo como dogma de fe que un gabinete mayoritariamente femenino sea la fórmula infalible de eficiencia y honestidad; como tampoco han demostrado ser los gabinetes netamente masculinos; pero ciertamente espero que esas 11 mujeres se porten a la altura de todas aquellas que han dejado la vida en abrirles un espacio en el primer lugar de un gabinete presidencial.
La evidencia muestra que en México el tema está lejos de llegar a mostrarse como un logro de la paridad, pero es a través de los espacios reflexivos que generan estas señales de donde surgen acciones que replican decisiones. Hay muchas mexicanas preparadas, capaces, íntegras formadas esperando un lugar para hacer algo por su país. Esperemos alguien las note.