Que debatan entre ellos

José Antonio Meade y Ricardo Anaya están como los predicadores del chiste aquél en el que van tocando puertas para pedir que los dejen platicar sobre la “buena nueva” y no falta quién les responda: “pues platiquen entre ustedes”. Algo así, ha contestado López Obrador a los candidatos del PRI y del PAN que piden debatir en el período de inter-campañas para ver si algo despegan en las tendencias electorales, arrancando la sonrisa del respetable que aprecia claramente cuan desesperados andan. No podía ser otra la respuesta de AMLO si nos atenemos a que “va en caballo de hacienda”, administrando la cómoda ventaja que lleva en las distintas encuestas y sondeos; por otra parte, tiene lógica su planteamiento: ¿por qué no debaten los que se pelean el segundo lugar? Ya que andan “como chivos en cristalería”, bien harían en mostrar “de qué cuero salen más correas”… entre ellos, los dizque “muy preparados” hasta en el extranjero.

¿Pero, de qué podrían debatir dos sujetos que obedecen a los mismos intereses económico-políticos? ¿Quejarse de que uno le llamó al otro “mandilón”, como Labastida con Fox en el 2000? Tal vez, lo más que se pudiera esperar de un round entre Meade y Anaya sería el cúmulo de trapos sucios que saldrían de uno y otro lado: que si la estafa maestra, que si la compra de naves industriales, que si el uso faccioso de las instituciones, que si el gasolinazo, etcétera. De todos modos, no sería cosa menor para ver quien tiene mejor habilidad para mentir, “incluso con la verdad”, para desplegar el más amplio cinismo o, de perdis, la mayor capacidad de hacerse la víctima. En todo caso, un debate entre “segundones” se antoja interesante para vislumbrar lo que puede seguir después, cuando llegue el momento de confrontar propuestas en los encuentros que organice el INE y donde AMLO ha precisado, por lo demás, que sí acudirá.

Más todavía, AMLO ha exhortado a los candidatos del PRI y del PAN para que, aprovechando el viaje, comparezcan ante un ministerio público para declarar todo lo que les corresponda con motivo de los actos de corrupción en los que se han visto involucrados. Por supuesto que Meade y Anaya se hacen guajes con respecto a los señalamientos de su pasado reciente y, atribulados, insisten en desprestigiar a López Obrador con el rollo cansino del “riesgo” (ya no tanto del “peligro” porque, de plano, eso ya mueve a burla y chacota) que implicaría para la estabilidad del país un eventual gobierno dizque “populista”, “socialista”, “izquierdista”, “chavista” y quién sabe cuantas más etiquetas que se plantean como desesperadas ocurrencias. En suma, si los candidatos Meade y Anaya consideran que debatiendo con López Obrador pueden restarle puntos, tendrían que asumir, entonces, que andan “perdidos en el espacio”, no sólo porque AMLO puede darles una buena repasada en dicho ejercicio, sino porque, además, queda de manifiesto que su interlocución con la sociedad mexicana es, por lo menos hasta ahora, intrascendente.

En efecto, los esfuerzos de Meade y Anaya para bajar a AMLO de las preferencias electorales han sido inocuos. Las encuestas registran que, incluso, la ventaja del candidato de la coalición “Juntos Haremos Historia” se ha incrementado y parece difícil que puedan alcanzarlo. Y como no se ve de qué manera puedan convencer al grueso de la sociedad mexicana de que son la “mejor opción”, todo apunta a que hay una urgencia por iniciar las campañas para desplegar todo el juego sucio de que son capaces los personeros del régimen gobernante, para ver si en una de esas algo les resulta en su favor. Sin embargo, también allí se ve difícil que puedan lograr un “campanazo”, sobre todo porque la gente ya está “curada de espanto” y sabe que las cosas hay que tomarlas de quien vienen. De cualquier manera, siempre será deseable que, a la hora de debatir, destaquen las propuestas para que los electores juzguen con más y mejores elementos las posibilidades de dar su voto a quien consideren conveniente.

Finalmente, ya que los candidatos de PRI y PAN que aspiran a ganar el segundo lugar andan urgidos por debatir, resulta curioso que, por ejemplo, el señor Meade insista en que “no se puede discutir el Estado de Derecho” que prevalece en nuestro país, a propósito del señalamiento de AMLO de que se revisarían los contratos petroleros y otras licitaciones, concesiones y demás negocios que el gobierno de Peña Nieto se ha propuesto acelerar, como ocurre cada fin de sexenio, para cumplir con el famoso “año de Hidalgo” (aquél que dicta: “que chifle su máuser el que deje algo”). ¿De qué se trata, pues? ¿Que se haga la voluntad de debatir… pero en los bueyes del compadre? Si así son las cosas, entonces habría que advertir que quien trae otro tigre suelto es el actual gobierno, pero con cada vez más “rayas” que le ponen, un día sí y otro también, pero que se niegan a reconocer… y a debatir, por supuesto.