A mi lado un caballero muy respetable de traje y corbata, se toma su selfie “reglamentaria”.
De reojo me asomo y veo el reflejo de su rostro en la pantalla de su celular y me digo que todos tenemos una vocecita que nos anima a retratarnos. Bajo esta premisa subyace la gracia de un auto aprecio; la propia consideración de que somos atractivos, amén de raza, color de piel, nacionalidad, estatura, facciones finas o toscas y otros criterios de apariencia.
Son casos raros aquellos que escapan de la tentación de mirarse replicados ´ad infinitum´ en las pantallas de nuestros contactos y de los contactos de sus contactos y a su vez de sus contacto, en una redundancia casi perpetua.
Prietos o pálidos, pecosos o de piel pigmentada por algún síndrome epidérmico, la mayoría de los propietarios de un teléfono inteligente, enfoca su lente y presiona click, enviando y compartiendo con su red de camaradas de la telaraña virtual. Revisan -o revisamos-, editan y mejoran antes de compartir la evidencia que testifica nuestra presencia o nuestra belleza, ya sea ésta exótica, étnica, sofisticada o sencillamente la de un influencer en la cotidianidad.
A mí siempre me han atraído estos fenómenos humanos. Me intriga de dónde surge la necesidad de retratarnos para publicarnos. Supongo desde mis adentros que es una necesidad de ser apreciados, de recibir elogios ya sea levantando polémica por nuestro atuendo o bien porque reflejamos con nuestra imagen nuestros estados de ánimo, nuestros éxitos, nuestro alto o bajo poder adquisitivo, nuestra originalidad para divertirnos, nuestras elecciones para comer y beber, poniendo en pantalla la foto de nuestros molletes o de lugares tan exóticos como equis.
Circulan en la red, artículos que hablan de la “psicología del autorretrato”. En ellos se habla de la transformación de la sociedad a la llegada de las nuevas tecnologías que permiten en un instante o en tiempo real, una conectividad antes no experimentada.
Hay quienes afirman que los selfies reflejan mucho de la pesonlaidad, pero descartan que pueda estar ligado a trastornos de índole psicológica, asociándolos más bien de manera indirecta, a otras perturbaciones como son: la baja autoestima, el trastorno dismórfico corporal - disgusto con el propio cuerpo- y con el narcicismo.
El que sufre baja autoestima está siempre buscando aprobación y el selfie le permite mirarse contantemente al espejo con el componente adicional en el que las redes hacen posible una rápida exposición y la aprobación de su imagen.
El que sufre de trastorno dismpórfico se toma un cúmulo de fotografías repitiéndolas porque cree no “verse” bien en ninguna, Se obsesiona en la perfección y siempre se sentirá inconforme con su apariencia. De ahí que sufra de selfitis hasta lograr una imagen excelente, e irreal.
La moda del autorretrato surge con toda esta inmediatez en la redes y con la posibilidad de “estar pendiente” de la vida de los demás. Otro factor que ha impulsado a la gente a tomarse tanta foto es, el cambio en los valores sociales que actualmente premian o valoran más, elementos estéticos y del espectáculo. Lo anterior ha determinado y transformado la manera de relacionarnos., llevándonos a la necesidad de proyectar “una buena imagen” de nosotros mismos.
Los expertos en estudios sobre la personalidad creen que un uso irresponsable puede colocarnos en la antesala de los problemas de obsesión y de comunicación más elementales. Ya que la verdadera comunicación se logra apreciando y experimentado el mundo exterior y el entorno, mirando a los ojos a nuestros acompañantes e interlocutores y no a través de la lente del celular que intenta artificialmente, captar el instante de nuestras vidas, para una apreciación posterior.
Es un hecho según los conocedores, que no existe la selfitis como una categoría en los trastornos de personalidad pues no hay prueba científica que lo respalde. Pero es un hecho que en los niños y jóvenes, la selfies y su intercambio en redes, se constituye como un factor que conforma la personalidad del individuo.
Si bien no hay que dramatizar es importante identificarlo simplemente como un fenómeno más en las actuales tribus humanas. Alcanzan para acariciar el ego, como paliativo de la soledad y la poca autoestima que muchos experimentan, así como para aumentar de manera artificiosa nuestros círculo de amistades y por qué no, de admiradores y seguidores que llenen de comentarios que inician generalmente con un ¡qué guapo! ¿En dónde andas?”.