En este país tenemos vastísima experiencia en administrar las derrotas. Tenemos también una tendencia casi ineluctable por confundir derrota con fracaso, cuando en realidad son dos cosas muy distintas. En las derrotas no se alcanzan los objetivos específicos que se buscaban, se pierde la contienda quedándonos a mitad de camino. El fracaso, en cambio, es claudicar de forma definitiva, tirar la toalla, bajar la cortina del changarro, tomar una posición fetal, llorar hasta secarse y no volver a salir de casa. Es cierto, ambas son vecinas del mismo barrio, pero cada quien habita en casa distinta. Por eso los mexicanos somos expertos en derrotas, pero nadie puede acusarnos de ser unos fracasados.
Ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez que vi sonreír al unísono al país; tampoco recuerdo cuándo nos vi tener una esperanza sólida, hasta ayer que jugó la selección mexicana. El Tri nos hizo sonreír y nos hizo esperanzarnos. Ninguna de las dos cosas debe ser recriminada hoy porque los ingleses nos derrotaron.
Hace mucho, mucho tiempo que no veíamos un equipo de nivel, sólido, disciplinado, combativo. Ya se había vuelto costumbre encontrar a una selección que perdía la cabeza cuando el viento soplaba en contra: mentadas de madre contra el jugador contrario, bravuconadas al árbitro que no silbaba al son que queríamos, arranques que acababan en tarjeta roja. En esto juegos, especialmente en el de ayer, eso se dejó de lado. Ayer los seleccionados actuaron apegándose a un libreto que parecía ensayado hasta el cansancio, se notaba el rigor, el método. No se calentó innecesariamente la sangre.
En esta selección se pudo encontrar de todo, como en botica. Los pilares de la resiliencia: Memo Ochoa, el guardián eterno, insignia simbólica de resistencia en los embates, contención psicológica, líder en los vestuarios. El “Cachorro” Montes, ordenado y con cabeza fría como ancla defensiva; Edson Álvarez, motor de medio campo que no se achicaba. Pero también estaban los jóvenes, Mateo Chávez, que tiene 22 años, Obed Vargas, con 20 y Gilberto Mora, que ni el INE ha podido sacar porque todavía tiene 17. Todos con el ímpetu de saberse portadores de la nueva antorcha. Y en medio, una gama que nos recuerda aquello que dijo Chavela Vargas: los mexicanos nacemos donde nos pega la chingada gana; como Julián Quiñones, que vio la primera luz en Colombia, Brian Gutiérrez que nació en el gabacho o Álvaro Fidalgo, que nació al otro lado del charco, en España, para ser precisos. También jugó aquél al que en cierto momento le dijeron que no podría volver a jugar porque se fracturó el cráneo, Raúl Jiménez. Y todos ellos, marcharon al unísono, corrieron hasta que no les quedara ni una gota de sudor, anotaron sin temor.
Es cierto, perdimos. Ahí está el marcador, inapelable. Y es que el fútbol es así: trágicamente binario: o se gana o se pierde; pero hoy vale la pena enfocarnos en los matices. Los ingleses no ganaron por arte de magia, ganaron porque llevan arrastrando décadas de frustraciones, de penaltis fallidos, de reconstrucciones dolorosas. Ganaron la copa en 1966, en Rusia 2018 quedaron en cuarto lugar, pero en Estados Unidos 1994 no clasificaron, han quedado en treceavo lugar en Sudáfrica 2010. En su trayectoria también ha habido altibajos.
A varios de nosotros desde hace el mucho el Tri no nos merecía ni dos palabras de conversación. Hoy es distinto. Hoy sentimos la curiosidad de ver qué va a pasar después, con Rafa Máquez al frente, con los chavitos ya más maduros dentro de cuatro años, con las leyendas asumiendo un nuevo papel, quizá como parte del cuerpo técnico.
Debo confesar que ayer al acabar el partido tuve ganas de llorar. Sospecho que más que por la derrota del Tri, por todos aquellos proyectos donde por más preparación y técnica que se haya invertido, naufragan. Sin embargo, no me sentí defraudada. El balón da muchas vueltas. En la cancha y en la vida. Que siga rodando.