Ha sido un año de enorme trascendencia para América Latina, independientemente de la postura política de cada cual. Eventos significativos han estado sucediendo con una frecuencia inusual, desde la intervención estadounidense en Venezuela del 3 de enero —que resultó en la captura de Nicolás Maduro— luego la muerte de «El Mencho» en febrero, hasta la persistente ola de victorias conservadoras en toda la región —que recientemente incluyó la elección de Laura Fernández Delgado, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia. Cabe pocas dudas de que un factor clave en estos acontecimientos reside en la postura internacional y la influencia regional de la administración Trump en Estados Unidos, sin embargo, existe otro elemento determinante que ha impulsado esta transición regional, uno que tiene sus raíces en el país más pequeño de América Latina: El Salvador.
El Salvador ha tenido, tristemente, un pasado convulso que se remonta a tiempos inmemoriales: desde la guerra civil de la década de 1980 —un episodio aterrador no solo por la violencia, sino también por la migración forzada de una gran cantidad de ciudadanos, lo que supuso la pérdida de un capital humano invaluable para el país— hasta el auge descontrolado de pandillas que llegaron a dominar el territorio, pasando por todo tipo de situaciones intermedias. Este ciclo, como bien se ha documentado, se ha roto gracias a las políticas transformadoras del actual presidente, Nayib Bukele, centradas específicamente en el encarcelamiento masivo de hombres jóvenes. Resulta interesante observar que, aunque El Salvador vive bajo un régimen de excepción ininterrumpido desde el 27 de marzo de 2022 —implementado por Bukele tras un fin de semana en el que se registraron 87 homicidios vinculados a pandillas—, casi nadie en el país cuestiona la restricción de sus libertades; ya que, para los salvadoreños, el simple hecho de poder caminar hasta la tienda de la esquina para comprar un helado sin sentir miedo representa, en sí mismo, una ampliación de sus libertades, independientemente de cuántos soldados patrullan las calles o cuántos sobrinos de familia hayan sido detenidos. Actualmente, El Salvador registra las tasas de encarcelamiento más altas del mundo y, si bien existen críticas internacionales por violaciones de derechos humanos y juicios masivos, la realidad es que la población se muestra profundamente agradecida: Nayib Bukele mantiene un índice de aprobación interna excepcionalmente alto, oscilando entre el 87 % y el 94 % a mediados de 2026. Es precisamente esta política, de un éxito asombroso, la que ha captado la atención de políticos y electores de toda la región.
Sin embargo, en vísperas del próximo ciclo electoral de El Salvador a inicios del 2027, esto también ha planteado una cuestión existencial interesante: ¿qué se hace cuando una proporción significativa de la población masculina está en prisión, probablemente para no salir jamás? ¿Qué efecto tiene esto en la población y cómo puede mitigarse?
Es una cuestión que ha sido abordada en particular por Orlando Delcid, candidato presidencial de la Fraternidad Patriota Salvadoreña (FPS), quien destaca que, si bien el trauma personal y nacional se gesta en un instante, su sanación requiere un tiempo ilimitado; asimismo, ha señalado la necesidad de definir y buscar un horizonte más allá de la violencia. «Pensemos en los niños, pensemos en los jóvenes», afirma Delcid. «Actualmente, en El Salvador estamos viendo graves problemas de depresión en estos sectores, pues la gente se pregunta qué les depara el futuro. Se necesita esperanza y oportunidades económicas». Delcid —un católico ferviente cuya familia huyó del país durante la guerra civil y regresó años más tarde para «ponerse al servicio» de su tierra natal— aboga por combinar la construcción de comunidad en torno a la fe y el servicio colectivo con las posibilidades de desarrollo del libre comercio, así como por abrir las puertas del país a la «amplia y talentosa diáspora» de salvadoreños en el extranjero, muchos de los cuales atraviesan situaciones complejas debido a las redadas de migrantes en Estados Unidos.
Es una postura política interesante, ya que plantea «una candidatura no opuesta» a la presidencia de Bukele, sino surgida de la «generación perdida» de hombres y de lo que debe suceder a continuación. «Debemos usar la fe para superar el miedo», afirma Delcid. «La esencia de la iglesia radica en lo humano, en servir a los demás; ahí es donde realmente está la clave». Con las próximas elecciones presidenciales en El Salvador, previstas para febrero de 2026, las miradas de América Latina volverán a centrarse en este país pequeño pero de enorme trascendencia. La seguridad, por supuesto, sigue siendo un tema central allí —al igual que en toda América Latina—, pero en estos comicios surge también una nueva interrogante: ¿qué vendrá después?