¿Quién escribirá?

“El diccionario de la guerra lo han hecho los diplomáticos, los militares y los gobernantes. Deberían corregirlo los que regresan de las trincheras, las viudas, los huérfanos, los médicos y los poetas”.

Esta frase de Arthur Schnitzler deberá ser, sin duda, la máxima a seguir cuando la tormenta amaine y la epidemia de SARS COV-2 deje de azotar a la humanidad y, particularmente, a nuestro país. Los anales, la memoria de la pandemia deberán escribirla las viudas, los huérfanos, los médicos, los ciudadanos, que han estado bajo el confuso manto demagógico de las autoridades, que de manera confusa, errática, impropia y, en ocasiones, hasta con tufo delictivo, han desinformado y mal informado a la ciudadanía.

Algo tan simple, tan sencillo para la prevención de enfermedades que se contagian por vías aéreas, como es el caso del cubre bocas es hoy, a casi seis meses de distancia, tema aun no resuelto por el gobierno, sobre todo el federal, donde hay división de opiniones: López y el otro López (López el muy menor, timonel del fracaso) defienden su ineficiencia contra todo y contra todos, incluyendo a la Razón y a la Lógica en entre sus opositores. ¿Si al enemigo se le pone una barrera (dos, en la interacción con otra persona que también use cubre bocas) que limita su carga viral y, por tanto, los daños que posiblemente pudiera causar, es correcto no recomendar su uso?

Datos, números, a toda hora pero, ¿ciertos, veraces? Una curva estadística “domada” con vida propia, que se negaba (¿niega?) a ceder bajo el peso de la retórica de cuarta, nunca mejor dicho.

Denostaciones, culpas de un lado a otro, pero ningún responsable, encubierto o encubiertos por el silencio de un gabinete, de un Poder Legislativo, de gobernadores, de presidentes municipales obsequiosos… o temerosos. Algunas excepciones hay  y, por ellos, algunos sobrevivirán, pero pocos serán.

¿Cuántos han caído en la lucha por la salud comunitaria, además de los enfermos que han debido dejar la vida en aras de los errores de las autoridades? ¿Cuántos médicos, enfermeras, personal administrativo, de limpieza hospitalaria, de seguridad y, en general, de todos aquellos a los que su centro de trabajo se convirtió en trinchera?

¿Cuántos establecimientos comerciales, de servicios, negocios, empresas, cuántos, es necesario que cierren sus puertas y despidan a sus empleados para reconocer la gravedad de una crisis económica que golpea el bolsillo de los vivos, mientras despiden a sus muertos?

Bertolt Brecht, en su poema “Preguntas de un obrero que lee”, nos dice: “¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas? / En los libros aparecen los nombres de los reyes./ ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra? / Y Babilonia, destruida tantas veces, / ¿quién la volvió siempre a construir?”

¿De quién son los muertos, las ausencias, los sollozos, las lágrimas? En esta guerra ¿quién pone las bajas?

¿Quién escribirá el listado de los que nos adelantan? ¿Quién rememorará cada fecha, cada día, cada minuto en que alguno partió? Si por cuarenta y tres que faltan se elevan voces, ¿quiénes las alzarán por más de cincuenta mil que tampoco están, por el COVID-19 y los incontables más que se han ido por hacer su trabajo, ligado con la atención a los enfermos?

¿Quién escribirá sobre los “otros”, los caídos por padecer otros males, otras enfermedades que, ante la emergencia, dejaron de recibir atención? ¿Quién hará el padrón y pasará lista de presente a todos? ¿Quién escribirá sobre los empleos eliminados, las familias desalojadas, las empresas quebradas?

¿Quién escribirá sobre los sueños perdidos, las esperanzas truncadas, los anhelos extraviados? ¿Quién escribirá su epitafio?

Hoy habita en un palacio la soberbia, donde cada mañana, cada tarde, lanza palabras al viento para justificar lo injustificable. ¿Será ella quién lo haga, quién escriba?

No. La soberbia es iletrada, es analfabeta.

Escribiremos quienes quedamos, mientras quedemos.

@jchessal