¿Quiénes somos?

Después de los consabidos abrazos y buenos deseos propios de este año, mi exalumna, a la que llamaremos Damiana, me soltó así nomás: - “¿Qué cree, maestra? Ya leí La Cabaña del Tio Tom”- Así a botepronto me dio gusto, porque siempre me cae bien que la gente lea, pero en realidad no entendí como para qué me decía. Mi cara, que últimamente no guarda nada, debe de haber reflejado el “¡Qué bueno! ¿y?” que pensé, porque ella rápidamente dijo: -“Es que no sé si se acuerde” -obviamente yo no me acordaba- “que en clase yo decía que había libros que ya quedaban fuera de época y que eran ofensivos, discriminatorios y que por lo mismo ya no había que leerlos. Usted montó en cólera y nos echó un rollo sobre el conocimiento de la historia para entender los procesos culturales y jurídicos y de cómo la literatura y las películas son producto de esos procesos y que por lo mismo y por muy censurables que nos parezcan los contenidos vistos al día de hoy, deberíamos conocerlos. O algo así.”- Por supuesto yo no me acordaba ni tantito de eso, pero me sonó como algo que efectivamente yo diría, así que puse cara de “si, claro, lo recuerdo.”  

Entonces Damiana me contó sobre cierto desagradable episodio que vivió en un trámite legal que ayudó a realizar con una persona afromexicana donde su cliente, que ya tiene cierta edad, le contó cómo el color de su piel le había causado a lo largo de la vida, una serie de comentarios que, a momentos eran simpáticos pero que por otros, le hacían sentir como Tom, pero sin cabaña. Damiana sonrió, pero no entendió la referencia y lo conectó con el comentario que hice años atrás. Entonces decidió comprar el libro y ver qué tal. –“¿Y qué tal?”- le pregunté. Ella estaba sorprendida no tanto por el libro, sino por lo que entendió sobre su cliente, la percepción que tenía de sí mismo, de su trato con la sociedad en general, de cómo para él era importante no nada más la defensa de sus derechos, sino la comprensión integral, cultural como miembro de un gremio.  Me explicó que, al hablar de nuevo con su cliente, él le explicó como a veces se sentía una especie de invitado en su propia fiesta: personas de buena voluntad, eso sí, hablando mucho de derechos, de espacios que se deben y espacios que ya se han ganado y demás, todo muy bonito, pero sin que se nombre a los interesados y que a veces, ni les preguntan porque piensan que les van a ofender. Y es que eso es el tema, que en ocasiones los grandes asuntos se tratan incompletos porque en el lenguaje políticamente correcto puede genera una especie de política sobreentendida, donde el tema está, pero no está.  

Recordé que hace poco había leído, ya ni se dónde, un artículo que decía algo similar con películas que abordaban el tema de ciertos personajes, en este caso judíos, como las biopics de Golda Meir, Oppenheimer e incluso Neil Dimond, y se hacía una crítica en el sentido de tratar “temas judíos”, con personas judías, sin que se mencione que son judíos. El asunto podría quizá trasladarse a otros espacios, con otros grupos y resultaría posiblemente igual la observación. Entonces, el dilema se vuelve en identificar qué somos, pero sin que se diga, y al final, acaba uno preguntándose quiénes somos como parte de un ente colectivo que los tiempos actuales se rehúsan a nombrar. Y eso, me parece peligroso.

Así, concluimos la plática y, profe al fin, le recomendé que se siguiera con Tom Sawyer y Huckleberry Fin, total, ya estaba entrada en Twain y en eso de preguntarse quiénes somos.