Como sabemos, la opinión generalizada desde hace unos quinientos años es que la Tierra gira alrededor del Sol. Esto, a pesar de la experiencia cotidiana que parece sugerir lo contrario. En efecto, cada día observamos que el Sol emerge por el oriente, asciende gradualmente describiendo un arco que alcanza su máxima altura alrededor del mediodía y, posteriormente, desciende hasta ocultarse por el poniente. Dado que este ciclo se repite cada veinticuatro horas, resulta natural interpretar que el Sol gira alrededor la Tierra, como se creía en la antigüedad. En la Grecia clásica, por ejemplo, Aristóteles y Eudoxo defendían un modelo geocéntrico según el cual la Tierra permanecía inmóvil en el centro del Universo, mientras que la Luna, el Sol, los planetas y las estrellas giraban a su alrededor.
Sin embargo, situar a la Tierra en el centro del universo y suponer que el Sol gira a su alrededor, como podría inferirse de la experiencia cotidiana, complica considerablemente la descripción del movimiento de los planetas. Para explicar sus trayectorias era necesario recurrir a modelos cada vez más complejos. En este contexto, Nicolás Copérnico propuso en el siglo XVI una idea revolucionaria: desplazó a la Tierra del centro del universo y ubicó al Sol como el centro alrededor del cual orbitan la Tierra y los demás planetas. El cambio de una perspectiva geocéntrica por otra en la que la Tierra no ocupa un lugar especial en el Universo, no solo simplificó la descripción de los movimientos planetarios, sino que también transformó profundamente la manera de entender el mundo y sentó las bases para el desarrollo de la ciencia moderna. Así, si bien adoptar perspectivas geocéntricas resulta natural para nosotros, pues, después de todo, vivimos en la Tierra, nadie en su sano juicio pone en duda hoy en día a Copérnico en cuanto a que la Tierra gira alrededor del Sol.
El nombre de Copérnico, no obstante, es actual en la discusión científica, particularmente en el de la astrobiología y con relación al llamado “Principio copernicano de la consciencia”. Este principio, inspirado en el principio copernicano cosmológico, apunta a la posibilidad de que existan seres conscientes en el Universo más allá de nuestro planeta. Es decir que, también en este respecto, la Tierra no ocupa un lugar especial en el Universo.
La consciencia es un concepto difícil de definir y al respecto, nos dice Gemini: “Definir la consciencia es uno de los mayores retos de la filosofía, la psicología y la neurociencia. De forma muy simple, la consciencia es la capacidad de darnos cuenta de nosotros mismos y del entorno que nos rodea. Es lo que nos permite experimentar el mundo en primera persona.”
Armados con el Principio copernicano de la consciencia, en un manuscrito publicado en línea, Jeremy Pober de la Universidad de Lisboa y Eric Schwitzgebel de la Universidad de California Riverside, discuten las posibilidades de la existencia de seres conscientes en el Universo, incluso con estructuras biológicas distintas a las nuestras. Escriben los autores: “Presentamos un argumento novedoso a favor de la flexibilidad de sustrato de la consciencia; es decir, de la idea de que las experiencias conscientes pueden surgir en una variedad de medios físicos distintos, y no solo en animales biológicos tal como existen actualmente en la Tierra.”
Como flexibilidad del sustrato, Pober y Schwitzgebel entienden las diferentes posibilidades del medio físico en el que se asienta la consciencia y escriben: “El vidrio es un sustrato diferente a la cerámica. Dado que las tazas pueden ser de vidrio o cerámica, se pueden fabricar con distintos sustratos. Los discos duros de las computadoras pueden ser de estado sólido, ópticos o magnéticos, es decir, diferentes tipos de sustratos físicos para el almacenamiento a largo plazo de información informática”. Así, el sustrato de la consciencia de los seres extraterrestres o aquellos generados por la inteligencia artificial, no necesariamente corresponderán al sustrato biológico de aquellos que habitamos en la Tierra. Y al respecto, añaden los investigadores: “Dado que es probable que hayan surgido —o vayan a surgir— en múltiples ocasiones entidades funcionalmente complejas y conductualmente sofisticadas en el universo observable y sobre sustratos diversos, sostenemos que, entre todas estas entidades, solo nosotros –o solo nosotros y una pequeña proporción de aquellas que comparten nuestro sustrato– somos conscientes, supondría una violación del principio de mediocridad copernicana.”
Pober y Schwitzgebel arguyen que hay un enorme número de planetas en el Universo capaces de albergar alguna forma de vida consciente, dicha vida ha surgido a través de diferentes caminos, de modo que “Con tantos sorteos de la lotería, algunas de estas formas de vida serán realmente extrañas. No creemos que usted quiera suponer, entonces, que la consciencia se limitará únicamente a aquellas formas de vida que tengan la suerte de estar hechas del mismo material.” Y así, Copérnico nos envía un mensaje 500 años después.