“Relojitos”

El sexo es un terreno en el cual abundan las conductas obsesivas. Un náufrago se hallaba, solitario, en una isla desierta en el Pacífico del Sur. Carente de “la tónica tibieza mujeril” que dijo el poeta de Jerez vino a pensar lúbricamente en una cabrita que paseaba por la playa. (Entre las muchas variantes del pecado de lujuria la Iglesia Católica incluye el bestialismo, bestialitas, culpa de carne que define en la siguiente lacónica manera: coitus cum bruto. Coito con animal. Añade, sin embargo, el concubitus cum daemone apparente in forma humana, concúbito con un demonio que se presenta en forma humana). El tal náufrago miraba a la cabrita con intención malsana, pero cada vez que se acercaba a ella un perro salvaje le gruñía amenazadoramente, de modo que el infeliz sujeto debía contener sus pecaminosos rijos. Sucedió que un día el náufrago vio a una mujer que se debatía angustiosamente entre las olas. Fue hacia ella nadando con sobrehumana fuerza y la trajo a la playa. “¡Me salvaste la vida! -le dijo la mujer, bella de rostro y escultural de cuerpo-. ¡Pídeme lo que quieras!”. Le pidió el náufrago: “Detenme al perro”. (Si mis cuatro lectores ven la película de Woody Allen “Todo lo que usted quiso saber sobre el sexo, pero temía preguntar”, se divertirán con el fantástico caso de un sujeto perdidamente enamorado de una oveja. De todo hay en la viña del Señor)... “No hagas cosas buenas que parezcan malas”. La admonición materna recibida en años infantiles quedó grabada en la memoria. Con el tiempo aprendí que es peor hacer cosas malas que parezcan buenas, como ésa de comprar el voto de los pobres ofreciéndoles pensiones, becas y otras dádivas que los convierten en mascotas. Digo eso como proemio para manifestar que no me gustó nada el hecho de que los integrantes de la selección nacional de futbol hubieran recibido relojes de lujo como obsequio de un apostador americano. Me causó grima ver a los futbolistas igual que niños reunidos gozosamente para ver los regalos que les trajo su papá, y me pregunté qué presente habría recibido el técnico del equipo por permitir la entrada al obsequioso yanqui y a su séquito, y dejar que desconcentraran a sus muchachos cuando más concentración debían tener en vísperas de un partido de exigencia máxima, como es el que mañana jugarán contra Inglaterra. El futbol, ya lo he dicho, no me va ni me viene, y estoy muy lejos de pertenecer al número de quienes depositan el honor nacional en los botines, tachones o como se llamen, de los equiperos, pero pienso que ningún deportista de ningún deporte en ningún tiempo debe tener ningún contacto de ninguna especie con ningún apostador. Dígalo si no Pete Rose en el beisbol. Infortunada acción fue ésta de los relojitos -o los relojotes-, y los aficionados deberán pedir cuentas a quien propició el encuentro del sospechoso yanqui con los jugadores, sobre todo si el equipo nacional pierde ese juego. Me preocupaba que los futbolistas fueran a salir a la cancha luciendo sus relojes. Qué bueno que no lo harán... El tren entró en el túnel. Y dijo Babalucas: “Qué bueno que el maquinista le atinó al agujero, porque si no qué chinga nos habríamos llevado”... Un sultán habló con sus 300 esposas: “Perdónenme, muchachas, pero en el corazón no se manda. Me he enamorado de otro harén”... Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, les contó en el Bar Ahúnda a sus amigos algo tremendo que le sucedió: “Estaba yo en la alcoba de una mujer casada cuando llegó el marido. Salí corriendo, y el tipo me disparó con su pistola. Oí dos veces el disparo: una cuando la bala me pasó, y otra cuando yo pasé a la bala”. FIN.