Requiem por la arquitectura

Este fin de semana falleció Frank Gehry, uno de los arquitectos más influyentes y provocadores de nuestro tiempo. Su muerte marca el cierre de una era en la que la arquitectura dejó de ser solo una técnica constructiva para convertirse en un lenguaje emocional, cultural y político. Gehry no diseñaba edificios: proponía mundos. Su legado desafía la costumbre de mirar la arquitectura como fondo y nos obliga a verla como protagonista. 

¿Qué es la arquitectura? No es solamente diseñar edificios. La arquitectura es el lenguaje con el que las sociedades piensan sobre sí mismas y se proyectan hacia el futuro, ya que la ciudad es la expresión más clara de una sociedad. La arquitectura organiza nuestras rutinas silenciosamente, determina cómo caminamos una calle, cómo respiramos dentro de un hospital, cómo convivimos en una plaza. Es, sin duda, una de las expresiones culturales más influyentes de la vida moderna.

Pocas figuras como Frank Gehry, un arquitecto audaz. Gehry es, como pocas veces ocurre, un creador que cambió la percepción pública sobre lo que un edificio puede ser. Su obra más famosa, el Museo Guggenheim en Bilbao, inaugurado en 1997, modificó el destino de una ciudad entera. Antes de Gehry, Bilbao era un puerto industrial, después del Guggenheim, se convirtió en un referente mundial de renovación urbana, acuñando el término “Efecto Bilbao” o “Efecto Guggenheim, que es un fenómeno que se produce cuando una ciudad experimenta una importante transformación urbana, revitalización y crecimiento económico mediante la construcción de monumentos arquitectónicos emblemáticos. 

Esa capacidad de abrir caminos lo coloca entre los grandes referentes de la arquitectura contemporánea. La conversación global sobre cómo habitamos el mundo se construye a partir de otros nombres igualmente decisivos que Frank Gehry.

Una de esas figuras fue Zaha Hadid, la primera mujer en recibir el Premio Pritzker considerado por muchos como el Nobel de la arquitectura. Sus edificios, como el Centro Heydar Aliyev en Bakú o el MAXXI de Roma, parecen fluir como si desafiaran la gravedad. Hadid llevó a replantear incluso el concepto de “espacio público”. 

Se suma Tadao Ando, un autodidacta japonés que ha convertido el concreto sin ornamentos ni color, la luz y el vacío en herramientas. La Iglesia de la Luz o el Museo de Arte Moderno de Fort Worth llaman a la introspección Construye una verdadera estética del silencio donde la luz es la que lleva la voz.

Renzo Piano, coautor del Centro Pompidou y de la sede del New York Times. Piano pertenece a una línea arquitectónica que usa luz natural, el vidrio, el acero y el aluminio, lo que permite estructuras esbeltas, abiertas y luminosas. Piano privilegia el equilibrio entre edificio y ciudad.

Otro gigante es Norman Foster, representante de una arquitectura que combina alta tecnología, eficiencia energética y elegancia. Sus trabajos, como el viaducto de Millau o la cúpula del Reichstag en Berlín, muestran que la modernidad no tiene por qué ser fría ni distante. Foster mezcla de manera magistral funcionalidad y belleza. Su importancia radica en demostrar que la sustentabilidad no es un adorno de discurso, sino una forma de responsabilidad cultural.

El delirio de un desquiciado despreció una obra de Norman Foster en México, el proyecto del aeropuerto de la Ciudad de México al que pretendió sustituir por la central avionera Felipe Ángeles y mandó prácticamente arrasar una gran oportunidad que tuvimos de tener un ícono internacional de la arquitectura contemporánea en nuestro país.

México cuenta con importantes activos en la arquitectura, como Javier Sordo Madaleno, Tatiana Bilbao, Alberto Kalach, Frida Escobedo, Mauricio Rocha o Michel Rojkind. La pregunta es si México, en su controvertido presente, puede ser tierra fértil para desarrollar el arte de estos personajes o se enfrentarán a los dislates del extraviado oficialismo que escarba en el pasado, negando el futuro. 

@jchessal