México necesita, le urge contar con un partido de oposición serio, creíble, confiable; con capacidad para ser otra vez una alternativa real de gobierno, con aptitud y amor a México y a los mexicanos; con lealtad a principios y valores democráticos.
Ese partido, por su historia, por su tradición de lucha por el respeto a la dignidad de la persona, por la verdad y la realización del Bien Común, está llamado nuevamente a ser el PAN, una vez que haga un ejercicio de autocrítica seria y reconozca sus culpas.
Después de las elecciones intermedias del 2015, cuando el PAN había conquistado 7 gubernaturas adicionales a las que ya tenía, todo parecía indicar que los astros se le iban alineando para ganar en el 2018 la elección presidencial y probablemente, una clara mayoría en el congreso federal, bajo la presidencia de Ricardo Anaya, un joven político queretano que mostraba liderazgo, decisión y energía suficiente como para seguir encabezando al partido durante la batalla del 2018.
A fines del 2016 y principios del 2017, las encuestas le daban una clara ventaja al PAN, sobre Morena y el PRI, y, aun sin candidato todavía, se perfilaba Margarita Zavala como la más probable para la contienda por la presidencia de la República, aun cuando también se apuntaban otros aspirantes de ese partido… ¿Què pasó entonces?
Me parece que el PAN empezó a cometer graves errores que se le fueron acumulando a otros anteriores, hasta llegar a la debacle del 1º de julio pasado, sin olvidar que ya desde años atrás se venía pareciendo al PRI cada vez más, por sus métodos clientelares, sus grupúsculos internos, sus “arreglos” por debajo de la mesa para negociar candidaturas y cargos directivos dentro del partido. Sobre todo, desde que Diego Fernández de Ceballos cultivaba una extraña amistad con encumbrados priistas como Pedro Aspe y Carlos Salinas de Gortari.
Ya en el 2013, siendo presidente del PAN Gustavo Madero y Secretario General Ricardo Anaya, no era raro ver fotografías y actitudes amistosas con EPN, para suscribir el Pacto por México generando la impresión de que PRI y PAN, eran muy parecidos como para justificar el mote de “PRIAN”, con el que fue etiquetado por AMLO una y otra vez. Veamos algunos de los que considero sus mayores errores.
1.- Asumir una postura pragmática en la que los candidatos ponían mas énfasis en ganar la elección que en asumir las preocupaciones de los electores y sus mas caros deseos, como por ejemplo combatir la corrupción, el dispendio oficial, la impunidad, y los preocupantes y crecientes hechos de violencia.
2.- La errónea decisión del presidente del partido para buscar la candidatura a la presidencia de la República, ignorando olímpicamente el reclamo de piso parejo de los demás precandidatos, que exigían contender contra un Ricardo Anaya fuera de la presidencia del partido y en condiciones de equidad con los demás.
Se hizo el desentendido al justo reclamo, obligando a Margarita Zavala, la mas fuerte aspirante, a buscar la presidencia del país como candidata independiente, con lo cual una parte importante del panismo decidió apoyarla, causando una fuerte fractura interna que persiste hasta la fecha y que va en vías de profundizarse aún más.
3.- Buscar una alianza política con el PRD y con Movimiento Ciudadano, que no solo no fortaleció el voto a favor de este revoltijo político, sino que muy probablemente provocó abstención o emigración del voto hacia otros partidos, probablemente Morena.
En particular la integración del PRD a esa alianza electoral resultó un verdadero desastre, porque el PAN tuvo que conceder espacios y candidaturas a políticos francamente reprobados por la ciudadanía, como el caso de Ricardo Gallardo Cardona, alias “el pollo”, con antecedentes de delincuente, al grado de que pagó pena de cárcel por el desvío de mas de 200 millones de pesos a empresas de su propiedad, cuando fue alcalde de Soledad y hoy diputado federal y coordinador de un PRD casi extinto, con solo 22 diputados.
4.- El PAN no supo leer ni entender el fastidio y enojo de muchos millones de mexicanos cansados de violencia, inseguridad, corrupción, impunidad y dispendio que el gobierno de EPN toleró y hasta promovió, cuando afirmo que “la corrupción en México es cultural”, cuando salieron a la luz escándalos como el de Odebrecht, La Estafa Maestra o la Casa Blanca de Las Lomas de Chapultepec, sin olvidar episodios tan sensibles como los de Ayotzinapa y Tlatlaya.
Creo que el PAN debe iniciar su procedimiento para elegir nuevos liderazgos, democráticamente y enfrentar la dura realidad que tiene ahora, en este período postelectoral, además de su estrepitosa derrota electoral, una disminución notable de su presencia en las dos Cámaras del Congreso Federal, la descomposición interna, la desintegración por la falta de un liderazgo que responda a su propia identidad, a sus principios doctrinarios, a sus estatutos y a su tradición histórica como partido democrático, con fuerte debate interno y espacio para la disidencia y la autocrítica.
Durante muchos años, la fuerza del PAN se fincó en su liderazgo moral y en la confianza que suscitaba entre los electores, lo que le alcanzó para ganar y retener la presidencia del país durante 12 años y una sólida presencia en el Congreso. También, pudo obtener la gubernatura de casi la mitad de los estados del país.
Hoy quedan en pie las preguntas sobre el futuro de este histórico partido que una vez representó la mejor esperanza del pueblo de México por llegar a vivir en un país democrático, justo, en paz, con amplio progreso social y humano.
¿Será capaz de reconocer sus errores y hacer un ejercicio de “mea culpa” para empezar a recuperar credibilidad? ¿Sus principales dirigentes tendrán el discernimiento necesario para rectificar y reanudar el camino de sus principios doctrinarios y del respeto a sus Estatutos? ¿Tendrán la grandeza de espíritu para reencontrarse todos esos grupos y capillas que se han formado alrededor de ciertos personajes, para empezar a unirse como una sólida institución que sirva a México y a los mexicanos?
El PAN tiene hoy la responsabilidad histórica de conformar una verdadera Oposición que sea capaz de frenar los excesos y los errores de un gobierno que, si bien ganó la presidencia por la habilidad de un político como AMLO, de ninguna manera está exento de cometer errores y abusos de poder.
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