“¿Soy yo el primero?”. Esa pregunta le hizo el galán a su dulcinea al empezar la noche nupcial. Con encomiable sinceridad respondió ella: “No. Ha habido cuatro antes que tú. Pero debes estar orgulloso: no hay quinto malo”... En el Bar Ahúnda un joven parroquiano le dijo a su compañero de mesa: “¿Ves a aquella guapa chica que está en la barra? Ya me dio su número”. “¿De veras? -replicó el amigo-. ¿Cuál es?”. Respondió el otro: “Tres mil pesos”. (Lo que es la inflación. La primera vez que oí este chiste eran mil 500)... Alguien le preguntó a doña Frustracia, la esposa de don Languidio: “¿Cuántos segundos tiene el día?”. “¡Uh! -respondió ella-. Ya me conformaría yo con un primero”... En cierta ocasión di una conferencia en Chihuahua junto con don Luis H. Álvarez. Al final, en el período de preguntas y evasivas, alguien me pidió que dijera cuál era mi religión y cuál mi estado civil. Contesté: “Soy católico. Creyente, no practicante. Y soy casado. Practicante, no creyente”. El público rio, y sonrió don Luis, no mucho. En realidad estaba yo diciendo un 50 por ciento de verdad, lo cual es un promedio bastante aceptable. Lo de la religión era cierto; lo otro no. En más de 60 años de ir juntos por la vida la amada eterna me dio todas las bendiciones que derivan del amor y la familia. Ahora estamos esperando -seguimos juntos todavía- la llegada de nuestro primer bisnieto. A lo que iba es a decir que en estos días he sentido orgullo de pertenecer, siquiera sea inmerecidamente, a la iglesia en la cual fui bautizado, la católica. Sucede que el Papa -el Santo Padre, habría dicho mi tío Refugio, Caballero de Colón- ha respondido en modo evangélico y enérgico a los desplantes del orate Trump, cuya demencial soberbia y errática conducta se puso de manifiesto una vez más con la publicación de una estampa al estilo Normal Rockwell que lo muestra vestido con túnica del tiempo de Jesús, una luz celestial brotando de una de sus manos y la otra sanando a un enfermo mientras por el aire vuelan un águila y un avión de guerra, y en el fondo se ven la bandera de Estados Unidos y la Estatua de la Libertad. Materia de siquiatra es esa imagen, y materia de manicomio su amarilloso promotor. El hecho de que el Pontífice enfrente al arrogante mandatario es significativo, pues ambos son norteamericanos, y eso hace que la postura del Papa, digna y valerosa, adquiera más valor. Dos dichos serían aplicables aquí, aunque quizá suenen demasiado populares. Declara uno: “Para que la cuña apriete debe ser del mismo palo”. El otro, más coloquial aún, afirma: “Pa’ los toros del Jaral los caballos de allá mesmo”. Aplaudo a León XIV, con ambas manos para mayor efecto, y desde mi fe y mis dudas celebro la actitud del Pa... del Santo Padre ante el nefasto Trump... La joven esposa le propinó a su cónyuge un cacerolazo en la cabeza. Le dijo: “Por haberme dado un año de mal sexo”. Con otro cacerolazo respondió él: “Por conocer la diferencia”... En el confesionario el padre Arsilio le preguntó, severo, a doña Polvoreta, su coscolina penitente: “¿Es cierto que engañas a tu marido?”. Respondió ella: “¿Pos a quién más, señor cura?”... Henri Coucher, que tenía el orgullo de ser francés, le comentó a su amigo Blanc: “Estoy escribiendo un libro que saldrá profusamente ilustrado. Se llama ‘100 posiciones para hacer el amor’”. “¿Cien? -se admiró el otro-. Yo solamente conozco una”. “¿Ah sí? -se interesó Coucher-. ¿Cuál es?”. Respondió Blanc: “La tradicional, del misionero. La mujer se acuesta de espaldas en el lecho, y el hombre se coloca sobre ella”. “¡Ah! -exclamó Coucher entusiasmado al tiempo que tomaba nota de la descripción-. ¡‘101 posiciones para hacer el amor’!”... FIN.