¡Restaurar a ordem cariocas!

“La inseguridad, metástasis

que se esparce por el país”

Michel Temer. Presidente de Brasil

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Los ejércitos en Latinoamérica han tenido una dinámica presencia en contextos de inseguridad local en este siglo que corre. No se podrían entender los procesos de seguridad interna en algunas latitudes de Centro y Sudamérica principalmente, sin el apoyo directo e indirecto de las fuerzas armadas.

Aunque el concepto de seguridad nacional ha evolucionado desde su acuñación por los gringos después de la segunda guerra mundial, llama la atención la fascinación que ha despertado en Latinoamérica el uso y gusto por lo castrense. Para la generalidad de los militares, la concepción de la doctrina de seguridad nacional ha evolucionado y ha sido concebida con visiones antropocéntricas, en donde el objeto a proteger deja de ser exclusivamente el gobierno o el territorio y se amplía hacia las personas y hacia otros ámbitos de la vida humana, como bien lo refiere Gerardo Rodríguez Sánchez en su ensayo de “Antiguas y nuevas amenazas a la seguridad de América Latina”.

-Que el maquillaje no apague tu risa- canta el gran Joaquín Sabina. Parece ser que después de la maquillada que le dieron a Río de Janeiro para los eventos del Mundial de Futbol y los Juegos Olímpicos, la hermoseada de la “seguridad” les asentó su real fisonomía. Así, el ejército brasileño operará totalmente en la segunda ciudad más grande del país ante la descomposición brutal de la seguridad. Probablemente no nos cause extrañeza acá, acostumbrados a ver a militares patrullando nuestras calles. Desde aquella añeja percepción estratégica hemisférica de control, de espacios territoriales en categorías de “Conflicto de baja intensidad, guerras pequeñas o menores, violencia de baja intensidad, contingencias limitadas y conflictos regionales”. Hoy, se ha llegado a declarar como un problema de seguridad nacional, debido al alto dominio económico a través del turismo que genera la Ciudad de Río.

Únicamente se esperó a que terminara el Carnaval para quedarse pasmados de la ola de hurtos masivos, saqueos de tiendas y el enfrentamiento sistemático de pandilleros favelos con policías. Sin embargo, desde la celebración del Mundial y las Olimpiadas, era ya un tema de preocupación la inseguridad. En cinco años se le habían inyectado millones de dólares a la Ciudad de Río para mejorar las condiciones de las escuelas, empleo, salubridad, salud, pero como casi todo en Latinoamérica la corrupción llegó con ellos y se extraviaron toneladas de dinero, lo que terminó sólo endeudando económicamente a la ciudad y generando más violencia. La adopción de un modelo de policía comunitario, ya no tenía cabida, toda vez que ante la grave situación y en plena guerra con las Favelas (más de mil que concentran más de dos millones de personas) era por demás suicida una proximidad.

El colmo, fue la creación por parte de la sociedad civil de una aplicación, “onde fui roubado”, para que todos (locales y turistas), sepan las zonas calientes, tanto en la zona de playas: “los arpoador”, enjambre de chiquillos que llegan como marabunta y te despojan de todo lo que traigas. Ipanema y Copacabana tienen problemas con menor grado y la aplicación recomienda no llevar pasaportes, cámaras fotográficas, celulares y grandes cantidades de dinero y si te vas a broncear ¡aguas!, de noche las playas son peligrosas para un paseo.

Brasil al igual que México, empezó en los años ochenta con la crisis de seguridad, en su Constitución del año de 1988 se estipulaba la reforma policial, desde los gobiernos de Henrique Cardozo y de Lula da Silva se entendía la necesidad de reformar y transitar hacia un modelo de policía democrático de actuación, se reconocían las carencias, se trataba ya desde entonces de limitar las actuaciones militares en la materia, únicamente a situaciones excepcionales y transitorias. Es de llamar la atención lo que se diagnosticaba en Brasil hace veinte años en la materia, por ejemplo:

-Aumentar la cooperación entre Unión, Estados y Municipios en la defensa de la seguridad pública, a través del contacto directo y permanente del Presidente de la Republica y el Ministro de Justicia con Gobernadores y Alcaldes de las áreas más afectadas por la criminalidad; la creación de la Secretaria Nacional de Seguridad Pública; operaciones conjuntas entre policías federales y estatales contra el crimen organizado y la integración de acciones de prevención y represión del crimen en la esfera local; justicia rápida y accesible para todos, a través de la reforma del Código de Procedimientos Penales, así como la creación del Juzgado Especial Criminal y del Consejo Nacional de Justicia; implementación y perfeccionamiento del sistema penitenciario; fortalecimiento de la policía federal y la policía federal vial-. (Cualquier similitud con otro país es mera concurrencia).

Hay que salvaguardar a Río de Janeiro a como dé lugar, es la orden del Presidente de Brasil. Aunque lo interesante desde un punto de vista de política criminal, es que las propias fuerzas armadas no están convencidas que su participación sea la solución a Río. Ante la extrema violencia que genera la delincuencia de las favelas, los militares brasileños se cuestionan, sí es correcto emplear mayor capacidad de uso de la fuerza y fuego, con todo lo que ello implica.

Si bien el Estado es el legítimo en el uso de la fuerza, si se pasa en ese poder, la racionalización de ese uso de la fuerza se vuelve meramente político, nada neutralizador y nada legítimo. Los mismos militares consideran, “que para combatir el crimen organizado se requieren acciones efectivas por parte del gobierno en las esferas económicas y sociales, para que el tráfico de drogas sea menos atractivo en áreas donde una buena parte de la población lidia con el desempleo”, sentencian, “Incluso cuando el ejército ha sido convocado para actuar en distintas áreas, a veces por periodos extendidos, no vemos cambios considerables debido a una falta de compromiso por parte de las agencias de gobierno responsables de otras áreas”.

Y a diferencia de militares de otros lados, se encuentran renuentes a realizar labores de seguridad pública, precisamente en Río de Janeiro donde toda acción -buena o mala-, va a hacer nota internacional, y es lo que el ejército menos quiere. El General Villas Boas Comandante del Ejercito de Brasil, también ha advertido “que desplegar de manera permanente a personal militar al frente de las violentas guerras del narcotráfico en las favelas de Río, conlleva el riesgo de que los soldados se vuelvan cómplices del crimen organizado. “Estas estructuras criminales, especialmente las vinculadas al tráfico de drogas con enlaces internacionales, vuelve más probable que las instituciones y las tropas se vean manchadas”.

TAPANCO: Valerse de militares en tareas de seguridad pública, está de moda, funciona para transformar irracionalmente uno de los principios básicos de cualquier país que se jacte de ser democrático, el uso estrictamente racional de la fuerza. Los cariocas sin duda, tendrán un nivel de “resistencia agresiva grave”, lo que significa: “como la conducta de acción u omisión que realiza una o varias personas, empleando la violencia, el amago o la amenaza con armas o sin ellas para causar a otra u otras o a personal de las fuerzas armadas, lesiones graves o la muerte, negándose a obedecer órdenes legítimas comunicadas de manera directa por personal de las fuerzas armadas, el cual previamente se ha identificado como tal”. Olfato a BCS y la Riviera Maya, digo.

Francisco.soni@uaslp.mx