Romper la violencia

El escritor romano Publio Terencio dejó una frase que parece huidiza: “nada humano me es ajeno”. Erich Fromm la retoma en su autobiografía titulada: “Más allá de las cadenas de la ilusión”, para referirse a esa condición del hombre que busca superar, históricamente, la tendencia a la regresión de los instintos primarios, en una lucha permanente de contrarios que, empero, como todos los extremos, se tocan en un punto. Ese punto de toque no es otro que el de ponderar siempre la “naturaleza humana”, pero no como una simple condición genérica de las personas que las iguala en abstracto, sino como una condición de libertad que se alcanza (luchando, visibilizando, des-enajenando, empoderando) en el devenir social. Freud y Marx juntos pero no revueltos, parecía sugerir Fromm.

La violencia como instinto primario, ciertamente, es un problema que se ha visto agudizado en la medida en que como sociedad se han perdido los límites para su contención. Pero esa es una condición propia del tipo de sociedad que tenemos y que no es otra en la que domina el espíritu de posesión y lucro de todas las cosas y de todos los cuerpos, incluidos los humanos que son asimilados a mercancías. La violencia que se ejerce, entonces, sobre la naturaleza de las cosas y sobre la naturaleza humana, es tenida como consustancial (institucionalizada) a los objetivos de un sistema de acumulación de poder económico y político, así sea que luego se enmascare por otros medios o se le tenga como la “ultima ratio”, como el último recurso de dominación mientras se aplican otros de menor o baja intensidad. 

En todo caso, se trata de una regresión en la evolución de la civilización, pero así es la contradicción. El asunto, pues, radica en la posibilidad de limitar esa violencia exacerbada so riesgo de caer en la barbarie. Los días que corren son de franco terror en el caso de la violencia feminicida que se padece en la entidad potosina y que, lamentablemente, no parece quitar el sueño a los responsables de salvaguardar la seguridad pública de la sociedad potosina. Ya también se empieza a generar un ambiente proclive a hacerse justicia por propia mano, mediante linchamientos que antes no se presentaban por acá, ante la incapacidad gubernamental para responder, oportuna y eficazmente, a la crisis de inseguridad. La omisión gubernamental, por supuesto, es la otra cara de la violencia propagada como terrible cáncer que no se quiere extirpar.

Mientras todo esto sucede, nuestras autoridades y representantes populares se conforman con señalar que en otras partes la cosa está peor, y que acá “ya es un avance que en el Congreso local no haya tanto circo, maroma y teatro… de los propios diputados”. Pero la realidad es más terca que los desfiguros de esos servidores públicos y una nota de Pulso (26 de agosto de 2019) da cuenta de la gravedad del asunto, al consignar que “en diez años, de 2007 a 2017, la violencia interpersonal pasó del decimo segundo al sexto lugar como causa de muerte en la entidad potosina”. Ojalá y nuestras autoridades gubernamentales y representantes populares hicieran circo, maroma y teatro para tratar de parar la ola de violencia y no solamente preocuparse por aparentar una corrección política que, de todos modos, no es fructífera para la sociedad.

Así las cosas, romper la violencia implica algo más que, por ejemplo, romper el silencio. Allí la sociedad está haciendo su parte, manifestando como sea posible su dolor y su coraje. El problema es la falta de voluntad política de todas esas autoridades reacias a reconocer que han fracasado en la respuesta efectiva, que se hacen sordas, mudas y ciegas ante la gravedad de una violencia múltiple que no encuentra límites, negando lo evidente y prefiriendo patear el bote. Pero la esperanza queda, porque citando a Marx: “la crítica arranca de la cadena (de ilusiones) las flores imaginarias, no para que el hombre lleve la cadena sin fantasías ni consuelo, sino para que se sacuda la cadena y escoja la flor viva”.