Uno cuando escribe, lo hace un tanto por instinto un tanto por compromiso y por gusto en mayor medida.
Desde la azotea situada unas cuadras al oriente del centro histórico de esta ciudad, distingo un tendedero entre viejos caseríos y tejabanes de lámina y lona.
Aun con este clima la esperanza de que el sol y el viento sequen la ropa permanece. Es gente limpia aquella que habita debajo de esos techos que en pocos años y en un descuido se convertirán en las ruinas de lo que el siglo XX dejará en cuestión de edificación urbana.
Hay tendederos por donde uno mire si se encuentra en zonas menos fifís. Áreas en donde la azotea, el patio, la cochera, la terraza y los ventanales sirven de hilo para colgar la ropa recién lavada.
El sábado descubrí uno al pie casi de la carretera o más bien de Libramiento, allá por el rumbo del hospital del niño y la mujer. Medía unos ocho metros de longitud de cabo a rabo. Perfectamente segmentado: camisas, pantalones, playeras, blusas, ropa interior, calcetines y ropa blanca o de cama además de prendas varias.
Una muestra de orden y de estética aún en las labores más rutinarias, aburridas para muchos, tediosas para otros tantos, obligatorias para casi todos.
Mirar un tendedero es imaginar casi siempre a una mujer detrás de esta labor. Difícilmente visualizamos un varón poniendo lavadora y mucho menos detrás del lavadero con cubeta en mano, ganchos de ropa y alguna canasta o cesto que sirva para ir echando lo que esté listo.
Lavar un pantalón de mezclilla a mano no es fácil. Requiere fuerza y técnica. Lavar una blusa o un suéter, delicadeza y paciencia. Tallar calcetines y ropa infantil conlleva la necesidad de un proceso quizá de remojo, tallar y volver a tallar con jabón de pastilla o con los detergentes que casi siempre dejan las manos ajadas, agrietadas y cansadas. ¡Qué dicha la invención de lavadoras y otros electrodomésticos!
Y si además de pasar la mañana lavando tal cantidad de prendas que, al tenderse ocupe ocho metros de longitud, amerita, aplausos, fanfarrias y reconocimiento que esperemos los beneficiados den, al lucir la prenda reluciente y limpia como rezarán viejos comerciales de televisión y radio. O bien, al encontrarla en la percha de clósets o roperos. No queda atrás la planchada pero ése es proceso y descripción aparte.
Aquella mujer -raramente encontraremos un hombre haciendo esto,- empleada o responsable de esta tarea en su propio hogar, seguramente tantea el cielo antes de iniciar. Más que consultar el Weather Chanel o los pronósticos de diferentes televisoras y canales, avizora si hay nubes, viento, sol, lluvia o humedad. Sabe que de no hacerlo y no contar con patio techado, su tarea puede convertirse en todo un fracaso, es por tanto, una rutina de riesgo considerable.
Quizá en casa, sus habitantes han agotado calcetines o playeras para ir al día siguiente correctamente vestidos a la escuela o al trabajo. Quizá haya que ir fuera de la ciudad y llevar un cambio por si la diligencia sobrepasa la noche. Quizá un marido furibundo muestre su enojo al no encontrar su prenda en buen estado para el día que sigue.
Hay una historia detrás de un tendedero. Hay una vida con sus horas dispuestas a ser vividas entre el agua, el jabón y el quitamanchas.
Yo doy las gracias a quien se ocupa de lo mío y lo de los míos. Doy gracias aún y cuando se reciba un pago por ello.
Disfruto mi trayecto a la oficina. Busco en cada semáforo que toca en rojo, patios que asomen colores, azoteas con hileras de blancos calcetines y las más variadas prendas de vestir. Hay una estética que me atrae a tomarles una foto y a escribir seriamente sobre ellas como si del tratado de libre comercio se tratara.
Es cierto por lo que veo, que la ropa sucia se lava en casa a pesar que junto a muchos de estos tendederos que he encontrado se sitúe una lavandería de esas que cobran “por carga”. Sus dueños se hacen cargo del sudor o las manchas que la jornada marca en su vestuario. No permiten que otros laven ajeno.
Hoy está nublado, el meteorólogo anuncia mal tiempo, frentes fríos, sistemas de tormentas y otros tecnicismos climáticos variados. Aún así, la ciudad y sus cuadros residenciales lejos de las privadas y los fraccionamientos en lomas y cerros, muestran sus colores y sus contrastes como si sus azoteas florecieran.