Las orquídeas son plantas peculiares. Aunque hay más de 25,000 variedades, gran parte de ellas crecen, en estado natural, enraizadas a los troncos de los árboles, por lo que necesitan poca tierra. Su raíz está expuesta y requieren poca agua. Pareciera que fuesen plantas parásitas, pero en realidad son epífitas; es decir, crecen sobre otro organismo vivo pero no toman nutrientes de éste. Son independientes entre sí, únicamente cohabitan. Contrario a lo que se cree, las orquídeas de casa, las que conocemos en maceta, son tremendamente fuertes. Crecen sin tierra, con la raíz por fuera. Basta con regalas una vez por semana (algunas cada quincena) y estar atentos a las señales para podar o para moverlas de lugar. Fuera de eso, no hay mucho secreto.
La jueza Ruth Bader Ginsburg siempre me pareció una orquídea. Una orquídea negra. Pocas veces en la vida se tiene la oportunidad de reconocer el valor de un ser que valga la pena por haber cambiado paradigmas. La jueza Bader Ginsburg lo hizo. Tuvo una madre, otra mujer-orquídea, que se empeñó en que, a principios de los años cuarenta, recibiera una educación que muchas niñas de su época no podían tener. Celia, la madre, no pudo ver su empeño consumado, pues murió de cáncer poco antes de que Ruth se graduara de secundaria. La pequeña continuó estudiando hasta obtener una licenciatura en la universidad de Cornell, donde conoció a quien fue su marido, Martin D. Ginsburg, un hombre también progresista para su época, ya que apoyó que Ruth continuara sus estudios y así, siendo ya padres recién estrenados, Ruth volvió a la escuela y se enroló, ni más ni menos que en Harvard, para estudiar derecho. Concluyó la carrera en Columbia. Su generación tenía menos de una decena de mujeres, que incluso fueron “invitadas” por el director de la facultad para preguntarles por qué estaban en Harvard “ocupando el lugar de un hombre”. Ruth vio esto como un desafío y en respuesta, se convirtió en la primera mujer en publicar en dos de las mayores revistas legales: Harvard Law Review y Columbia Law Review.
Para 1960, ya graduada, Ruth se enfrentó al desempleo. Juzgados y tribunales la rechazaban por ser mujer, esposa y madre, hasta que gracias a uno de sus antiguos profesores, la contrataron como escribiente, pero anunciándole que aquello era un compromiso, que esperaban que fallara y que para colmo, le pagarían menos que a sus compañeros hombres. No se dejó intimidar. Poco después, saltó a la academia y al activismo, escogiendo cuidadosamente casos de discriminación por causa de género buscando mostrar que tal exclusión dañaba tanto a hombres como a mujeres, siendo en todo momento, una voz clara con una mente lúcida y comprometida, que contribuyó significativamente a la Cláusula de protección igualitaria en la Constitución Estadounidense.
En 1980, el presidente Jimmy Carter la nominó a ocupar un asiento en la Corte de Apelaciones del Distrito de Columbia, lugar donde trabajó hasta 1993, cuando Bill Clinton la propuso para formar parte de la Suprema Corte de Justicia, ministerio que ocupó hasta el 18 de septiembre de este año, que murió a los 87 años de edad. Durante su carrera judicial, Ruth fue una liberal coherente, pionera de la equidad de género de facto, porque como ella dijo: “Al fin estamos empezando a relegar a los libros de historia, la idea de una mujer simbólica.” Sus opiniones claras, la agudeza de sus comentarios y su sentido del humor la convirtieron en un modelo para cualquiera: “Mi madre me dijo que fuera una dama. Y para ella, eso significaba ser tu propia persona, ser independiente.” Para eso, no temió en emitir poderosas opiniones disidentes: “Mis opiniones disidentes, al igual que mis escritos, tienen la intención de persuadir. Y a veces uno debe ser contundente al decir cuán equivocada es la decisión de un Tribunal.”
Ruth fue una mujer independiente, con una sólida vida familiar que lejos de hacerla renunciar a la vida profesional, la alentó e impulsó a alcanzar la más alta posición en el mundo judicial. Creció con las raíces de fuera, con poca tierra, con mínimos cuidados, sin ser parásito de nadie. Su aspecto menudo y la aparente debilidad de su cuerpo eran únicamente, una expresión más de fortaleza. Una fortaleza donde cabía la delicadeza y la belleza. Ruth Bader Ginsburg fue la orquídea negra por excelencia.
Envío: A todas las mujeres que cada día crecen como orquídeas en el Poder Judicial. Que el espíritu de Ruth las guíe.