¿Cuánto de nuestra vida depende de la calidad de las políticas de quienes gobiernan el lugar donde vivimos?. Esta es una de las preguntas fundamentales -y que espero no le estresen demasiado- que aborda el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) a través de la publicación de los índices de competitividad. Hace unas horas el IMCO publicó la versión más reciente del estudio comparativo entre entidades federativas -denominado Índice de Competitividad Estatal 2020, ya disponible en su página de internet- en donde se realizan mediciones en 97 indicadores de desempeño para construir un concepto que ellos definen como “competitividad”, es decir, que un estado competitivo es “aquel que consistentemente resulta atractivo para el talento y la inversión, lo que se traduce en una mayor productividad, pero sobre todo, en un mayor bienestar para sus habitantes” (pág 19).
Para como están las cosas en este país, quisiera alejarme de los falsos debates que señalan el relativismo en la medición de conceptos construidos como competitividad, bienestar, desarrollo. Soy de la idea que la observación de los datos duros e incontrovertibles no debe servir para lanzar vítores o rasgarse las vestiduras, sino para tener una perspectiva clara de la situación actual -esto puede llegar a ser un diagnóstico- y trazar rutas de trabajo sobre la naturaleza, definición y alcance de las políticas que habrán de diseñarse.
Regreso a la pregunta de inicio. Hace tiempo le platiqué aquí sobre el economista Charles Tiebout y su concepto de “votar con los pies”, que esencialmente consiste en la posibilidad que tienen las personas para expresar sus preferencias de vida, desplazándose a un lugar o territorio donde las políticas públicas ofrezcan condiciones que se ajusten a sus intereses, necesidades o expectativas de desarrollo. De momento no es necesario ocuparnos de las refutaciones o críticas que existen a esta propuesta conceptual que señalan que no todas las personas tienen la posibilidad de cambiar su vida a un lugar que les ofrezca mejores oportunidades; quisiera centrarme más bien en la idea central que este concepto busca visibilizar: la calidad de vida como variable dependiente de la acción gubernamental.
El simple hecho de que Usted o yo vivamos en una ciudad, nos ofrece ventajas y desventajas con respecto a otras ciudades o entidades federativas. Solo por mencionar algunos ejemplos concretos: si tiene hijos menores de edad, piense en la cobertura y calidad de la oferta educativa en el nivel básico o medio superior, el nivel de habilitación del profesorado, la capacidad de la infraestructura educativa, la oferta de acceso a bienes y servicios culturales, el acceso a tecnologías de información. Gran parte de estas cosas dependen de las políticas que emprende un gobierno estatal y sobran evidencias cuantitativas -objetivas e incontrovertibles- que demuestran que existen diferencias significativas, por ejemplo, entre Chiapas, Aguascalientes o San Luis Potosí. Cualquier persona puede tener el interés legítimo de aspirar a una mejor situación de vida, aprendizaje y crecimiento para los hijos. Es por ello que se compara entre escuelas y se toman decisiones que se ajustan a las expectativas que se tienen con los recursos disponibles. Es el modelo simple de elección racional de la economía y la ciencia política: siempre -o casi siempre- intentamos maximizar nuestros beneficios cuando comparamos entre alternativas, cuando hay un cambio negativo a nuestros intereses, optamos por la salida. Nos vamos a un mejor lugar.
Sin embargo, la salida no es la única alternativa que solemos emplear. A Albert Hirschman se le recuerda por un libro llamado “Salida, voz y lealtad” en el que criticó a las teorías económicas del pensamiento racional. Introdujo una idea bien interesante: las personas pueden optar por salir -de una organización, de una ciudad, dejar de consumir- o usar la voz –reclamar como consumidor o protestar como ciudadano-. Y sentenció: “la propensión a salir está determinada por el grado de lealtad a una empresa o un estado. La lealtad ralentiza la velocidad de salida y puede darle a la organización tiempo para recuperarse”.
Si Hirschman tiene razón, entonces es probable que la lealtad es la que hace que las personas optemos, en primera instancia, por la voz para tratar de cambiar las cosas y así obtener una mejor situación de vida. Hay gobiernos que invariablemente trabajan en la consolidación de la lealtad para evitar la salida, en lugar de ofrecer mejores condiciones para vivir o desarrollarse. Cuando la voz no es aceptada y cuando la lealtad ya no es suficiente, las personas optarán por salir.
Cuando hay verdadera libertad, frente al desempeño de un gobierno que no responde, siempre nos pertenecerá la voz para exigir, pero también tendremos una vía para salir, también votamos con los pies.
Twitter. @marcoivanvargas