Se cansó. La democracia se fatigó y no se le ven miras de recuperación. O al menos, ese dice Manuel Alcántara Sáez, politólogo español, catedrático en retiro de la Universidad de Salamanca y actual director del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales, con sede en Panamá y que acaba de venir a platicar con nosotros a invitación del Congreso del Estado y la Facultad de Derecho de la UASLP. El concepto de Democracia Fatigada, se refiere al: “Malestar de la sociedad con la política y la galopante crisis de la representación, que se ceba sobre todo en el desempeño de los partidos políticos cada vez más numerosos, volátiles y con identidades múltiples y discontinuas”.
Alcántara es preciso: el desgaste democrático no surgió de un día para otro. Se venía ya venir desde antes de la pandemia, cuando pudimos observar múltiples manifestaciones contra gobiernos de prácticamente todas las partes del mundo debido a que la ciudadanía no veía satisfechas sus expectativas. Se prometió mucho, se cumplió poco. Luego, la pandemia, para la cual nadie estábamos preparados, evidenció torpes manejos. La gestión de la crisis fue deficiente, en algunos casos, catastrófica. Nadie estaba listo, cierto, pero fuimos insuficientes ante la incertidumbre de la enfermedad, ante la crisis económica que acarreó, ante falta de comunicación de los datos que sí teníamos.
Se observó, además, un trance complejo entre los partidos políticos que, de haber tenido ideologías muy definidas y posturas claras, se sumergieron en una especie de crisis de identidad. Comenzaron a votar a favor o en contra de temas que en algún momento fueron contradictorios a la parte toral de sus postulados centrales y algunos miembros, incluso emblemáticos para la militancia, mudaron sus preferencias a otros espacios, a otros partidos. Para colmar, se acrecentó el fenómeno de la polarización afectiva, es decir, “el fenómeno en el cual la división entre grupos políticos se basa en mayor medida en la emociones y sentimientos negativos hacia el grupo opositor, que en desacuerdos ideológicos o programáticos.”, o sea, dejamos que los adjetivos tomen el lugar de los argumentos. Así, nos dividimos sin razones, basados únicamente por el calor de las discusiones y el hartazgo.
Esto llevó, según Alcántara, a la kakistocracia; es decir, al gobierno de los peores. El concepto, que The Economist de Londres distinguió como la palabra del año, no es otra cosa que el resultado de esta democracia fatigada en la que estamos transitado. Sin embargo, yo le preguntaba a Alcántara en dónde nos deja todo esto a nosotros, como sociedad. Las críticas carentes de argumento no surgen por si solos, ni emergen exclusivamente de actores políticos. Emergen en las redes, de gente común, de cualquiera. Los miembros de los gobiernos no se eligen a si mismos. Hace ya tiempo que no tenemos golpes de estado encabezados por personas que a la fuerza toman el poder. Nuestros gobernantes surgen de manera legítima, del voto popular. Si hablamos entonces de kakistocracia, ¿estaremos también frente a un kakistopópulo que así lo ha decidido? Quizá así sea.