Se nos acabó el planeta en julio

El pasado 30 de julio ocurrió algo grave y casi invisible. No hubo sirenas ni mensajes de emergencia. Sin embargo, ese día la humanidad agotó los recursos naturales que la Tierra puede regenerar durante todo un año.

Fue el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra —Earth Overshoot Day—. Desde entonces comenzamos a vivir de prestado.

Nuestra demanda actual equivale a utilizar 1.73 planetas Tierra. Como sólo tenemos uno, el déficit se paga con deforestación, pérdida de biodiversidad, degradación de suelos, agotamiento de acuíferos y acumulación de dióxido de carbono.

Imagine recibir el primero de enero el salario de todo el año y descubrir que el 30 de julio ya se lo gastó. Los siguientes cinco meses tendría que sobrevivir con crédito. Eso hacemos con el planeta. Y los intereses ya llegaron: sequías, incendios, temperaturas extremas y escasez de agua.

En 2025 la fecha ocurrió el 24 de julio y este año se desplazó al 30. Parecería buena noticia, pero se explica principalmente por ajustes metodológicos. La estadística mejoró; el planeta no.

La sobrecapacidad desmonta una ficción contemporánea: creer posible un crecimiento material infinito dentro de un planeta físicamente finito. Podemos imprimir dinero. Lo que no podemos fabricar es otro océano, otra atmósfera, otro acuífero o una Sierra de San Miguelito de repuesto.

Y aquí aparece San Luis Potosí.

El Día de la Sobrecapacidad pasó inadvertido en un gobierno donde el medio ambiente parece importar poco, pero la jardinería y la cosmética ambiental importan muchísimo.

Árboles para la fotografía. Jardines para la inauguración. Pasto, flores, iluminación, fuentes, lagos artificiales y espacios “embellecidos”. Pero jardinería no es ecología.

Y embellecer una ciudad no equivale a tener una política ambiental. Un jardín ornamental no sustituye el monitoreo de la calidad del aire. Plantar árboles jóvenes no justifica eliminar árboles maduros. Colocar césped no restaura biodiversidad. Pintar de verde una obra tampoco la convierte en sustentable. Existe una enorme diferencia entre decorar la naturaleza y protegerla.

La verdadera política ambiental es menos fotogénica: proteger acuíferos; ordenar el territorio; sanear ríos; reducir emisiones; conservar áreas naturales protegidas; exigir evaluaciones ambientales; vigilar, sancionar y, cuando corresponda, clausurar. También significa entender que un parque no es un terreno vacío esperando una nueva construcción.

El Parque Tangamanga es un buen ejemplo. Un árbol no necesita una atracción al lado para justificar su existencia. Una hectárea permeable no está desperdiciada porque carezca de concreto. Un espacio verde captura carbono, infiltra agua, reduce temperatura, alberga biodiversidad y permite respirar a la ciudad. Eso también es infraestructura.

La cosmética ambiental ofrece soluciones visuales a problemas estructurales. Nos permite sentir que avanzamos porque vemos flores nuevas, mientras seguimos perdiendo agua, suelo, árboles y biodiversidad. Es ambientalismo de escaparate.

Tampoco debemos responsabilizar únicamente al ciudadano: cierre la llave, separe la basura, use menos plástico. Todo ayuda, pero una crisis creada por nuestros sistemas de energía, transporte, urbanización, producción y consumo no se resolverá sólo con hábitos domésticos.

Necesitamos ciudadanos responsables, sí. Pero, sobre todo, gobiernos ambientalmente responsables. En México el medio ambiente sano es un derecho constitucional. Protegerlo no es una cortesía del gobierno: es una obligación jurídica.

San Luis necesita abandonar la idea de que política ambiental significa poner bonito lo que se alcanza a ver. Necesitamos límites para extraer agua, urbanizar, contaminar, desmontar e intervenir nuestros parques. Todo acuífero tiene una disponibilidad y todo ecosistema una capacidad de carga.

Cuando los rebasamos, llega la factura. El planeta nos la presentó este año con fecha precisa: 30 de julio de 2026. Desde entonces vivimos de prestado. Podemos llenar San Luis de flores e iluminar sus parques. Pero si seguimos perdiendo agua, biodiversidad, árboles, suelo permeable y calidad del aire, sólo estaremos maquillando el problema. 

Se nos acabó el planeta en julio.

Y aquí seguimos, en agosto, comportándonos como si tuviéramos otro guardado en la bodega.

Delírium trémens.- El próximo 14 de agosto, a las 14:00 horas, un Actuario del Juzgado Primero de Distrito realizará una inspección judicial en el sitio donde se desarrolla el proyecto de ampliación del parque acuático dentro del Tangamanga I, prueba que fue solicitada por Cambio de Ruta dentro del amparo 203/2026. Invitamos a ciudadanos, ambientalistas y medios de comunicación a acompañarnos y dar seguimiento, desde los espacios permitidos y con absoluto respeto a la diligencia judicial. A veces, para saber qué está ocurriendo con nuestros parques, no basta con escuchar discursos: hay que ir, mirar y dejar constancia.

@luisglozano