Si la política es la continuación de la guerra por otros medios, según Karl Von Clausewitz, habría que tener en cuenta lo que del “arte de la guerra” se ha escrito por diversos autores a lo largo de la historia. Pero, por ahora, baste con traer a cuento lo que se dice que algún mando medio militar, de alguna peculiar batalla nuestra, advirtiera a sus milicianos con respecto al número de sus enemigos: “si son muchos nos escondemos, si son pocos le tanteamos, si es uno le atoramos”. Esa máxima encajaría con el típico ejercicio de la política de nuestros días, indicando la preferencia de no pocos dirigentes partidistas para tomar acuerdos con unos cuantos cercanos a sus intereses personales o de facción, pero no conforme a lo reclamado por la mayoría de los ciudadanos.
Con base en lo anterior, es de resaltar la excepción de que en “Morena” se haya resuelto abrir el registro de aspirantes a un cargo de elección popular a todo aquel militante o simpatizante interesado en participar como eventual candidato bajo sus siglas. Que se hayan inscrito poco más de una decena de aspirantes a la candidatura para gobernador de la entidad potosina, debe ser tomado como el paso obligado de un liderazgo partidario a un rango superior de mando, donde no impere el temor a que los muchos participen y decidan. Si son muchos los aspirantes registrados no por eso se limita la calidad de la contienda, sobre todo si no hay dados cargados. Además, un compromiso de unidad, con independencia del resultado, no es cualquier extra ganado.
Precisamente, la unidad de las fuerzas políticas consigo mismas puede ser la diferencia en un escenario que se advierte como muy cerrado. Las coaliciones partidistas, sobre todo si son de las denominadas “contra natura”, no garantizan que las militancias se mantengan leales y combativas con los adversarios (de fuera); antes bien, pueden incluso hasta volverse enemigas de sus propias dirigencias por sentirse ignoradas o heridas en sus identidades políticas. ¿Cómo entender, por ejemplo, la posible adhesión de los Zavala-Calderón y su “México Libre” al PAN que defenestraron, luego de que fueron echados de éste partido como si fueran más que apestados? Puede ser que, sobre todo al punto beodo de Calderón, se puedan limar asperezas entre las cabezas; pero, ¿las militancias dónde quedan?
Lo mismo podría plantearse para otros partidos que traen a los militantes “del tingo al tango”, pudiendo explicarse el desdén a sus sentimientos partidistas en aras de un pragmatismo que raya en el extremo de la sobrevivencia. En el caso de Morena es encomiable que no se haya ignorado el sentir de la militancia y se abrieran las puertas, no para que se impongan las apuestas, sino para que se juegue con sentido democrático. También, es momento de que el típico sectarismo de la izquierda partidista sea superado con una política incluyente de amplio espectro social, evitando la recurrencia de conflictos internos que descansan, no pocas veces, hasta en una lógica de aniquilación propia del partisano (a la Carl Schmitt, de enemigos más que adversarios).
Que Morena sea un partido del pueblo y para el pueblo no debe quedar en mera retórica y, por eso, se debe insistir que sus liderazgos pasen, siguiendo el símil que para el caso del PRD hace tiempo apuntaron algunos de sus críticos, de coroneles a generales; de lo contrario, cuando los generales se van, como en el caso de Cárdenas y López Obrador, quedan los mandos medios reducidos a la disputa tribal. Así las cosas, si son muchos los aspirantes registrados, que sea expresión genuina del entusiasmo ciudadano por participar y ser tomado en cuenta por un partido cuyos liderazgos tengan una visión más amplia que cualquier interés sectario.